¡Salvad el Euro!

Hoy tiene lugar en Bruselas una de las reuniones más trascendentales de los últimos tiempos en la historia de Europa, haya o no acuerdo. Sobre todo si no lo hay. Jefes de Estado y de Gobierno de la Comunidad Europea van a discutir el segundo rescate de Grecia, ya que el primero no dio resultado y el país heleno se encuentra en una situación aún peor que hace un año. Necesita entre 80.000 y 120.000 millones de euros más, y lo que se discute es quién va a ponerlos. Desde hace semanas se debate si junto a las instituciones supranacionales, debe colaborar la banca privada. La mayoría quiere obligarla a ello. Alemania prefiere que colabore voluntariamente. Así pasan los días, la desconfianza crece, los mercados se forran, y como en la fábula de las liebres discutiendo si son galgos o podencos los perros perseguidores, pueden llegar éstos y merendárselas.

Esto que les estoy contando tiene también un poco de fábula. El debate de fondo es sobre el euro. No se trata simplemente de salvar a Grecia. Se trata de si vale la pena salvar el euro, la moneda común, todavía más fuerte que el dólar, aunque no se sabe por cuento tiempo, pues si Grecia se declara en bancarrota, los ataques especulativos se dirigirán a Irlanda, a Portugal, a España, a Italia, en un efecto dominó que puede resultar mortal para la moneda común, y con ella, para la CE. Pero ni siquiera esa perspectiva parece movilizar los ánimos en una comunidad que de alegoría del éxito se ha convertido en símbolo de la incapacidad para resolver sus problemas. No se oye por ninguna parte el grito de «¡Salvad el euro!» y lo más grave es que nadie parece estar dispuesto a salvarlo, al centrar su atención en sus problemas domésticos. Un escenario ideal para los especuladores, que se están cebando.

Hay dos razones para esta parálisis:
– Los griegos no tienen ninguna prisa en hacer los ajustes que necesita su economía para salir a flote, sabiendo que Bruselas vendrá en su ayuda.
– Los especuladores seguirán apostando contra Grecia, sabiendo que ésta será rescatada por sus socios.

Una espiral suicida, una especie de torbellino que puede llevarse por delante la CE tal como la conocemos, razón de que todos sus miembros miren por sus intereses más que por los comunitarios. Alemania, la primera, y sin Alemania no se va a ninguna parte en Europa.

¿Cómo se ha llegado a esta situación? Gordon Brown, ex primer ministro inglés y uno de los pocos políticos europeos que sabe de economía —había llevado antes esa cartera ministerial en el gabinete— nos lo ha contado con frialdad británica: aunque se define como «apasionado proeuropeista», se opuso a que su país se uniera al euro. «Habíamos realizado hasta 19 evaluaciones —dice— y la conclusión a que llegamos fue que en Bruselas no habían hecho ningún plan para alcanzar una auténtica convergencia entre los países miembros, ni para afrontar una crisis en caso de que esa convergencia no se alcanzara, ni para ajustar la moneda única a las necesidades concretas de cada país». Lo que con ello quería decir Brown era que se había empezado la casa por el tejado: en vez de fijar primero una política económica, fiscal y social común, se había empezado creando una moneda común, que tarde o temprano empezaría a resentirse por las diferencias internas. O dicho ya sin rodeos: que los países más pobres, al verse con una moneda fuerte, empezarían a gastar como si fueran ricos, con lo que su deuda no haría más que aumentar. Esas alegrías se pagaban antes con una devaluación de la moneda nacional, pero al haber desaparecido éstas, la deuda no haría más que aumentar, al encontrar prestamistas seguros de que sería pagada por los países más ricos de la comunidad. Países, por cierto, que también se han beneficiado de esa insana situación, vendiendo sus productos a los países más pobres y prestándoles dinero para que se los comprasen. Hasta que el globo de la deuda, hinchada por los especuladores internacionales, ha alcanzado un volumen inasumible para todos. Quiso atajarse con el primer rescate a Grecia, dándole medios y tiempo para que pusiera en orden sus finanzas y realizase los ajustes necesarios para que su productividad alcanzase la media europea. Pero no lo hizo y hoy está peor que entonces, habiendo dudas de que pueda hacerlo algún día. Más grave aún fue que se descubrieron pufos semejantes en Irlanda y Portugal, a las que se impuso una cura de adelgazamiento semejante, pero si echar unos kilos es fácil, quitárselos de encima es muy difícil, como sabe todo el que ha probado dietas. E incluso hay algo peor: que España e Italia están aquejadas del mismo mal. A Zapatero le fijaron unos deberes hace más de un año, pero aparte de congelar las pensiones, los sueldos de los funcionarios y subir el IVA, las grandes reformas estructurales que necesita nuestro sistema laboral, financiero y social, siguen sin completarse. Como consecuencia, también estamos como estábamos, solo que peor. Aunque, repito, este no es un problema de un país u otro sino de la entera comunidad, problema que se transmite a la moneda común. Por lo que no puede continuar la ficción de que el euro representa la economía alemana y la economía griega, por la sencilla razón de que hay un abismo entre ellas. Y porque los alemanes, más algunos otros, como los finlandeses, se niegan a seguir financiando el «Estado de bienestar» del sur de Europa, aunque ellos se hayan beneficiado al financiarlo.

¿Qué puede hacerse? Desde hace meses vengo escuchando planes sobre ello, sin que ninguno aporte una solución ideal, porque, sencillamente, no la hay. Los europeos tenemos un enorme problema al haber puesto en circulación una moneda colectiva, sin el apoyo económico, político, fiscal y social común que toda moneda necesita. Los más radicales proponen la expulsión del euro a los endeudados hasta que no saneen sus finanzas. Pero eso es más fácil de decir que de hacer, pues es ya tarde para dar marcha atrás en un proyecto de tanta profundidad como envergadura. Por lo que se buscan soluciones imaginativas, como dividir la eurozona en dos bloques, uno con un euro fuerte, otro con un euro débil, hasta que los retrasados recuperen el terreno perdido. Pero, ¿y si no lo recuperan?

Lo más interesante que he leído al respecto son dos propuestas aparecidas hace poco en el Financial Times, que por caminos opuestos, llegan al mismo punto: a una convergencia económica real de los países comunitarios.

La primera propuesta sugiere que los alemanes vuelvan a su Deutsche Mark, su anterior marco, dejando al resto de los países miembros de la comunidad el euro como moneda, que tendría que buscar en el mercado su auténtico valor en el mercado, seguramente muy inferior al actual, al faltarle el respaldo de la economía más poderosa de la zona.

La segunda sugerencia propone reconvertir la deuda de los países con problemas a su anterior moneda nacional, dejando en circulación en ellos los euros que posean. O sea, la deuda griega se monetizaría en dracmas, la portuguesa, en escudos, la irlandesa, en libras irlandesas, la italiana, en liras y la española en pesetas, mientras usan el euro para el resto de las transacciones y procuran ir desprendiéndose de su deuda acumulada a base del ahorro y esfuerzo necesario.

Imaginativas, desde luego, son ambas propuestas. Pero, ¿funcionarán en la realidad? ¿No se cumpliría el viejo principio de que «la moneda mala desplaza a la buena» y al final solo veríamos pesetas, dracmas, escudos y liras, con todo el mundo guardándose los euros o los marcos alemanes? Sinceramente, no lo sé. Y lo que me temo es que no lo sepa nadie.

José María Carrascal, periodista.

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