Las tres religiones del Libro en Aragón

En los últimos años asistimos a una especie de «resurgimiento» del interés por la historia y por las tradiciones locales. La explotación del patrimonio cultural como alternativa a la inviable economía tradicional lo ha estimulado. Además, las nuevas tecnologías de la comunicación han venido a ofrecer oportunidades nuevas al mundo local, emplazando a éste al imperativo de «competir» con marca propia o -lo que es lo mismo- a exhibir originales y esplendentes «señas de identidad». Estas aproximaciones al pasado -también hay que decirlo- adolecen, en general, de falta de rigor. Sólo a veces se sienten los protagonistas incitados a la indagación verdadera de una historia que, en ocasiones, no sólo resulta desconocida sino que, al descubrirla, se percibe que ha sido deliberadamente ocultada.

Tal es el caso de la coexistencia de aragoneses cristianos, judíos y musulmanes a lo largo de la Edad Media. Proyectos como Aragón, Espacio Sefarad, que persiguen nuevos descubrimientos materiales de la presencia de los «desterrados», pueden ser asimismo acicate de nuevas investigaciones sobre el mito del singular grado de convivencia alcanzado en Aragón por las tres religiones del Libro, o sobre el mestizaje cultural que produjo, cuestiones todas ellas abandonadas durante siglos en el desván más recóndito de la memoria.

Por otra parte, si siempre es provechoso esclarecer el pasado para encontrar claves explicativas del presente, en este caso hay dos asuntos sobre los que ese esfuerzo puede arrojar una luz particular. Me refiero al fenómeno de la inmigración y a la psicosis antimusulmana que se extiende por el planeta desde los sucesos del 11 de septiembre de 2001. ¿Qué historia ofrece más indicios que la nuestra sobre la naturaleza profunda de estos hechos?

Algunos hallazgos reveladores

Lo que, desde luego, resulta indiscutible es que, en los últimos tiempos, la huella de sefarditas y mudéjares va recuperándose a gran velocidad. No estoy capacitado para abordar el tema desde la pulcritud y la minuciosidad precisas. Mi actividad ordinaria me permite, sin embargo, constatarlo de manera fehaciente sin más esfuerzo que recordar tres o cuatro visitas institucionales realizadas en el último año.

No todo son hallazgos recientes. Es el caso de Almonacid de la Sierra, donde estuvimos en septiembre de 2001 inaugurando una exposición de los manuscritos aljamiados aparecidos en este pueblo en 1884. Aljamía -como sabe el lector- es la escritura con caracteres árabes de la lengua romance que hablaban los moriscos que, a estas alturas, habían adoptado plenamente el idioma y la indumentaria de los cristianos. En Almonacid llama la atención que los manuscritos fueran encontrados al derribar un muro, lo cual demuestra el clima de temor que ro-deaba al morisco -probablemente librero- que los ocultó. Pero, a mi modo de ver, lo más destacable es el cambio de actitud de los almonacidenses, que en 1884 despreciaron el hallazgo y en 2001 enseñaron con orgullo la parte del mismo que sobrevivió entonces a su propio desinterés.

Sí son datos nuevos, sin embargo, los que nos han proporcionado Luna y Calatorao, ejemplo de otros muchos que, por fortuna, vamos conociendo en los últimos meses.

En Luna estuvimos el pasado 25 de julio y, con algunos representantes municipales, comentamos lo que pocos días después publicó la prensa regional: la reciente averiguación por parte de Miguel Ángel Motis de que, desde finales del siglo XII, las calles Puyfranco y Codillo de aquella localidad cincovilla-na estuvieron habitadas por una colonia judía, la cual -esto es lo más curioso del anuncio- nunca formó un barrio cerrado y segregado sino que convivió siempre con familias cristianas.

Pocos meses antes, el día 9 de abril, en una visita a Calatorao, tuvimos la oportunidad de ver el antiguo Hospital de Peregrinos y en él una ventana de indudable aire islámico. Se requirieron los buenos oficios de Bernabé Cabañero y en julio supimos por él que el Hospital fue antes mezquita mayor, una de las pocas de época mudéjar que -según Cabañero- se conservan en la Península.

