Lenguaje y sexo

En relación a dos artículos publicados en la Revista de Prensa —La RAE, las palabras y las personas y La RAE y el lenguaje—, Carlos Muñoz, profesor en el Institut Libre Marie Haps (Bruselas) me ha remitido el comentario que a continuación transcribo:

LOS VIRUS LINGÜÍSTICOS: EL HERMAFRODITISMO PARITARIO

Hace años, hojeando el periódico caí en un anuncio de la organización «Save the children» que decía: «Todos los niños y niñas merecen las mismas oportunidades. Ayúdanos a ofrecérselas. Trabajamos por una vida digna y feliz para todos los niños y las niñas». Laborando en el mundo del idioma, reparé en que algo no sonaba bien, o mejor dicho no sonaba como de costumbre. La redacción era desafortunada y el mensaje reiterativo. Comprendí, con cierto abatimiento, que el redactor había aceptado la moda de desdoblar una palabra cuando implicaba cuestiones de género

La moda ha triunfado entre los políticos cuando, tras hablar de ciudadanos, diputados, jueces o ministros, añaden de forma forzada el femenino del vocablo para no soliviantar las iras de los batalladores lingüistas que, a fuerza de feminizar todo, vulneran alegremente uno de los principios rectores de la lengua, la economía lingüística, por la que no es necesario explicitar lo ya implícito. Suena artificial y es además inútil. En qué cabeza cabe que, al leer el anuncio citado, no se comprendiera que la asociación lucha por defender los intereses y la dignidad de todos los niños. Yo no creo que fuera más claro, antes bien, más lento, menos comunicativo.

Esta tendencia, que se acepta en aras de la justa paridad de los géneros tiene sin embargo límites idiomáticos, pese a quien pese, y más vale definirlos cuanto antes. La evolución hacia el absurdo es algo cantado si no se pone freno a tanta exageración defendida por aquellos que quieren “cribar al español de los escombros del imperio masculino…, de los sedimentos de la dominación patriarcal…” pero que parecen ignorar que “el uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en la oposición binaria masculino/femenino”.

Antes, el político andaluz que se refería a sus potenciales electores hablaba de «todos los andaluces». Hoy, la frase estaría mal vista porque quedaría como coja de tan acostumbrados como nos tienen a «todos los andaluces-y-andaluzas… ». Pero ya se ha oído, con gran dolor de tímpanos, a algunos que quieren “mejorar la” gramática de la frase diciendo: «todos-y-todas-los-andaluces-y-las-andaluzas… ». La evolución nos llevará por fuerza a «todas-y-todos-los-andaluces-y-las-andaluzas… » (percíbase de nuevo la inversión, el sustantivo femenino en primer lugar), una frase de concordancia tan fea como imposible. Reconózcase que esta moda agramatical «de las buenas maneras» llega a absurdos e incoherencias que sacan de quicio.

En un manual de ejercicios en línea, se lee: «Cada persona recibe una hoja con un dibujo de un coche y varias preguntas. Con ayuda de la profesora, los alumnos y alumnas descubren las partes del coche. Se lee el texto en voz alta y el alumnado deberá señalar primero las partes del coche que …». El autor tiene buen cuidado de citar explícitamente a las alumnas, como si fuera necesario.

Cuando el problema es sólo léxico ya es fastidioso pero aún lo es más si pretendemos mantener sus concatenaciones gramaticales: «… los hombres y a las mujeres que habían sido abandonados en la playa… », se convierte en «…los hombres y a las mujeres que habían sido abandonados y abandonadas en la playa… ». Supongo que hay que atribuir al Lendakari el mérito de haber sido el primero en extender el uso de «los-vascos-y-las-vascas» que tanto ha calado en el discurso nacionalista. La tendencia se ha impuesto en la clase política y ha tenido éxito porque es políticamente correcta y rentable electoralmente, pero también ha calado en el pueblo llano, como ponía de manifiesto la entrevistadora gallega que hablaba de lo mucho que habían sufrido «los-percebeiros-y-las-percebeiras» con la marea negra. Habían sufrido tanto como «los mariscadores-y-mariscadoras» de la misma zona, añadía otra colega.

