Ramón Casas: Santiago Rusiñol

Ramón Casas (1866-1932): Santiago Rusiñol, 1889.Ramón Casas (1866-1932): Santiago Rusiñol, 1889.
Óleo sobre lienzo, 164,5 x cm.
Inscripción en el ángulo inferior izquierdo: «A l’amic Santiago / R Casas»
Colección particular.


Representa a Santiago Rusiñol (Barcelona, 1861-Aranjuez, 1931), pintor y escritor, además de coleccionista de antigüedades, especialmente hierros antiguos, y uno de los más tempranos defensores de la figura del Greco, de quien adquirió dos obras en 1894. Alumno de Tomás Moragas, participó en una exposición por vez primera en 1878. Obtuvo su mayor fama por sus pinturas de jardines, de fina elegancia, pero ya los patios que pintó en Sitges a partir de 1891 revelan a un pintor de interés, influido por el simbolismo. La amistad entre Rusiñol y Casas comenzó en 1882, año en que les presentó el escultor Enrique Clarasó, con quien los dos expondrían en numerosas ocasiones. En 1888 Rusiñol participó en el Salón de París con la obra L’accord, que representaba a Casas y a Clarasó conversando. A principios del año siguiente Casas y Rusiñol se retrataron el uno al otro y en el mes de febrero presentaron ambas obras en la Sala Parés de Barcelona; después, Rusiñol envió al Salón de París la suya, titulada Ramón Casas, velocipedista (Barcelona, Banco de Sabadell). Ambos artistas intercambiaron sus retratos, conservándolos el resto de su vida. A lo largo de ésta, Casas retrataría a su amigo en expresivos dibujos al carbón, que manifiestan la fuerte personalidad del efigiado.

En ese año de 1889, en el que Rusiñol se separó de su esposa, la relación entre ambos artistas se estrechó, llegando a compartir un estudio en la calle Ampie de Barcelona en el que probablemente se pintó esta obra. Es una buena muestra de la amistad entre los dos artistas que, al año siguiente, realizaron a medias un doble retrato, pintando ambos al aire libre: Rusiñol y Casas retratándose (Sitges, Museo del Cau Ferrat). En ese mismo 1890, a finales de octubre, viajaron juntos a París, donde se alojaron en el Moulin de la Galette; allí, Santiago Rusiñol asimiló la influencia simbolista, que sería la base de su pintura posterior.

El colorido suave es propio de las obras de Ramón Casas de esa época, en la que su estilo y el de Rusiñol se encontraban próximos, pero también se relaciona con la elegancia del retrato parisino del momento, que el artista conocía bien por haber sido discípulo en 1881 y 1882 de uno de los grandes retratistas del momento, Carolus-Duran. De todos modos, en el propio estudio de este pintor, que admiraba a Velázquez, comenzó a sentirse atraído por la obra del artista sevillano. En este caso, la postura del personaje y la contención en el gesto y en la expresión recuerdan a Velázquez. Por otra parte, la proximidad con Manet es notoria en la relación de la figura con los objetos del suelo y, en particular, con las colillas de puro. Este detalle fue poco apreciado por la crítica, lo mismo que le había ocurrido a Manet. Así, Federico Rahola señaló que «los antipáticos pormenores, como son los desechos del suelo y la vulgaridad del fondo» restaban elegancia al retrato. Como el propio Manet, Casas perseguiría con ello producir una sensación de veracidad por una parte y de instantaneidad por otra.

La presencia de una obra del propio artista en la pared es signo de una modernidad que recuerda a Degas y a Manet, cuyo Retrato de Emile Zola pudo haber conocido. Como en este cuadro de Manet, una pintura moderna se superpone de modo parcial en la pared a otra obra más antigua. También aquí hay un homenaje a Velázquez, a través del lienzo sólo visible en su parte superior. Es una copia de la infanta Margarita de Las meninas, junto a cuya cabeza aparece la puerta del fondo de la estancia. La pintura puede deberse al propio Casas o, como apunta Isabel Coll, a su amigo el pintor francés Maurice Lobre con quien, en 1885, había copiado obras de Velázquez en el Museo del Prado. La composición del paisaje superpuesto, una tabla titulada Carretera, con el horizonte situado por encima de los dos tercios de altura del cuadro y las copas de los árboles cortadas por el borde superior del lienzo, es característica de la producción de Rusiñol en 1888; también lo son los tonos claros y suaves, que muestran una cierta proximidad con el espíritu de los paisajes de la escuela de Olot, localidad en la que había pintado en el otoño de 1888. El hecho de que el paisaje recubra casi por completo a la copia parece indicar que la imitación de los maestros es un paso necesario y previo a la representación del natural pero que, finalmente, el pintor debe seguir su propia inspiración ante éste como, en efecto, hacía Rusiñol.

El modo de presentar al personaje es elocuente en este sentido. Si bien aparece en un interior (mientras que Rusiñol retrató a Casas al aire libre) y aunque la indumentaria del artista es elegante, como muestran la corbata a rayas, el reloj y la cadena de oro y el anillo y la sortija de su mano izquierda, el retrato no deja de revelar las verdaderas aficiones del efigiado. Del bolsillo de la chaqueta asoma lo que probablemente sea un libro, que en ese caso aludiría a la inclinación de Rusiñol a la literatura. Por otra parte, las botas que calza, los pantalones recogidos en ellas y el sombrero sobre la cabeza, así como la colocación de la figura junto a la puerta, parecen indicar que el artista acaba de volver de un paseo o está en disposición de salir, quizá al campo, a trabajar. En relación con esto último estaría la presencia de la sombrilla, para protegerse del sol, y la cartera de dibujos, que podría contener también útiles de pintura. La pose revela, además, una cierta impaciencia, como si el retratado deseara terminar la sesión para salir.

Fuente texto: Catálogo exposición El retrato español. Del Greco a Picasso.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *