¿A qué viene, señor presidente?

Por Samuel Hadas, analista diplomático. Primer embajador de Israel en España y ante la Santa Sede (LA VANGUARDIA, 10/01/08):

El presidente George W. Bush llega a Jerusalén y Ramala, por primera vez desde que asumió su alta magistratura, siete años atrás. "Objetivos modestos, resultados dudosos", "¿Por qué viene?", "¿Es necesaria esta visita?", "Aquí no habrá milagro alguno". Estos son sólo algunos de los titulares con que una ambivalente prensa israelí y una recelosa prensa palestina reciben al presidente.

¿Viene Bush a hacer un esfuerzo sustantivo para sacar el proceso de paz palestino-israelí del atascamiento en que se encuentra? A diferencia de su predecesor, Bill Clinton, que se implicó profundamente en la búsqueda de una solución al conflicto palestino-israelí hasta sus últimos días en la Casa Blanca, Bush no solamente eligió no involucrarse directamente, sino que juzgó equivocada la política de Clinton. Imponer una solución nunca figuró en su agenda evitando cualquier implicación seria, fuera de expresar públicamente su "visión" de un Estado palestino conviviendo pacíficamente con Israel.

Desde un primer momento, su contribución al proceso fue exigua. En general, como es bien sabido, la política de su Administración en Oriente Medio se ha caracterizado más bien por una desastrosa sucesión de fallos y errores. En el caso del conflicto entre palestinos e israelíes, su diplomacia brilló generalmente por su ausencia y sólo después de siete años perdidos, apenas seis semanas atrás, a un año de las elecciones en su país, asumió la iniciativa de reunir en Annapolis a las partes en conflicto y a representantes de decenas de países y organizaciones internacionales, en un último esfuerzo por dar un impulso al proceso de paz. De hecho - más vale tarde que nunca- Bush intenta en el último momento seguir los pasos de su predecesor.

¿Puede Bush hacer algo esta vez? Su visita no constituye un dramático paso para lograr un acuerdo entre palestinos e israelíes.

Según él, sólo viene a "ofrecer sus buenos oficios". En las casi seis semanas transcurridas desde Annapolis, el primer ministro israelí, Ehud Olmert, y el presidente palestino, Mahmud Abas, han avanzado poco o nada en el cumplimiento del compromiso que adquirieron ante la comunidad internacional de hacer todos los esfuerzos posibles para negociar la obtención de un acuerdo antes de fin de año. La situación en el terreno es poco promisoria: Gaza, feudo de Hamas, una organización fundamentalista islámica que rechaza cualquier negociación con Israel y apoyada por el eje de la desestabilización regional, Teherán y Damasco, es hoy epicentro de una grave espiral de violencia. Tarde o temprano, si no cesa la cotidiana lluvia de cohetes que cae sobre las poblaciones israelíes fronterizas (cohetes con un alcance que cubre hoy una población de 250.000 israelíes), la presión de la opinión pública obligará al Gobierno israelí a lanzar una operación a gran escala en Gaza de consecuencias imprevisibles para el proceso de paz.

Un portavoz de Al Qaeda llamó a los "luchadores" islamistas a dar la bienvenida a Bush con bombas en lugar de flores, mientras que para Hamas la visita tiene como objetivo "proporcionar al enemigo ayuda política y material y profundizar las divisiones internas entre los palestinos". Tampoco los extremistas judíos se quedan de brazos cruzados y salen a las calles a manifestarse contra el proceso de paz. Bush ha sido declarado persona non grata por ambos extremos.

¿Infundirá Bush nuevos bríos a las negociaciones? Los vientos políticos no soplan a favor. La expectativa de palestinos e israelíes no es alta: según recientes sondeos, un 79% de los israelíes considera que el proceso de Annapolis es un fiasco mientras que entre los palestinos piensa igual el 59%. Dadas las circunstancias, muchos dudan de que los tres grandes protagonistas del proceso negociador estén en condiciones de impulsarlo. Abas representa hoy a sólo una parte de los palestinos. Olmert, con el apoyo popular más bajo que haya tenido un primer ministro israelí, está a la espera del informe de la comisión investigadora de la guerra de Líbano, que promete ser devastador para él. La capacidad de Bush, un lame duck,según la jerga política de su país, para hacer algo, es limitada y un progreso real tendrá que esperar seguramente al próximo ocupante de la Casa Blanca.

La gira del presidente norteamericano a Oriente Medio se enmarca sobre todo en su intento de ensamblar una coalición antiislam radical, que comprenda países como Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Arabia Saudí, Jordania y Egipto, con el objetivo prioritario de frenar los designios hegemónicos de Irán, así como neutralizar a los grupos fundamentalistas que desestabilizan cada vez más la región. Bush trata de contener a Irán buscando el apoyo de los países árabe suníes, a quienes prometerá "su máximo apoyo", en un momento en que su credibilidad en la región no es precisamente su mejor tarjeta de visita.

La visita podría ser bienintencionada, pero las buenas intenciones no son suficientes. El contexto en el que se produce no es promisorio en demasía. Oriente Medio es un campo de minas y desactivarlas requiere perseverancia, determinación y habilidad, cualidades ausentes en la presente Administración de Washington, por lo menos en lo que respecta a su política en esta parte del mundo. ¿Comprobaremos acaso, como comentó recientemente un columnista israelí, que "Annapolis introdujo la llave en el contacto de un coche con sus cuatro ruedas sin aire"?