La tendencia feminizadora es inaplicable de manera coherente, así lo reconocen los adalides de la lucha contra el sexismo lingüístico, y en algunos casos concretos, como el de los nombres comunes en género, un problema de difícil solución. ¿Cómo habrá que entender «el derecho al matrimonio de los homosexuales »? ¿que sólo los hombres lo tienen? ¿Habrá que decir «el derecho de los y las homosexuales o se inventará una nueva palabra: homosexualas?

Según esta moda tiránica, todo lo masculino solitario es sospechoso de sexismo y todo heterónimo debe ir acompañado de su opuesto, como los dos atributos sexuales en el monolito de un Hermes hermafrodita, porque cuando no se enuncia el femenino, el vacío grita la ausencia a grandes voces. Así, el Ministro se siente obligado de decir: «Quiero felicitar a los funcionarios y funcionarias por su trabajo…», o el militante por los derechos de los inmigrantes lucha por «…defender los derechos de los inmigrantes y de las inmigrantes».

A fuerza de un igualitarismo que secreta complejo de inferioridad o discriminación positiva llegamos al colmo en una frase emblema de la democracia: «un hombre, un voto», una frase que en España ha pasado a ser: «un hombre, una mujer, un voto» (la frase no es una invención ad hoc del autor, como ninguna de las que aparecen en este artículo, sino frases oídas en la televisión). ¿Debemos suponer que, a partir de ahora, tocamos a medio voto por barba?

Yo no haré batalla de una tendencia que considero inofensiva para el idioma, un virus lingüístico molesto para el habla, pero constato la falta de intervencionismo académico para librarnos de la aberración que consiste en aplicar como un rodillo compresor la moda de feminizar el léxico y culpar, de paso, a quien la critica. Diríase que el lenguaje se ha sexualizado a causa de esta guerra de géneros porque se ha confundido el género gramatical con el sexo biológico, cuando en realidad los géneros gramaticales son perfectamente arbitrarios; palabras como la sangre, la leche, la sal o la escalera son masculinas en francés, y otras como el armario, el diente, el planeta, el tenedor, el tomate o el cuerno son, por el contrario, femeninas. El pretendido machismo en el lenguaje está claudicando ante un envite de género sexista. Si se lleva a sus últimas consecuencias habrá muchas víctimas en el campo de la concisión, la fluidez y el buen gusto del idioma.
Estamos en presencia de un ejemplo más de que, en el fondo, el debate es ideológico y no sólo lingüístico. El lenguaje siempre está teñido, para bien o para mal, de ideología política. No es lo mismo decir:

  1. «más de tres millones de españoles sufren algún tipo de discapacidad» que
  2. «más de tres millones de ciudadanos y ciudadanas de este país sufren algún tipo de discapacidad».

A primera vista parecen dos frases sinónimas, pero delatan adscripciones políticas diferentes. El primer mensaje es claro y no hay que insistir en nada de particular. Todos lo hemos entendido a la primera, no despierta ningún recelo o reflejo defensivo. Es un discurso enunciativo sin más. El segundo, por el contrario, está teñido de ideología, es un microdiscurso político que ha retirado lo de «españoles» para sustituirlo por su sinónimo político: “ciudadanos de este país” y añade el femenino, para ser linguopolíticamente correcto. El primer emisor es un español, el segundo no sabemos; puede ser catalán, vasco, del PNV o de IU; o bien puede ser de un español que no quiere herir la susceptibilidad de un independentista de alguna región española. En la segunda frase, el sintagma «este país» es también un punto negro de la interpretación, porque ya no sabemos a qué país se refiere.

