¿Alguien quiere salvar la Tierra?

Por K. Annan, secretario general de las Naciones Unidas. Traducción: Celia Filipetto (LA VANGUARDIA, 12/11/06):

Si quedaba algún asomo de duda sobre la urgente necesidad de luchar contra el cambio climático, dos informes publicados la semana pasada deberían animar al mundo entero a detenerse y reflexionar. En primer lugar, según los datos más recientes, en los países industrializados siguen aumentando las emisiones susceptibles de causar el efecto invernadero. En segundo lugar, un estudio dirigido por un ex alto funcionario del Banco Mundial, el inglés sir Nicholas Stern, definió el cambio climático como “el fracaso más grande y de mayor alcance producido por el mercado”, con potencial para reducir la economía global en un 20% y provocar desequilibrios económicos y sociales equiparables a los generados por las dos guerras mundiales y la gran depresión. La opinión de los científicos avanza hoy cada vez más hacia posturas de extrema preocupación. Muchos especialistas conocidos por su fama de cautos sostienen ahora que el aumento de las temperaturas ha alcanzado unos niveles sumamente preocupantes y que esos niveles generan una espiral perversa que amenaza con llevarnos peligrosamente a una situación irreversible.

Es posible que entre las filas de los economistas se produzca también una evolución de opiniones similar. Algunos analistas antes más prudentes afirman ahora que será mucho menos costoso reducir las emisiones de inmediato que adaptarse más adelante a sus consecuencias.

En cuanto a las compañías de seguros, desembolsan cantidades cada vez más elevadas para indemnizar a las víctimas de fenómenos climáticos extremos. Por último, un número creciente de personalidades del mundo de los negocios y la industria manifiesta inquietud por el hecho de que el cambio climático representa un riesgo en el plano económico. Los pocos escépticos que todavía intentan sembrar la duda deben ser tomados por lo que son, es decir, espíritus que no están al día.

En esta conferencia de la ONU sobre el cambio climático que se celebra en Nairobi, nos estamos jugando mucho, porque esos cambios afectan prácticamente a todos los sectores de la vida humana, el trabajo, la salud, la seguridad de los alimentos y la paz en el interior de cada país y de los países entre sí. Sin embargo, se considera el cambio climático un simple problema ecológico. Hasta que se reconozca la dimensión global de la amenaza, nuestras iniciativas caen en saco roto. Los ministros de Medio Ambiente han hecho un esfuerzo para poner en marcha una acción internacional. Pero un número demasiado alto de sus colegas de los ministerios de Energía, Finanzas, Transporte e Industria, e incluso de los ministerios de Defensa y de Asuntos Exteriores, no ha participado en el debate, pese a que ellos también deberían interesarse por el cambio climático. Es preciso derribar las barreras que los han mantenido separados de modo tal que puedan encontrar soluciones que conviertan en limpia la masa de inversiones que serán necesarias en el sector del suministro de energía con el fin de atender el rápido aumento de la demanda mundial prevista para los próximos treinta años.

Tenemos el deber de estudiar sus peligros, pero también sus perspectivas. Este año, el volumen de negocio de los mercados del carbón ha alcanzado los 30.000 millones de dólares, pero su potencial permanece inexplorado. El protocolo de Kioto, plenamente vigente, prevé un mecanismo para un desarrollo limpio que podría permitir a los países en vías de desarrollo obtener beneficios de 100.000 millones de dólares. El estudio dirigido por Stern insinúa que los mercados de productos energéticos de baja densidad de carbono deberían representar, hasta el año 2050, un valor de por lo menos 500.000 millones de dólares anuales. Es asombroso que, todavía hoy, en cuestiones energéticas no se recurra con más frecuencia a las tecnologías económicas, sobre todo, si se tiene en cuenta que están fácilmente disponibles, que ofrecen la ventaja de ser menos contaminantes, de producir menos gases de efecto invernadero y más electricidad, y que tienen un mejor rendimiento. Un nivel bajo de emisiones no es necesariamente sinónimo de bajo crecimiento y no impide en modo alguno el desarrollo económico de un país.

Los esfuerzos dirigidos a prevenir las emisiones futuras no deben ocultar la necesidad de adaptarse al cambio climático si se tienen en cuenta las inmensas cantidades de carbono acumuladas hasta hoy. Los países más pobres del planeta, muchos de ellos en África, son los que se sienten más impotentes ante esta carga, de la que, por otra parte, no son responsables, y precisarán la ayuda internacional para evitar los obstáculos añadidos a lo largo del camino hacia la consecución de los objetivos de desarrollo del milenio.

Tiempo de introducir un cambio de ruta. No debemos temer al electorado ni subestimar su voluntad de comprometerse con inversiones de gran alcance y cambios a largo plazo. Los pueblos aspiran a hacer lo necesario para contrarrestar la amenaza y seguir un modelo de desarrollo más sano y seguro.

Un número creciente de empresas intenta ir más allá y sólo espera una señal tranquilizadora para hacerlo. Los participantes en la conferencia de Nairobi pueden y deben seguir esta tendencia general. Deben transmitir un mensaje claro y creíble que indique que los responsables políticos de todo el mundo se interesan seriamente por la cuestión del cambio climático. No se trata de saber si los efectos de este cambio se producen, sino más bien si nosotros estamos en condiciones de cambiar rápidamente ante la urgencia de la situación.