Los retos del siglo XXI

Versión actualizada y resumida por la UNESCO del documento «Siglo XXI: tentativa de identificación de algunas grandes tendencias», que el Director de la Oficina de Análisis y Previsión, Jérôme Bindé, presentó al Equipo Especial del Consejo Ejecutivo sobre la UNESCO en el Siglo XXI. (El texto íntegro figura en el Anexo del Informe Provisional del Equipo Especial).

Diez tendencias a largo plazo que podrían esbozar los futuros posibles de la humanidad en el siglo XXI

Complejidad e incertidumbre son palabras clave de nuestra época. En esta hora de la mundialización y de la aceleración y multiplicación de los intercambios, el futuro parece, si no totalmente oscuro, sí al menos opaco. Atrapados en el vértigo de lo inmediato, sometidos a la tiranía del apremio, no nos tomamos el tiempo necesario para preparar acciones bien meditadas y prever sus consecuencias. Sin frenos ni visibilidad nos vemos embarcados en la aventura del futuro, olvidando que cuanto más rápido va un vehículo más lejos deben llegar sus faros. Hoy ya no se trata de ajustarse o adaptarse, porque el ajuste y la adaptación suponen siempre que llevamos retraso. Hoy de lo que se trata es de adelantarse. Hay que adoptar una visión clarividente cara al porvenir y echar una mirada prospectiva al mundo, para que el día de mañana nuestros hijos cosechen los frutos de nuestra anticipación y no las tempestades de nuestra ceguera.

1. El auge de la tercera revolución industrial

La «tercera revolución industrial», que está transformando radicalmente las sociedades, se manifiesta en el auge de la revolución informática, el desarrollo acelerado de las ciencias y tecnologías de la comunicación e información, y el avance de la biología y la genética y sus aplicaciones. Nuevas convergencias surgen entre los más recientes sectores de investigación y de actividad, así como con otras disciplinas u otros sectores más tradicionales. Las consecuencias del auge de este nuevo conglomerado científico y técnico sólo se perciben en la actualidad muy parcialmente.

¿Cuál será el porvenir de las instituciones legadas por la historia, como la escuela, el Estado-nación, el trabajo, la familia, la cultura, la ciudad?

Basada en la revolución cibernética y en el orden de los códigos, informática hoy y genética mañana, la tercera revolución industrial somete a la sociedad de la producción material al nuevo imperio inmaterial de los signos de la «sociedad programada», cuyo advenimiento precipita el auge de redes planetarias, privadas o públicas, que son el instrumento y acelerador principales de la mundialización. Estamos experimentando ya en la estructura social las consecuencias de esta revolución, que impone a nuestras sociedades una lógica de fractura. ¿Cuál será la repercusión de la tendencia a la disociación en las instituciones o estructuras legadas por la historia como la escuela, el Estado-nación, el trabajo, la familia, la cultura y la ciudad? ¿La retracción del ámbito público y la erosión del contrato social no son los riesgos más graves que corremos?

Además, ¿cuál será el ritmo temporal y espacial de esta revolución industrial basada en actividades que exigen mucho capital y onerosas inversiones educativas? ¿Cómo lograr que la mundialización se convierta en fuerza de emancipación y solidaridad internacional, y no en factor de exclusión y repliegue de las identidades?

La mundialización ofrece también una oportunidad, representa una mejora de los medios para comunicar y transmitir información. Las nuevas tecnologías de la información brindan nuevas posibilidades a la educación a distancia y permiten vislumbrar una prometedora sociedad de redes, descentralizada, más democrática y menos jerárquica. La mundialización no sólo podría contribuir a la fragmentación de las sociedades, sino también al auge de una conciencia planetaria. Al respecto, se puede decir con Edgar Morin que el movimiento de protesta que algunos califican erróneamente de «antimundializador» se podría interpretar como el exponente de una segunda mundialización: la de las conciencias que se yerguen ante la mundialización de la economía y las técnicas.

2. Agravación de la pobreza y la exclusión

En los últimos decenios la lucha contra la miseria ha progresado considerablemente. Según el PNUD, la pobreza ha retrocedido más en los últimos cincuenta años que durante los cinco siglos anteriores. Pero más de 3.000 millones de individuos, es decir más de la mitad de la humanidad, tratan de sobrevivir con menos de dos dólares al día, mientras que 1.500 millones no tienen acceso al agua potable y más de 2.000 millones no reciben atención sanitaria elemental. El 70% de los pobres son mujeres, y dos tercios de las personas en la miseria no han cumplido 15 años.