Así, progresivamente, va saliendo a la luz el sustrato material de aquel Aragón de sinagogas y mezquitas. Pero los «descubrimientos» cabe esperarlos también en otros aspectos. En ese sentido, no resisto la tentación de referirme a otra visita, en este caso a Villanueva de Jiloca, donde el Ayuntamiento trata de divulgar un dato cuya relevancia no deberíamos menospreciar y que tiene relación con el inefable y asombroso Arnaldo de Villanova.

Hasta ahora, habían reivindicado su origen valencianos, catalanes e incluso italianos, ya que murió en Génova en 1313. Pero lo cierto es que, a tenor de un documento publicado por la Institución Fernando el Católico, Aragón tiene títulos suficientes para desmentirlos a todos ellos, pues, según dejó escrito su discípulo Juan de Ejulve algunos años después de su muerte, Arnaldo «fue oriundo de Villanueva, cerca de la ciudad de Daroca».

No soy quién tampoco para desvelar cumplidamente al lector la envergadura de este aragonés, al que cabe considerar uno de los sabios más imponentes del Medioevo. Baste decir que frecuentó las principales universidades europeas y que fue autor de una ingente obra en campos tan diversos como la medicina o la astrología, pasando por la teología y la alquimia. Baste decir, en fin, que fue maestro del mismísimo Raimon Llull.

Habló don Américo Castro sobre el mestizaje cultural que explica la obra del mallorquín y, basándose en el distinto grado de implicación de los distintos reinos y coronas en la empresa de la Reconquista, argumentó que un castellano jamás hubiera escrito en términos tan deliberadamente contaminados por las otras religiones. Es -evidentemente- una reflexión de altos vuelos. Pero me atrevo a sugerir la pertinencia de acercarse a Arnaldo de Villanova desde ese mismo enfoque.

Convivencia y síntesis cultural.

Nadie piense, por otra parte, que son unánimemente aceptadas las ideas de la convivencia religiosa y de la integración cultural como pautas rectoras de la España medieval, que fue la tesis central de la obra de Don Américo. En realidad, la opinión contraria tiene cada vez más portavoces, alguno tan cualificado como Serafín Fanjul, Catedrático de la Universidad de Madrid.

Por mi parte, creo que, en Aragón, la investigación ofrece posibilidades inéditas en ese terreno. Tanto la gran polémica entre Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz como las aportaciones recientes de Fanjul se centran mucho en Castilla, algo en la Corona de Aragón y casi nada en el viejo Reino, a pesar de que, como el propio Castro advirtió, el proceso no fue el mismo en los distintos territorios.

Desde luego, indicios de una hipotética singularidad aragonesa los hay. Los pogromos de 1391 -año en que, en Aragón, a diferencia de lo que ocurrió en Castilla y en otras zonas de la Corona de Aragón, la alteración de la vida de las juderías fue mínima- son el argumento más recurrente. Lo cierto es que aquí tampoco se produjeron situaciones como las que protagonizaron los moriscos andaluces en 1568, por no hablar de las razones por las que los mudéjares aragoneses fueron obligados a la conversión en 1525, veintitrés años después que sus correligionarios castellanos.

Motis, que ha registrado numerosos ejemplos de relación cordial entre judíos y cristianos, apunta la conveniencia de estudiar a fondo el sistema de repoblación impulsado por los conquistadores aragoneses. «En muchos casos -viene a decir-, el forastero al que se quiere atraer es simplemente poblador, accediendo las tres confesiones a unos determinados derechos universales».

He ahí un punto de partida para una investigación que animo y apoyo y para la cual propongo la hipótesis de que entre los aragoneses de las tres religiones abrahámicas se organizó un sistema de relación caracterizado por la convivencia y por la síntesis cultural justamente hasta el momento en que la Iglesia consiguió desmontarlo.

La expulsión de judíos y moriscos

Respecto a la utilización del precedente ibérico medieval como argumento de debates actuales sobre multiculturalidad y conflictos entre civilizaciones, lo primero que es necesario discernir con claridad es el propio precedente.

