¡Es la ciencia, estúpido!

Por Gonzalo Pontón, editor de Crítica (EL PAÍS, 21/06/07):

La gestación del Homage to Catalonia que tendrá lugar en la Feria del Libro de Frankfurt del próximo octubre fue mérito de ciertos editores (y poetas) catalanes, sagaces olfateadores de negocio, herederos del arte de aquellos míticos viajantes que recorrían los mundos con el muestrario (el mostruari) de tejidos de Terrassa y Sabadell. Esos editores supieron vender muy bien la cultura catalana a la dirección de la Feria. Sin embargo, cuando la gestión del asunto pasó a depender del Institut Ramon Llull, organismo del Gobierno catalán, lo que era materia de mercado se transmutó en esencias patrias. Al ser sustituida la razón comercial por la irracionalidad nacionalista, surgió la duda ontológica: ¿qué es cultura catalana? ¿Es cultura catalana lo que generan catalanes que usan el castellano como vehículo de expresión? Pelando la cebolla entre bilingüismo, discriminación positiva y monolingüismo, el Gobierno catalán se enzarzó en debates parlamentarios, los editores en pleitos gremiales y en la prensa florecieron anatemas y ditirambos dignos de la mejor Patrística. No glosaré aquí el rifirrafe porque es de sobras conocido y ya ocupa un lugar emérito en la historia universal de la estupidez, junto a otros momentos estelares de la humanidad como, por ejemplo, aquel de «la inquisición de Belfast», que le es tan cercano: en la capital norirlandesa unos zelotes abordan a un viandante para exigirle que confiese su religión: «Soy ateo», dice el paisano. A lo que los inquisidores replican expectantes: «Ya. Pero ¿ateo protestante o ateo católico?».

El pasado 13 de junio, el director del IRL anunció en la Literaturhaus de Frankfurt el programa definitivo de actos que, bajo la advocación de Cultura catalana: singular y universal, se llevará a cabo en la Feria y desveló, por fin, la lista de autores que habían pasado el corte, todos usuarios de la lengua catalana. Si se fijan en la obra de los agraciados, advertirán que todos ellos tienen, además de la lengua, un vínculo en común: son creadores de literatura de ficción y cultivan, sobre todo, la novela, esa «imagen de la vida», que dijo Galdós. Desde luego que la novela, la poesía y el teatro son parte de la cultura, pero no son toda la cultura. En el fárrago de artículos, declaraciones y correspondencias materiales y virtuales sobre galgos y podencos no he encontrado ni una sola alusión al ensayo, a la prosa didáctica o a los libros de conocimiento y razón crítica. Y, sin embargo, el saber, ya sea humanístico o cosmológico, también forma parte de la cultura. Lo sabían ya los antiguos griegos y así lo creen, desde luego, los países europeos, que a través de sus editoriales acuden a la Feria de Frankfurt con una amplia muestra de su producción científica y humanística: centenares de nuevos libros sobre filosofía, política, historia, psicología, economía, matemáticas, física, astronomía, medicina…

A un alemán en Frankfurt (o a un persa en París) esta magna exposición de la cultura catalana escrita se le antojará demediada. ¿Pensará que los catalanes sólo consideramos cultura la narración ficticia? Seguramente creerá que a la cultura catalana tan sólo le interesan las maravillosas representaciones lingüísticas de nuestros deseos insatisfechos y de nuestra ansia por escapar al adocenamiento cotidiano. Cierto es que construir una «imagen de la vida» ya es mucho, pero -se preguntará- ¿y la vida misma? ¿No tienen nada que decir al mundo los catalanes en ciencia, historia, filosofía, política, economía? Si algo ha leído sobre «el hecho diferencial catalán», ¿pensará que consiste en nuestro aislamiento intelectual en un mundo cada vez más científico y tecnológico?

No puedo leer sin un estremecimiento las palabras del director del IRL, ex conseller en cap del Gobierno Maragall y militante de Esquerra Republicana de Catalunya (fracción filológico-tarraconense), cuando propone su concepción de la cultura catalana como modelo para la futura identidad europea. Según informó EL PAÍS, el preboste dijo en la presentación (asistido por representantes de Perpignan, L’Alghero y Andorra) que «Impondremos (sic) nuestra convivencia como modelo europeo plurilingüe y cultural». ¿Una Europa sin Einstein ni Hawking, sin Russell ni Wittgenstein, sin Schumpeter ni Keynes, sin Braudel ni Hobsbawm, pero con novelistas de Perpignan, L’Alghero y Andorra? Pobre Ortega, que decía aquello de que «Europa es igual a ciencia».

Sólo a alguien con un perverso sentido del humor se le puede haber ocurrido el lema de Cultura catalana: singular y universal. Porque lo que vamos a mostrar en Frankfurt ni es toda la cultura, ni es totalmente catalana, ni es singular (a no ser que la singularidad sea nuestra pretendida miseria científica), ni es, obviamente, universal, sino tertuliana y astigmática.

Aunque el IRL es un consorcio formado por la Generalitat y el Institut d’Estudis Catalans (nuestra Académie des Sciences), cuyo presidente sí va a Frankfurt, es muy posible que los responsables del ridículo cultural que vamos a protagonizar no conozcan a ningún científico catalán ni, mucho menos, hayan leído sus libros. Pero si, como rezan los estatutos del IRL, uno de sus objetivos es «promover la difusión del pensamiento, el ensayo y la investigación en el extranjero… en el ámbito académico, intelectual y científico», alguien debería explicarles que en Cataluña tenemos pensadores, ensayistas e investigadores, porque, como ha escrito Joan de Sagarra, «dado que la invitada es la cultura catalana, (yo) enviaría a Frankfurt todo lo que tuviese a mano, de la cultureta a la culturassa, en catalán y en castellano». Pero ya está visto que, como decía Quasimodo, nuestros lunacharkis «avevano nel cuore pochi libri» y, desde luego, ninguno de ciencia.

Eppur si muove: ahí están los Josep Fontana, Jordi Nadal, Borja de Riquer, Eva Serra, Albert Carreras, Josep Ramoneda, Rafael Argullol, Félix de Azúa, Eugenio Trías, Paco Fernández Buey, Victòria Camps, Joan Guinovart, Manuel Cardona, Enric Trillas, Marta Sanz-Solé, Joan Massagué, Rof Tarrach, Joandomènec Ros, Vladimir de Semir, Valentí Fuster, Eudald Carbonell, Josep Maria Vallès, Josep Maria Colomer, Fabià Estapé, Germà Bel, Alfredo Pastor, Josep Maria Bricall, Xavier Sala Martín, etcétera, etcétera, que no merecen, por lo visto, ser presentados en Europa, ya que, como ha explicado el presidente de la Generalitat, el muy honorable José Montilla, «el Govern ha hecho lo que tenía que hacer. Ha invitado a todas aquellas personas cuya presencia era importante». Lasciate ogni speranza… porque, como ya explicó Schiller, «contra la estupidez hasta los mismos dioses luchan en vano».