De aquí a 2015, 1.900 millones de seres humanos podrían vivir por debajo del umbral de pobreza absoluta

Según el Banco Mundial, de las previsiones actuales se desprende que seguirá aumentando el número de personas sumidas en la pobreza absoluta. Es muy posible que, de aquí a 2015, 1.900 millones de habitantes del planeta vivan por debajo del umbral de pobreza absoluta, es decir con un dólar diario. En los albores de este nuevo milenio son 1.500 millones de personas, aproximadamente, y en 1987 eran 1.200 millones. En el próximo cuarto de siglo, al menos 85% de la población mundial vivirá en países con economías en desarrollo o en transición que deberán soportar el mayor peso del crecimiento demográfico, salvo que se produzca una recrudescencia general de las grandes migraciones del Sur hacia Norte. El factor agravante de la concentración de los recursos en manos de unos pocos es muy probable que persista, o incluso que se agrave. Además, conviene recordar que el aumento de la pobreza no se mide únicamente con parámetros económicos, sino también en términos educativos, tecnológicos, culturales, ecológicos y sanitarios. Unos 800 millones de habitantes del planeta padecen subalimentación crónica. La disminución actual del número de personas insuficientemente alimentadas (un promedio de ocho millones al año) no basta para realizar el compromiso contraído por 186 países en la Cumbre Mundial de la Alimentación, celebrada en noviembre de 1996, a saber: reducir a la mitad el número de subalimentados de aquí a 2015. Este objetivo sólo se podría alcanzar con una disminución anual de 20 millones de la cifra global de subalimentados.

3. ¿Nuevas amenazas para la paz, la seguridad y los derechos humanos?

Los acontecimientos del 11 de septiembre y sus consecuencias parecen haber creado un nuevo paradigma en materia de seguridad, guerra y paz, que se caracterizaría por el enfrentamiento entre un grupo de Estados que apoyan al terrorismo internacional y una coalición de Estados “civilizados”. No cabe duda de que este paradigma tendría que matizarse, aunque sólo fuera para evitar la propagación del mito peligroso – y ampliamente refutado– del choque entre las civilizaciones. Por muy reales que sean los riesgos provocados por el terrorismo internacional y las tensiones y desequilibrios que genera, conviene recordar que esta nueva situación se superpone a la que existía anteriormente sin suprimirla. Aunque la paz parece más posible desde que acabó la guerra fría, la probabilidad de la guerra subsiste porque algunos Estados siguen dedicando a la defensa sumas considerables, que les hacen falta cuando se trata de afrontar amenazas que no son de índole militar y que hipotecan el futuro. Además, estamos presenciando una multiplicación de los enfrentamientos “infraestatales” y de las contiendas entre etnias o comunidades, que han llegado a constituir el conflicto típico de estos comienzos del siglo XXI. Estos conflictos se suelen producir en contextos de desaparición del Estado de derecho y de impotencia de las instituciones nacionales. En estas condiciones, cabe preguntarse si no hay que temer que en los próximos decenios se intensifique el fenómeno del “fracaso de los Estados” y la multiplicación de conflictos al margen del respeto de las normas jurídicas internacionales, haciendo extremadamente difícil cualquier tentativa de mediación de los organismos internacionales. La intolerancia, la xenofobia, el racismo y la discriminación están resurgiendo de manera violenta, e incluso genocida. Sus autores los justifican con frecuencia en nombre de la pertenencia religiosa, nacional, cultural o lingüística. ¿Vamos a seguir contemplando fenómenos como la mundialización del terrorismo y el crimen organizado, la repetición de las matanzas y las violaciones masivas de los derechos humanos, el auge de economías de guerra ilegales y la propagación de la violencia en la escuela y en la sociedad? ¿Los Estados y los organismos internacionales se verán obligados en los próximos decenios a limitarse a la gestión de las diferencias más que al fortalecimiento del vínculo social?

