Sinfonía Nº 8 en si menor D.759 (Inacabada) de Franz Schubert

Sinfonía nº 8 en si menor, Incompleta, de Franz Schubert

Hace unos días, la prensa informó de que Huawei había completado la misteriosa ‘Sinfonía inacabada’ de Schubert mediante un algoritmo. No han faltado, y con razón, voces no en contra de este tipo de prácticas más publicitarias que otra cosa sino alertando sobre la imposibilidad de que un programa informático pueda tener en cuanta los aspectos consustanciales a la mente de un creador.

Por otra parte, la famosa “Incompleta” de Schubert, con independencia de las causas que impidieron su total composición, se nos muestra en realidad como un producto perfectamente terminado, acabado y perfecto. Es probable que el compositor, que proyectaba desde hacía años una gran sinfonía –que más tarde tendría su traducción en la Novena-, comprendiera que no cabía nada más después de los dos teóricos primeros movimientos, que se complementan y completan de manera ideal y constituyen un todo de potencia expresiva e intensidad trágica inigualables.

La obra nació en 1822, el mismo año de la “Fantasía del Caminante” para piano. En esta partitura, y superando precedentes limitaciones de sinfonías anteriores, en las que el tratamiento rítmico y modulatorio era más importante que la relevancia temática, encontramos, quizá por primera vez en el músico, que cada uno de los elementos melódicos fundamentales parecen acabar en sí mismos y están tan perfectamente modelados y terminados que no necesitan ningún otro tratamiento. Por eso, un estudioso como Stefan Kunze opina que “la transformación del material melódico y armónico, en lugar del clásico tratamiento de los temas y motivos, constituye claramente el principio constructivo de esta sinfonía”. En todo caso, y esto lo considera fundamental Harold Truscott, en esta obra se dan cita todas las tendencias schubertianas orientadas a reducir la rapidez del pulso de la música. No hay ya mezclas de “tempi”. De lo que no cabe duda es que la “Incompleta” es una maravillosa síntesis de espíritu romántico y forma clásica en la que por momentos asoma, entre luces y sombras, la tragedia.

Los dos únicos movimientos que la configuran mantienen bastantes similitudes entre sí, aunque en ciertos aspectos pueden considerarse –en brillante teoría de José Luis Téllez- el uno el negativo del otro. Ambos son de compás ternario, 3/4 y 3/8 respectivamente, aunque el primero, Allegro moderato, sea más elocuente en su dramatismo, y el segundo, Andante con moto, más sencillo de estructura y de contenido, eminentemente lideristico.

Tres elementos esenciales, de claro perfil melódico, se dan cita al comienzo de la obra: lo que podría considerarse el primer tema, que va a aparecer en numerosas ocasiones a lo largo del movimiento, a cargo de violonchelos y contrabajos, un pasaje de transición, con hechuras de segundo motivo o subtema, de carácter inquieto y desasosegado, y el segundo tema, propiamente dicho, una hermosa frase en Sol mayor a cargo también de la cuerda grave y que incorpora un expresivo acompañamiento de notas repetidas a contratiempo entonadas por clarinetes y violas. Es la primera idea la que se enseñorea de toda la página y la que soporta el peso principal en el desarrollo. Sobre ella recae la gran tensión que anima toda la sección central. El segundo tema, en luminoso contraste, aparece en Re mayor en la reexposición. Es su paso de esta tonalidad a la de la tónica, si menor, la que determina el exacerbado dramatismo y la consiguiente catástrofe.

El Andante con moto está edificado sobre otros tres motivos que, unidos, forman una idea fundamental. Resulta evidentemente curioso que Schubert utilice para este movimiento la, en principio, extraña tonalidad de Mi mayor. El primer motivo, que enuncian las trompas al comienzo, es hábilmente desarrollado con posterioridad. Diversos clímax aparecen a lo largo del movimiento, construido por episodios, ofreciendo de manera variada los motivos básicos. Pero es el lirismo schubertiano más puro, aquel que se contiene en su producción de lieder, el que enmarca todo momento esta música en la que, sin embargo, aletea constantemente la tragedia.

Esta sinfonía, que para muchos abrió en su día una nueva dimensión de la música, y que nos introduce en el mundo más íntimo y personal de Schubert, que es el de los tríos para piano, los últimos cuartetos y el extraordinario Quinteto en Do mayor, fue estrenada después de la muerte de su autor, tras haber sido descubierta en casa de Anselm Hüttenbrenner, en Graz, por Johann Herbeck, director de la Orquesta de la Corte de Viena. La primera ejecución tuvo lugar el 17 de diciembre de 1865 en la citada ciudad” .

Fuente texto: Clásica 2: Franz Schubert. Sinfonía nº 8 en si menor, Incompleta

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