Una ex ministra de Cultura hablaba en un plató de que «… es algo que hay que superar entre todos y entre todas». La misma persona, tentada por veleidades literarias, no se atrevería a escribir algo así en sus novelas, sería un horror literario inadmisible. Los críticos se reirían de ella. Entonces, si es inaceptable en literatura ¿por qué triunfa en el lenguaje político?, ¿debemos deducir que éste es una especie de sublenguaje al que no le importa ser feo si con ello consigue ser seductor y populista?

La tendencia feminizadora es inaplicable de manera coherente, tal y como reconocen los adalides de la lucha contra el sexismo lingüístco, y en algunos casos concretos, como el de los nombres comunes en género, de difícil solución. ¿Cómo habrá que entender «el derecho al matrimonio de los homosexuales »? ¿que sólo los hombres lo tienen? ¿Habrá que decir «el derecho de los y las homosexuales»? o se inventará una nueva palabra: ¿homosexualas?

Para la portavoz del Gobierno ya preveo la llegada triunfante del término «portavoza»; en el lenguaje jurídico, el testigo y la testiga; en zoología; el avestruz y la avestruza.

Nunca comprendí tan profundamente lo pacato de la tendencia hasta que leí en una seria revista de traductores canadiense un artículo de autor español que habla sin sonrojo de que «las y los inuit atravesaron el estrecho de Bering en hace 10.000 o quizás 28.000 años». Quieren reescribir la historia… y la prehistoria… y la literatura. La feminización del léxico pretende extenderse al pasado, con efectos retroactivos, a fin de dar más visibilidad y protagonismo a la mujer (es el caso de los proyectos más que discutibles de modificación de la letra del himno andaluz, de Blas Infante, y del himno nacional austriaco).

El virus infecta ya a todas las instancias políticas, populares y culturales: las analíticas páginas del REI (Real Instituto Elcano); el ámbito sindical, donde se consagró el 1 de mayo en la apertura del Telediario: «Hoy se ha celebrado en toda España el día de los trabajadores y las trabajadoras»; el ámbito castrense: «el Ministro se ha desplazado a Bosnia para visitar a los y las soldados». ¿Exigirá alguien que por coherencia discursiva la OIT pase a ser OITT? (Organización de los Trabajadores y de las Trabajadores, o viceversa por cortesía).

En la Constitución sólo se habla de «ciudadanos ». ¿Pretenderá alguien modificar el texto constitucional por machista como se ha hecho para cambiar minusválido por discapacitado? Pues habrá que ir pensando en añadir entonces: «el Rey o la Reina». En unos años, la ola pujante puede anegar al mundo animal y se dirá que «en Castilla La Mancha los y las linces se han salvado de la extinción».

Para un traductor o intérprete todo esto es un sin sentido. Imaginemos que los intérpretes del Parlamento Europeo tradujeran desde su cabina, a cada frase dicha por un representante español, eso de «construir la Europa de los-ciudadanos-y-las-ciudadanas» que tan machaconamente soltaban los candidatos en cada mitin, o eso de « los nuevos retos de los-europeos-y-las-europeas».

En un reciente debate parlamentario, según un interviniente, «los ciudadanos y las ciudadanas de este país se preguntan, su Señoría, si…». A lo que el Presidente mostraba más sentido común hablando de «la ciudadanía», ventilando en dos palabras las ocho de su interlocutor, curiosamente, una palabra (ciudadanía) que no existe en la Constitución, donde sólo se habla de «ciudadanos». Imaginemos aún lo que daría el igualitarismo léxico a macha martillo en la obra de un traductor que, transido por este impulso, sustituyera sistemáticamente «hombre» por su doblete hermafrodita «hombre-y-mujer». Tomemos por ejemplo la frase de Hobbes: «El hombre y la mujer son unos lobos para el hombre y la mujer». Pierde impacto. O aún, la frase que es piedra angular del pensamiento humanista occidental: “Todos los hombres son iguales”. ¿Cómo decir en adelante? ¿Todos los hombres y las mujeres son iguales? Afirmación discutible filosóficamente. El problema viene de la ignorancia del significado de la entrada “hombre”. Basta con referirse al diccionario académico, cuya primera acepción, es ser animado racional. Bajo esta acepción se comprende todo el género humano.

