Walker Evans

A las casas de madrea se les pone pronto la voz ronca; carraspean mucho y suenan con las notas graves de un material duro y parco en palabras. Sus habitaciones conservan todavía el eco de los martillos de la creación. Ahora no hay nadie en esta casa, porque la madre y el padre se marcharon de madrugada para cultivar tierras ajenas.

La palangana sobre el tablón y el trapo blanco colgado de un clavo aguardan, al final del día, el regreso del matrimonio bañado en paja y sudor. El trapo divide en dos partes la imagen de Walter Evans y también la vida cotidiana de la familia; es una bandera blanca después de la batalla en un campo de crisis. Este trapo de frontera subraya con su presencia un lugar limpio y austero, ordenado con elegancia gracias al quinqué de cristal sobre el hule de la mesa.

En la jamba de la puerta, en el lado que no se ve, están señaladas las marcas de la altura del hijo pequeño, las muescas de crecimiento desde el primer día en que el hijo se puso de pie. El niño va ganando talla, mientras el trapo se empapa con el cansancio de todos los días. Afortunadamente, la madera conserva la huella vertical del paso del tiempo, mantiene una escala íntima y a resguardo de la recesión. Hasta aquí no llega la riada en esta Norteamérica del interior, con el pulso roto por la crisis rural de los años 30.

Por Ignacio Iraburu. 2002.

Créditos fotografía: Kitchen in the Borroughs House, Hale County. Alabama, 1936. Gelatino Bromuro de plata. 36 x 22,6 cm. Copia moderna. Colección Julio Álvarez Sotos

Fuente: Catálogo de la exposición «Mirar al mundo otra vez».Galería Spectrum Sotos, 25 años de fotografía.
Más información en Walker Evans Project.

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