Las amenazas contra la paz y la seguridad ya no son únicamente de índole militar

El fin de la guerra fría había suscitado una gran esperanza: al fin se podrían reducir sensiblemente los presupuestos militares e invertir más en el desarrollo humano, especialmente en educación. Sin embargo, aún estamos esperando que lleguen los tan anunciados “dividendos de la paz”. Después de las esperanzas suscitadas por la “carrera al desarme”, que comenzó en 1989 después de la caída del muro de Berlín, hoy somos testigos del nuevo auge que han cobrado los gastos militares y el comercio de armas. Además, las amenazas para la paz y la seguridad ya no son únicamente de índole militar. Los últimos decenios se han caracterizado por una toma de conciencia, nacional e internacional, de las múltiples dimensiones de la paz y de la seguridad. Ante la interdependencia creciente de los fenómenos políticos, económicos, financieros, sociales y ambientales, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas debería preguntarse si no sería conveniente incorporar más sistemáticamente a sus esferas de competencia otras amenazas que también se ciernen sobre la seguridad humana: el deterioro del medio ambiente y de las condiciones de vida, los problemas de población, las rivalidades culturales y étnicas, y todas las formas de violación de los derechos humanos.

4. Mutaciones demográficas

Según las previsiones medias de las Naciones Unidas, la población mundial alcanzará 8.000 millones en 2028 y 9.000 millones en 2054, y luego se estabilizará en torno a esa cifra. No habrá entonces una explosión demográfica, sino más bien un gran aumento seguido de un estancamiento. Algunos demógrafos estiman que dentro de algunos decenios podría incluso producirse una implosión. En efecto, según las previsiones más bajas de las Naciones Unidas la población mundial se estabilizaría en torno a los 7.300 millones hacia 2050, antes de empezar a declinar. Teniendo en cuenta que la transición demográfica se ha acelerado, no se puede descartar que a mediados del siglo XXI la población mundial supere apenas los 8 mil millones.

Por otra parte, la población mundial está envejeciendo. Según la hipótesis media de las Naciones Unidas, de 1995 a 2050 los menores de 15 años disminuirán –del 31% al 19% de la población mundial–, mientras que las personas de más de 60 años aumentarán –del 10% al 22%. También está evolucionando la distribución geográfica de la población mundial. A no ser que se produzcan grandes corrientes migratorias –un fenómeno siempre posible–, la población de Europa y Japón disminuirá en los próximos 50 años. Según algunos estudios, la única solución para resolver la drástica disminución de la proporción entre personas activas e inactivas sería la inmigración. Las causas de mortalidad también evolucionan. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha dado la voz de alarma sobre la inminente posibilidad de que estalle una crisis mundial provocada por las enfermedades infecciosas. A pesar de los progresos considerables en la lucha contra esas enfermedades –se ha logrado erradicar la viruela y podrían declararse definitivamente vencidas la poliomielitis y la dracunculosis–, siguen causando la tercera parte de las muertes que ocurren en el mundo. Las bacterias y los virus que las provocan son nuevos, están en constante mutación o han aprendido a resistir a los tratamientos que nos protegían hasta ahora. En cualquier caso, todos se caracterizan por una enojosa tendencia a desplazarse. Cuando una enfermedad desaparece, surge otra nueva: en 1980 la OMS anunciaba la erradicación mundial de la viruela, y un año después se identificaba el sida por primera vez. Además, hay un recrudecimiento de enfermedades graves como la tuberculosis, se han identificado nuevos agentes infecciosos como el prión y varias enfermedades conocidas empiezan a resistir a los antibióticos clásicos, al mismo tiempo que disminuyen las investigaciones sobre las vacunas. En Botswana, el país más diezmado por la epidemia del sida, una cuarta parte de la población adulta está infectada por el virus y la esperanza de vida al nacer decayó de 61 años a 47 en el último decenio, cuando debería ser actualmente de 67 años si no existiera esa epidemia. La esperanza de vida también se redujo en la Federación de Rusia y en varios países de la antigua URSS.

