¡Es la desigualdad, Mr. Cameron!

En su primera intervención ante el Parlamento británico para dar explicaciones sobre la ola de violencia callejera que tuvo lugar a principios de agosto en Londres y otras ciudades del Reino Unido, el primer ministro conservador, David Cameron, explicó así las causas: «No es un problema de pobreza, es un problema de cultura».

A su juicio, la degradación moral en la que ha caído una parte de la sociedad británica, especialmente los jóvenes, es el caldo de cultivo de esos comportamientos violentos. La solución estaría, entonces, en aplicar medidas represivas combinadas con otras orientadas a la «recuperación de los valores tradicionales».

Pienso que es una respuesta equivocada. Cuando menos, parcial. Los problemas de cultura a los que se refiere Cameron son solo el síntoma superficial de una infección bacteriana profunda que corroe la cohesión de la sociedad británica: la fuerte desigualdad social.

Pero antes de ver cómo la desigualdad social acaba provocando pérdida de cohesión y descontento, permítanme una referencia a la violencia en sí misma y a las medidas para atajarla.

No hay nada que justifique la violencia callejera. Ni las situaciones de injusticia social pueden ser una excusa. La razón es que las víctimas de esa violencia son las familias trabajadoras de los barrios más pobres, que ven cómo su seguridad personal se pone en peligro y cómo su pequeño patrimonio -una tienda, un comercio, una pequeña empresa-, conseguido con denodado esfuerzo y muchas horas de trabajo queda destruido por esos comportamientos vandálicos.

La función primera de todo Gobierno es garantizar la seguridad de las personas y sus pertenencias. Y para ello debe emplear los medios policiales y jurídicos a su alcance. Pero ha de ir con cuidado, porque en esto de las medidas punitivas es muy fácil que se nos vaya la mano. Algunas de las posibles medidas anunciadas por Cameron tienen ese riesgo.

En todo caso, una cosa son las medidas represivas para atajar los síntomas, y otra muy distinta, las políticas para hacer frente a las causas. Y es aquí donde más errada veo la respuesta del premier británico.

Me temo que cuando Cameron, de origen acomodado y educado en las mejores universidades británicas, habla de problema de «valores» está pensando únicamente en las clases populares. Sin embargo, el verdadero problema de valores y la degradación moral está en las élites. Recuerden el uso fraudulento de las dietas por parte de los parlamentarios; o lo sucedido con la banca; o con las conversaciones intervenidas por el grupo de prensa de Rupert Murdoch.

Tenemos evidencia clara de que la quiebra de valores tiene mucho que ver con la desigualdad.

Por un lado, exacerba y agudiza todas las patologías sociales. El mejor libro sobre la medición de la desigualdad y sus efectos (R. Wilkinson y K. Pickett) muestra con una claridad cegadora como a mayor desigualdad de la renta mayores son las patologías sociales: trastornos mentales, homicidios, esperanza de vida, mortalidad infantil, malnutrición, sobrepeso, embarazo de adolescentes, drogas, delincuencia, inseguridad o población carcelaria.

El Reino Unido está a la cabeza en desigualdad y en esas patologías. Por el contrario, países más igualitarios muestran mucha menor intensidad de estos síntomas, haciendo verdad la idea de Wilkinson y de Pickett deque las sociedades más iguales casi siempre funcionan mejor en todo.

Por otro lado, la desigualdad es el más potente corrosivo de la cohesión social. En un precioso libro titulado Algo va mal, Tony Judt ha explicado como ningún otro cómo la desigualdad corrompe a las sociedades desde dentro. La desigualdad acentúa hasta extremos inimaginables la envidia y el resentimiento entre los que tienen y los que no tienen. Y ese resentimiento rompe los muros que contienen el malestar, provocando violencia.

La desigualdad es una poderosa bacteria que está infectando todas nuestras sociedades. Una buena terapia debe ir dirigida no solo a contener los síntomas, es decir la violencia, sino a erradicar sus causas.

Pero mucho me temo que la política de recortes sociales indiscriminados del Gobierno de David Cameron, y su enfática política para crear una big society, acabe haciendo a los pobres más pobres y acentúe el resentimiento social. Sin que, como estamos viendo, mejore el crecimiento. Es decir, la desigualdad no es buena ni para la cohesión social ni para la economía.

El problema no es exclusivo del Reino Unido. Hay una creciente intolerancia de nuestras sociedades a la desigualdad excesiva. Este agosto hemos visto como desde El Cairo a Madrid, de Israel a Santiago de Chile o Nueva Delhi la gente se echa a la calle denunciando esa desigualdad.

Aunque solo sea por aquello de que cuando las barbas de tu vecino veas pelar conviene mirar cómo están las tuyas, vale la pena pararse a pensar en las causas de lo ocurrido en el país vecino. Y no caer en sus mismos errores.

Antón Costas, catedrático de Política Económica UB.

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