¿Debemos temer a Irán?

Por Semhi Vaner, director de investigación en el Centro de Estudios e Investigaciones Internacionales (París) y director de Cahiers d´Études sur la Méditerranée Orientale et le Monde Turco-Iranien (Cemoti). Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 29/09/06):

Al parecer, Irán da miedo. El miedo, pésimo consejero, pertenece a lo irracional. Es capaz, hay que tener cuidado, de revelar sin reconfortar nuestras fantasías, así como nuestras convicciones, nuestras elecciones ideológicas y políticas.

En el origen de ese miedo se encuentran seguramente tres razones: la naturaleza del régimen iraní, que tenemos tendencia a calificar en el mejor de los casos de teocrático o, en el peor, de los mulás;la consecución probable por parte de Teherán del arma nuclear; su contestación de los intereses occidentales en la región, sobre todo estadounidenses, y del orden regional, lo cual se manifiesta a menudo en términos de antisionismo e incluso, en ciertos dirigentes, de antisemitismo.

El drama político de Irán es que no existen fuerzas políticas democratizadoras poderosas ni bien organizadas.

Su salida del cuarto de siglo de autoritarismo clerical con que continuó otro tipo de autoritarismo es incierta. El clero constituye, a pesar de todo, la fuerza política con mayor base ideológica, financiera y, en resumidas cuentas, social en ese país que carece de una auténtica tradición pluralista y competitiva. Sin querer remitirlo todo al ámbito cultural, es probable que su tendencia al aislacionismo tenga relación con el chiísmo, tendencia minoritaria en el islam imperante y rebelde también en otras partes de Oriente Medio, sobre todo en Líbano y Siria. Es muy posible que las divisiones entre el clero determinen con una lentitud extrema y de forma laboriosa la política que se hace sobre todo en la calle. La ideología del régimen hace que Teherán suministre de forma más o menos abierta o más o menos secreta su apoyo a los palestinos y los sirios.

La vía china,además de que aleja la democratización del régimen – y por consiguiente se contradice con la retórica de la democracia-, es muy improbable: pide unas inversiones económicas y financieras que se toparían con el antioccidentalismo de los conservadores que dominan el régimen y que ven los estadounidenses como unos intrusos en la región, cosa que en efecto son. No resulta casual que Teherán haya acudido para sus grandes contratos a Japón, considerado de manera más o menos implícita, como un modelo que seguir al haber conseguido una síntesis entre la tradición, el respeto de la cultura y el desarrollo económico.

No lo habríamos dicho todo calificando – por otra parte, de manera impropia- el régimen islámico de fanático,e incluso posislámico.¿No es el régimen instalado en Teherán desde 1979 la revancha de grandes sectores de la sociedad largo tiempo despreciados, cuando no objeto ellos mismos de la violencia? Volviendo a la situación actual, el sistema parlamentario de la república islámica, a pesar de los acontecimientos recientes, tal como funciona en la actualidad, reflejo ante todo del juego de las facciones clericales rivales, no autoriza de momento una transición política de tipo democrático. Por otra parte, nos equivocaríamos al olvidar que Irán es una de las sociedades musulmanas, junto con Turquía y Marruecos, más profundamente atravesadas por la idea democrática.

En cuanto al tema nuclear, ya se trate de Estados Unidos, Corea del Norte, Pakistán o Israel, nunca es demasiado tranquilizador ver a un Estado en posesión de esa espantosa arma, ni tampoco del resto de las armas llamadas convencionales y cada vez más devastadoras. No está nunca del todo asegurado que tal o cual Estado vaya a utilizarla, siempre y sin error, en favor de la humanidad, por la libertad o la razón, ni que tal otro vaya a hacerlo en favor del mal, la destrucción y la sinrazón. Las fronteras entre esos conceptos son a veces difusas, discutibles. Es cierto que, en este caso, la política simplista y maniquea, sin duda torpe, de los dirigentes iraníes es de una naturaleza susceptible de inspirar algunas inquietudes.

El antioccidentalismo del régimen iraní actual se juzga a menudo con el baremo de su actitud ante Israel, que en seguida es relacionado con el antisemitismo. Sin embargo, este último no ha evolucionado en el mismo contexto que el occidental: a diferencia de Alemania, Polonia, Francia, las sociedades musulmanas, Irán, Marruecos y menos aún Turquía, no conocen el antisemitismo. Son, ante todo, herederas de imperios, que se han apoyado ciertamente en la religión pero no sólo en ella, que han puesto en práctica ya sea la laicidad autoritaria o la laicidad del permiso, y se han mostrado mucho tiempo ajenas al modelo del Estado nación de factura europea, de importación felizmente tardía. Irán sigue siendo hoy reacio a la etnización de su política; en este sentido, es posible hacer una lectura de la revolución de 1979 en la que la cohesión nacional (los persas son minoría en el país) se logra con el discurso de integración en torno al islam.

Si el régimen iraní se encuentra hoy tan solo, a ello no es ajena la política estadounidense en la región. ¿Cómo pedir a los iraníes que olviden el episodio de Mossadeq en 1951, un momento que habría podido ser decisivo en la vida democrática del Irán del siglo XX, y la reacción brutal de la CIA, que vio en la nacionalización del petróleo una amenaza para los intereses estadounidenses? ¿Cómo explicar la conciliadora actitud estadounidense ante Riad, cuya política se adecua infinitamente más a los preceptos de la religión que la de Teherán? Cuidémonos de contribuir aún más a su aislamiento y demonización. La única política razonable por parte de los europeos, antes de que sea demasiado tarde, es hacer cuanto sea posible sin ceder en lo referente a los valores de la democracia y los derechos humanos, mantener el diálogo con ese país de historia y cultura milenarias, y ayudarlo cueste lo que cueste en su integración regional e incluso internacional.