Habría que construir en 40 años el equivalente de mil ciudades de tres millones de habitantes

Existe un vínculo entre la educación de las jóvenes y las cuestiones de población y desarrollo. Muchos estudios han puesto de relieve la repercusión positiva que tiene la educación de la mujer en el desarrollo social y la salud, y más concretamente en los índices de mortalidad infantil y fecundidad. A este respecto, cabe preguntarse si el mejor método anticonceptivo no es la educación para todos a lo largo de toda la vida. El aumento de la población mundial conlleva una urbanización masiva, acelerada por las transformaciones socioeconómicas, que transforma la escala de las ciudades y va acompañada por fenómenos sin precedentes: pobreza y exclusión urbanas, secesión de grupos y barrios, problemas ambientales, acceso a los recursos naturales y culturales, derecho a la vivienda, nuevos problemas de ciudadanía y retracción del espacio público. De confirmarse estas tendencias, se estima que dentro de 40 años habrá que construir el equivalente de 1.000 ciudades de 3 millones de habitantes, o sea casi tantas ciudades como las que existen actualmente.

Hoy en día el crecimiento urbano más acusado se produce, o bien en las regiones más pobres y en este caso no guarda relación con un desarrollo efectivo, o bien en las zonas de auge económico más rápido. En este último caso, el “boom” suele provocar una explosión caótica que genera grandes problemas de abastecimiento de agua potable, energía, aprovisionamiento alimentario suficiente, violencia, marginación y exclusión. Esto hace que en muchos países proliferen “comunidades cerradas” que se amurallan y protegen con barreras, o se aíslan en lugares apartados. Millones de personas fascinadas por el brillo de las grandes ciudades truecan la pobreza del medio rural por la miserable “soledad acompañada” de las grandes aglomeraciones, donde suelen carecer de los servicios más elementales, ya se trate de escuelas, sistemas sanitarios o infraestructuras básicas, y viven sumidas en la miseria y la exclusión que a menudo son terrenos abonados para la violencia y el extremismo. Ante esas situaciones, ¿cómo humanizar la ciudad, reconstituir la urbanidad y el civismo, e integrar a los marginados?

5. El medio ambiente del planeta en peligro

Es sabido que, de no adoptarse medidas de gran alcance, las repercusiones de la actividad humana en el medio ambiente del planeta ponen en peligro la supervivencia de la biosfera y de las generaciones venideras. Según la inmensa mayoría de los científicos, el calentamiento del clima mundial obedece principalmente a la emisión de gases con efecto de invernadero generada por la actividad del ser humano y los modos de consumo modernos, especialmente los relacionados con la urbanización (centrales térmicas, contaminación industrial, automóviles, etc.). La fusión de los glaciares que pudiera causar este calentamiento provocaría una auténtica catástrofe ecológica. El calentamiento del planeta parece ir acompañado por una mayor variabilidad y considerables perturbaciones climáticas, regionales o locales, que podrían modificar radicalmente el clima de algunas regiones del mundo y provocar un creciente número de desastres «naturales» cada vez más graves, cuyos signos precursores serían los que se están observando actualmente. Es innegable que, en materia de control de emisiones de los gases con efecto de invernadero, los progresos realizados desde la Conferencia de Río de 1992 han tenido un alcance limitado. Buena prueba de ello son las dificultades con que ha tropezado la ratificación del Protocolo de Kyoto sobre la reducción de esas emisiones. El agua no está repartida equitativamente. Es cierto que abunda y es «corriente», como suele decirse, pero no en todas partes ni para todos. Casi la cuarta parte de la humanidad carece de acceso directo a un agua potable y salubre y más de la mitad no dispone de instalaciones de saneamiento adecuadas. Responder al desafío planteado por el agua exigirá sobre todo adoptar políticas de utilización eficaz de los recursos hídricos para resolver el problema del excesivo consumo de la agricultura de regadío, que actualmente acapara casi las dos terceras partes del agua procedente de ríos, lagos y capas subterráneas. También es imperativo modificar los comportamientos humanos. La reducción de la capa de ozono, protectora de la vida en la Tierra, nunca ha sido tan acentuada. No obstante, hay perspectivas esperanzadoras. En efecto, los expertos prevén que, si se respetan las disposiciones de los protocolos internacionales, de aquí al año 2050 la capa de ozono podría reconstituirse completamente.

Gran parte de las especies está amenazada de desaparición, a un ritmo de mil a diez mil veces superior al de los grandes periodos geológicos de extinción.