La expulsión de judíos y moriscos -uno de los momentos nucleares de este fenómeno histórico- se ha explicado a veces como la culminación de un odio popular basado en prejuicios irracionales. Lo que parece claro es que tal odio, en la medida en que pudo existir, fue provocado deliberadamente por la Iglesia, para cuyos intereses -sobre todo «seculares»- no era admisible la existencia de confesiones que escaparan a su control.

En el caso de los moriscos, el principal conflicto internacional de la época, el que enfrentó a los Austrias españoles con los turcos, sirvió a aquéllos en bandeja un excelente pretexto, una vez conocidas ciertas complicidades entre turcos y moriscos que convertían a éstos en una especie de «quinta columna» de la que era preciso desprenderse. La verdad -como atestiguan sobradamente los archivos- es que los moriscos trabaron relaciones con los turcos como reacción al acoso cada vez más insoportable al que los estaba sometiendo la Inquisición, relaciones que, por cierto, sobre ser fenómenos aislados, nunca llegaron a ser una amenaza real para la monarquía católica.

En otras palabras, siguiendo tácticas habituales del poder de todas las épocas, el agresor católico, con pretextos que enmascaraban sus motivaciones reales, generó reacciones del agredido morisco que acabaron siendo una excusa más de la agresión final e irreversible.

El «choque de civilizaciones» que, según Samuel Huntington, caracterizará los conflictos del mundo futuro no parece pues el corolario lógico de una reflexión pausada sobre el ejemplo medieval hispano. Su teoría, que está teniendo adhesiones entusiastas incluso de intelectuales europeos como Oriana Fallaci, difícilmente puede concebirse separada de una justificación de la política exterior de los Estados Unidos. A mi modo de ver, las diferencias étnicas o culturales no llevan implícito el conflicto. Otra cosa es que sean instrumentalizadas en favor de intereses económicos o políticos, sobre todo si -en una coyuntura de esa naturaleza- se activa alguna clase de espoleta religiosa.

En Europa, a diferencia de Estados Unidos, el debate sobre la multiculturalidad es un asunto de política interior derivado del fenómeno de la inmigración, que está poniendo a prueba la solidez de los dos pilares sobre los que se asienta el sistema político del Viejo Continente: la llamada «sociedad abierta» y -como elemento específicamente europeo- el estado de bienestar.

Giovanni Sartori acierta -creo yo- cuando advierte de los riesgos que afronta la «sociedad abierta» al aceptar subcomunidades que rechazan -otra vez por razones religiosas- sus principios de convivencia. Defiende el filósofo italiano la integración pero con la condición de la reciprocidad, lo cual -simplificando- quiere decir que el que aspira a beneficiarse de un sistema basado en la tolerancia debe ser, a su vez, tolerante. Pero el problema se complica desde el momento en que un estado de bienestar en crisis tiene que incorporar como «nuevos beneficiarios» a los inmigrantes «recién llegados», con la correspondiente amenaza de agravio a los «beneficiarios fundadores».

El debate político europeo está hoy absolutamente dominado por esta problemática, con propuestas sobre seguridad o sobre restricciones de los derechos de los inmigrantes que son semillas eficaces de xenofobia y que caen, hoy por hoy, sobre un fertilísimo caldo de cultivo electoral. En estas circunstancias, la izquierda duda entre el seguidismo simple o la fidelidad a viejas ideas, bien las que desprecian las políticas de racionalidad y equilibrio necesarias para mantener el estado de bienestar, bien las que minusvaloran el potencial desestabilizador de un mundo islámico integrista al que ha regalado tradicionalmente simpatías incondicionales.

¿Puede acudirse otra vez a la historia de España para buscar argumentos nuevos? La expulsión de judíos y moriscos fue, desde luego, un ejemplo paradigmático de eliminación de minorías por parte de un poder que progresivamente fue aniquilando a las demás minorías y suprimiendo derechos políticos y territoriales, dentro de una dinámica implacable de control social y de apropiación económica que acabó incluyendo en el bando de los «perdedores» a las clases populares que habían jaleado la expulsión.

¿Nos desvelará alguna vez la historia de Aragón, una vez desvanecidas las sombras que la encubrieron, particularidades alentadoras para soñar con un futuro distinto al que están diseñando los grandes poderes actuales?

Por Javier Lambán Montañés. Licenciado en Historia (Revista Trébede, Oct. 2002)

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