Poco más hay que añadir.

Por Carlos Muñoz, profesor de Traducción Técnica en el Institut Libre Marie Haps (Bruselas)

7 comentarios


  1. Por si sirve de algo, he aquí un enlace a un artículo de Álvaro García Meseguer, investigador del CSIC con varios libros publicados sobre el sexismo en el lenguaje. El artículo resume los resultados de sus documentados análisis.

    http://www.observatoriodosmedios.org/mediateca/observatorio/mediateca/Documentos/Dosieres/Xenero/essexistalalengua.pdf

    La tesis principal del Prof. García -fácilmente demostrable- es que “sexo” y “género” no son conceptos intercambiables, por más que lingüísticamente haya que reconocer la implicación de uno con el otro.

    Las construcciones “las … y los …” yo las entiendo en su valor reivindicativo, de llamada de atención a que tenemos un idioma forjado en años de oscuro patriarcado. Vale. Pero no me gusta -como a Carlos Muñoz- que se me imponga como la solución correcta para curar el sexismo.

    Ni es solución -aunque le reconozco el valor reivindicativo- ni, por supuesto, es la única forma de evitar el sexismo en el lenguaje.

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  2. Quiero añadir algo más al conjunto de ejemplos con la palabra hombre (sacado del Prof. Meseguer): ¿cómo se diría, en dialecto políticamente correcto, la siguiente frase?

    “El hombre es el único animal que menstrúa”

    ;-)

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  3. No creo que se trate de algo políticamente correcto, simplemente es algo que ayuda a reivindicar otra serie de medidas.

    La sociedad masculina, en su mayoría, esta acostumbrada a una serie de tratos que le vienen otorgados desde antaño, dónde desde su posición no ven lo que la otra parte de la sociedad ha sufrido o con lo que ha lidiado.

    Si realmente tiene poca importancia decir todos los niños y niñas..q más da utilizar esa formulación?
    Cuesta poco y deja patente que hace referencia a “todos”.

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  4. Me parese que el hombre es hombre cuando sabe que su pareja le es infiel, pero deben saber que cuando eso pasa nos dan la oportunidad de explorar otros mundos como subir muchos palos o correr visicleta sin el asiento y por una calle con bastante hueco, que rico

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  5. Siempre que los políticos se ponen a regular en materia lingüistica hacen alguna tontería. Recordad la que se montó cuando decidieron que los nombres de ciertas ciudades debían ser en el idioma de la autonomía a la que pertenecían, independientemente del que se estuviera hablando en ese momento. De esta forma, hablando Español había que decir siempre A Coruña y no La Coruña. Claro, como siempre que hablamos de Londres decimos London, aunque hablemos en Español.
    En nombre de lo polícamente correcto le dan cada patada al Español que lo dejan tiritando.
    Vivimos sometidos a las catetadas de catetos y catetas.

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  6. Dice el profesor Carlos: “el uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en la oposición binaria masculino/femenino”.
    Haber qué quiere decir esa frase…. y más aún ¿quién ha dicho que eso debe ser así???? Seguro que un hombre
    ¿Quién ha redactado la Constitución Española??? Me lo imagino…
    “Lo de que se utiliza masculino por aquel principio fundamental de la lengua que es la economía”… también lo ideó un hombre…
    Miré usted “Carlos Muñoz, profesor de Traducción Técnica en el Institut Libre Marie Haps (Bruselas)”. Yo soy mujer y no me siento representada con el genérico masculino, y hablo con conocimiento de causa.
    En ocasiones, cuando han utilizado el masculino para referirse a todo el mundo en alguna circunstancia, no he estado segura de si se referían a mi o solo a los hombres que allí se encontraban.
    No cuesta tanto utilizar genéricos como alumnado, personas, etc. Y si no los hay pues usar los dos géneros. O también propongo, que como la mayoría de la población Española es femenina ¿por qué no usamos como genérico el género femenino?.

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