La desertización se extiende. Hoy en día afecta directamente a 250 millones de personas y amenaza a otros 1.000 millones de seres humanos que viven en tierras áridas de unos 110 países. Si la extensión de las zonas desérticas prosigue al ritmo actual, esta cifra podría duplicarse de aquí al año 2050. El deterioro afecta a todos los medios naturales. Los bosques siguen cubriendo un cuarto de la superficie continental del planeta, pero se estima que su pérdida neta es de unos 11,3 millones de hectáreas por año, pese a que un creciente número de países esté tratando de mejorar la gestión forestal y de tomar más en cuenta los factores ambientales. Los océanos tampoco se salvan del deterioro del medio ambiente. Los recursos pesqueros continentales, que son una de las fuentes principales de alimento y proteínas para millones de personas, se hallan en peligro y requieren medidas de protección inmediatas. Por otra parte, la modificación de las corrientes oceánicas, acelerada por la intervención de las sociedades humanas, representa un riesgo directo para la dinámica actual del clima terrestre y de los ecosistemas. La contaminación química y la contaminación invisible aumentan. En los últimos 50 años han surgido nuevos modos de consumo y producción, especialmente en la agricultura industrial, y se han producido miles de productos químicos nuevos que se pueden encontrar por todo el mundo en innumerables artículos de consumo o limpieza, así como en los embalajes de cartón o plástico, las aguas de los océanos y el aire, las casas, las escuelas y los lugares de trabajo. Además, se trasladan por medio de la cadena alimentaria y franquean las barreras de las especies. En algunos países se han prohibido o reglamentado estrictamente determinados pesticidas o productos químicos peligrosos, pero se permite su exportación a países pobres, donde se utilizan sin demasiadas precauciones y provocan numerosos casos de envenenamiento. Por otra parte, se corre el riesgo de que la biodiversidad disminuya considerablemente en los decenios venideros. Gran parte de las especies animales y vegetales catalogadas hasta la fecha se están empobreciendo, o incluso desapareciendo, a una velocidad de mil a diez mil veces mayor que la de los grandes periodos geológicos de extinción.

6. Avances de la sociedad de la información

Aunque la aparición, a ritmo muy desigual, de una sociedad de la información en las diferentes regiones del mundo suscita muchas esperanzas en los ámbitos del acceso al saber, la comunicación y la cultura, se presenta el gran problema de la desigualdad entre los países desarrollados y los países en vías de desarrollo, e incluso dentro de cada país.

Un gran número de expertos estima que las industrias de la informática, las telecomunicaciones y la teledifusión están convergiendo. Hoy en día se pueden transmitir a la misma velocidad datos, sonidos e imágenes, gracias a idénticos procedimientos de codificación numérica de las transmisiones. No obstante, la digitalización y la conversión de la realidad al lenguaje matemático entrañan pérdidas. En efecto, se debilita un vínculo ontológico con la realidad y esto da lugar a numerosas desviaciones de las que pueden dar una idea la manipulación de imágenes y los trucajes electrónicos. Además, la generalización de las representaciones digitales induce a una cierta confusión entre realidad y ficción, naturaleza y artificio, realidad y representación de lo que creemos que es la realidad. Asimismo, incita a la manipulación de códigos, imágenes y símbolos.

¿No destruye el conocimiento el exceso de información?

Las nuevas tecnologías suscitan grandes esperanzas, al crear un nuevo tipo de instrumentos que pueden contribuir al desarrollo, la educación, la transmisión del saber, la democracia y el pluralismo. Si embargo, la revolución tecnológica en curso también da lugar a plantearse interrogantes esenciales sobre las consecuencias de este aspecto de la “mundialización”. Más allá de la innovación industrial que aportan las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, se perfilan distintos modelos de sociedad.

¿Cómo contribuir a la conservación, al progreso y a la difusión del saber en este contexto radicalmente nuevo? Hay quienes se refieren indistintamente a la “sociedad de la información” y a la “sociedad del saber”. ¿No habría que dejar de confundir la “información” con el “conocimiento”? Asimismo, cabe preguntarse si el exceso de información no acabará con el conocimiento, que supone precisamente un dominio de la información gracias al saber y a la reflexión crítica y, por lo tanto, gracias a la educación.

Cabe señalar, sobre todo, que la participación en la “civilización de lo inmaterial” es muy desigual en las diferentes partes del mundo. ¿Cómo combatir el “apartheid tecnológico”, cuando sabemos que las nuevas tecnologías constituyen una de las claves del siglo XXI para acceder a la información y crear redes de enseñanza a distancia? Podemos preguntarnos si un sistema como Internet, al que sólo tienen acceso 5 personas de cada 100, no es “un sistema antidemocrático e inestable”, como afirmó Paul Kennedy en su intervención en los Coloquios del Siglo XXI organizados por la UNESCO.

7. ¿Reforzar la gobernabilidad?

Hay que preguntarse si la “mundialización” de gran parte de los problemas a que nos hemos referido hará cada vez más indispensable reforzar los sistemas de gobernabilidad en el plano internacional o regional. A este respecto, diremos con Boutros Boutros-Ghali que “por ahora, la única institución existente que posee los medios necesarios para solucionar esos problemas globales son las Naciones Unidas”. En un mundo caracterizado por la interdependencia y una toma de conciencia cada vez mayor de nuestro común destino, la solución de los problemas precisa una acción coordinada a escala planetaria, ya se trate de problemas del medio natural o de sanidad pública, o de lucha contra la corrupción y las organizaciones delictivas. Esos problemas, y otros muchos más, traspasan las fronteras nacionales. Ningún país, por poderoso que sea, puede resolverlos por sí solo.

El siglo XXI tendrá que responder a este interrogante crucial: ¿cómo humanizar la mundialización ante los nuevos desafíos y amenazas que se ciernen sobre nosotros?

Para afrontar los desafíos futuros, complejos y globales, acaso lo más difícil y más apremiante sea aprender a convivir. Ante un mercado que se mundializa gradualmente, ¿avanzaremos hacia formas más perfeccionadas de democracia internacional y regional? En la palestra internacional han surgido nuevos protagonistas que están modificando la práctica de la democracia, de la participación, de la asociación e incluso las reglas de la cooperación internacional. Desde luego, en el siglo XXI no desaparecerá el orden estatal, pero el poder de las sociedades civiles está llamado a robustecerse en los Estados y a escala internacional. En el futuro, una nueva cultura de la democracia favorecerá el ahondamiento de los vínculos entre democracia representativa y democracia participativa. El siglo XXI tendrá que responder a este interrogante crucial: ¿cómo humanizar la mundialización ante los nuevos desafíos y amenazas que se ciernen sobre nosotros?

8. ¿Hacia la igualdad entre los sexos?

Entre todos los desequilibrios que se dan en materia de desarrollo, el existente entre los sexos es uno de los más específicos y afecta sin excepción a todos los países, incluso a los más adelantados y orgullosos de sus logros en la lucha contra las disparidades. En contra de lo que se suele pensar, los progresos hacia la igualdad de los sexos no siempre dependen de la riqueza de un país y ni siquiera –por asombroso que pueda parecer a primera vista– del nivel de lo que el PNUD denomina “desarrollo humano”. Lo primordial en este ámbito es la manera de concebir el desarrollo, la voluntad política, la evolución cultural y el empeño que ponga toda la sociedad.

Desde luego, en los últimos decenios se han registrado progresos sustanciales a escala mundial, en particular en los ámbitos de competencia de la UNESCO. Habida cuenta de esta evolución, el papel de las mujeres cobrará más importancia en los primeros decenios del siglo XXI y la mayoría de las sociedades progresarán hacia una mayor igualdad entre los sexos.

El 70% de las personas que viven en situación de pobreza absoluta son mujeres.

Los avances más notables se han producido en el campo de la educación. También se han realizado progresos importantes en el ámbito de la salud: la esperanza de vida de las mujeres ha aumentado a un ritmo superior en un 20% al de los hombres en los dos últimos decenios; al mismo tiempo, su promedio de fecundidad ha disminuido en un tercio. Con gran lentitud se están entreabriendo las puertas del poder político a las mujeres, al menos en cierto número de países. Además, en contra de lo que se suele creer equivocadamente, los progresos registrados son más sensibles en las naciones del Sur.

No obstante, los avances de los treinta últimos años en la educación, la salud y la participación distan mucho de haber eliminado todos los obstáculos. Por lo que respecta a la educación, cerca de dos tercios de los 880 millones de analfabetos del mundo son mujeres. De cada tres mujeres adultas hay una que todavía no sabe leer ni escribir, y la mayoría de éstas vive en zonas rurales. A pesar de sus necesidades específicas en materia de salud y de nutrición, la mujer recibe menos atenciones sanitarias que el hombre, en particular en el Tercer Mundo. Además, la reciente evolución positiva en el ámbito político y laboral no ha hecho desaparecer las barreras “invisibles”, pero reales, con que siguen tropezando las mujeres para ascender en la sociedad.

La pobreza se ceba ante todo y sobre todo en la mujer. El 70% de las personas sumidas en la pobreza absoluta son mujeres y el número de mujeres pobres en las zonas rurales casi se ha multiplicado por dos en veinte años. La inmensa mayoría de ellas sigue encerrada en lo que algunos economistas han denominado el “gueto rosa”: servidumbre, agricultura de subsistencia y empleos burocráticos mal remunerados. Además, en todas las regiones del mundo el desempleo y el subempleo les afectan prioritariamente. La mujer no siempre disfruta del mismo trato que el hombre en materia de derecho de propiedad y herencia, ni de derechos relacionados con el matrimonio o el divorcio.

La insuficiencia de los derechos de las mujeres se refleja en la persecución y opresión moral y física de que son víctimas. Así, en los conflictos armados se siguen empleando la violencia contra la mujer y la violación como armas de terror e intimidación. Por otra parte, la violencia en el hogar y los malos tratos sexuales contra menores, la prostitución, las mutilaciones sexuales, la explotación de las adolescentes de países pobres por el “turismo sexual”, el aborto selectivo y el infanticidio de las niñas son todavía fenómenos excesivamente corrientes.

9. Nuevos encuentros entre las culturas

Es probable que en los decenios próximos el auge de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, así como la difusión de informaciones a través de redes, la interactividad y la multiplicidad de conexiones, modifiquen considerable y duraderamente no sólo el panorama económico, social y político, sino también el cultural.

Primer problema clave: ¿van a favorecer la mundialización y las nuevas tecnologías el florecimiento del pluralismo cultural, el diálogo y los encuentros entre las culturas? De ser así, ¿cuál será la índole de esos encuentros? ¿Serán positivos y creadores, o bien hostiles y destructores? ¿Nos encaminamos a un colisión entre las culturas o a una hibridación cultural y étnica?.

¿Cómo garantizar el acceso de todos a la cultura, a todas las culturas?

Cabe preguntarse también si los nuevos encuentros entre culturas propiciarán la hegemonía de una o varias sobre las demás, o incluso la homogeneización cultural que algunos temen, o si por el contrario exacerbarán las diferencias y suscitarán nuevas fragmentaciones culturales. Dicho de otro modo, ¿qué será de la fecunda diversidad de las culturas en un planeta cada día más «mundializado», conectado a las redes e interconectado? Tengamos presente que por lo menos la mitad -y acaso muchas más- de las 5.000 a 6.700 lenguas que se hablan en el mundo corren peligro de desaparecer de aquí a finales del siglo.

En el curso de los decenios próximos, ¿remplazarán las identidades culturales a la ciudadanía o contribuirán a su consolidación y reinvención? Según Alain Touraine, «el interrogante esencial al que la teoría y la acción políticas deben buscar respuesta» podría enunciarse así: «¿cómo restablecer el vínculo entre el espacio excesivamente abierto de la economía y el mundo excesivamente cerrado y fragmentado de las culturas?». Otro interrogante más: ¿cuáles serán las identidades y modalidades de poderes cuya emergencia propiciará la sociedad de la información y de las redes?

Otra tendencia observable: la «tecnologización» de la cultura. Conviene preguntarse si la aplicación de procesos industriales a la cultura, al tiempo que facilita la difusión de los bienes culturales, no anuncia la desaparición de los modos tradicionales de producción y transmisión de la cultura. ¿Acelerarán el auge de una sociedad del simulacro y de la virtualidad integral las nuevas posibilidades de reproducción, difusión, recomposición y manipulación de las imágenes y los sonidos? En estas nuevas circunstancias, ¿qué sentido tendrá la noción de propiedad intelectual y qué deparará el futuro a la protección del derecho de autor?

El siglo XXI tendrá que afrontar otro desafío: el acceso de todos no sólo a la cultura, sino a todas las culturas. ¿Cómo promover un verdadero diálogo intercultural? ¿Qué lógica imperará en el universo digital: la de las llaves para abrir las redes o la de los cerrojos para vedar su acceso? En semejante contexto, es muy posible que una problemática capital de los próximos decenios sea desarrollar el dominio público de la información en las nuevas redes y facilitar el acceso a todos, especialmente en los países en desarrollo.

¿Qué repercusiones tendrán las nuevas tecnologías en el libro y la lectura? La digitalización cada vez más extendida de la escritura y la aparición de nuevos soportes han dado lugar a nuevas formas de escritura, lectura, impresión y difusión de textos, convirtiendo al libro en una materia prima infinitamente manipulable. Gracias a la interactividad, el texto ofrecerá en adelante al lector una posibilidad casi infinita de opciones, haciendo que la lectura sea realmente plural y pluralista.

Por añadidura, las nuevas tecnologías provocarán cambios importantes en la creación y comunicación del saber. Los manuales escolares del siglo XXI, y más generalmente las obras de carácter educativo, se podrán concebir desde la perspectiva de una mayor interactividad entre los distintos ámbitos del conocimiento para adaptarse a las necesidades y los gustos propios del alumno. De esa manera contribuirán al auge de la autopedagogía y la autodidáctica, así como al desarrollo de «una nueva práctica de la lectura» que se podría describir como una navegación.

Otra tendencia importante es la evolución de la noción de patrimonio, cuyo ámbito se ha dilatado desde hace unos decenios y ha dejado de limitarse al patrimonio cultural y natural para comprender también el patrimonio inmaterial, simbólico y espiritual, e incluso el genoma humano. ¿Qué nuevos ámbitos abarcará el patrimonio en los próximos decenios?

10. Desafíos éticos de la tecnociencia

Los numerosos progresos de la biotecnología, la genética y la astrofísica, así como de las ciencias de lo infinitamente grande y pequeño, están revolucionando nuestra percepción de los seres vivos y del mundo que nos rodea.

En muchos casos, esos progresos científicos y técnicos permiten vislumbrar aplicaciones positivas para el bienestar de las poblaciones. Así sucede con los avances de la ingeniería genética que abren perspectivas a nuevas terapias génicas, con las técnicas para un aprovechamiento eficaz de la energía y con el auge de las nanotecnologías, que podrían dar lugar a progresos tanto en medicina como en informática. Por otra parte, las biotecnologías aplicadas a la agricultura, si se controlan realmente, podrían contribuir a que se gane la guerra contra la subalimentación.

Lo que está en juego es la propia definición del hombre y su integridad biológica.

Ahora bien, estos progresos también suscitan interrogantes e inquietudes éticas. El primero se refiere a las tecnologías aplicadas a los seres vivos, en particular a los seres humanos: ¿no conducirá la capacidad de “artificializar” la naturaleza y manipular las especies, comprendida la humana, al “mundo feliz” anticipado por Aldous Huxley y a una situación éticamente inadmisible, en la que el hombre domestique al hombre? ¿Cuál sería entonces la condición del ser humano, convertido en objeto de manipulaciones, experimentos y mutilaciones, e incluso de destrucción? ¿Qué sentido tendrían, en ese nuevo contexto, la vida y la muerte? ¿Quién determinaría la presunta “utilidad” de tal o cual característica genética? ¿No constituiría la manipulación paralela del patrimonio genético de las especies vegetales y animales, en los próximos decenios, un problema sin precedentes para el medio natural de nuestro planeta?

Además de la sociedad y del medio natural, lo que está en juego y en peligro es la propia definición del hombre y de su integridad biológica. El ser humano puede ya modificar el patrimonio genético de cualquier especie, incluida la suya, posee incluso el triste privilegio de poder planificar su propia desaparición. Aceptar que la ética la sabiduría restrinjan el poder –ya ilimitado– de la técnica es la actitud que debemos adoptar imperativamente. Hay que aplicar a la técnica la sentencia de Montesquieu: “Todo poder absoluto corrompe absolutamente”. Y a la ciencia, hay que recordarle la de Rabelais: “Ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma”.

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