¿Democracia en Oriente Próximo?

Por Marwan Bishara, profesor de la Universidad Norteamericana de París y autor de ´Palestine/ Israel: peace or apartheid´ (Zed Press) Traducción: Robert Falcó Miramontes (LA VANGUARDIA, 01/09/06):

Yandamos otra vez a vueltas con lo mismo. En la rueda de prensa que dio la semana pasada, el presidente Bush ha vuelto a vendernos la causa de la democracia como justificación de la horrible violencia que azota Iraq y Líbano. Como presidente de la guerra,intenta minimizar la situación de caos y extremismo que padece una región hambrienta de estabilidad estratégica, moderación política y modernización económica, las tres cunas de la democracia.

La operación Democracia en Oriente Próximo está resultando ser una guerra larga que pretende fomentar los intereses imperiales. Se trata de una fusión de poder duro y blando, que aboga por las guerras preventivas e intervencionistas (incluyendo la reciente guerra israelí en Líbano) y el chantaje diplomático.

Los árabes creen que Washington está explotando la causa de la democracia como un ardid para expandir las intervenciones militares estadounidenses (e israelíes) en la gran región de Oriente Próximo. La pretenciosa guerra de Washington contra la tiranía proporciona a sus guerras un objetivo más importante, que mejora su prestigio en casa y sube la moral de sus tropas en el extranjero. La expansión de la democracia se convirtió en una de las prioridades de la agenda del Gobierno de Estados Unidos cuando se demostró que las justificaciones alegadas para iniciar la guerra de Iraq – las armas de destrucción masiva y la relación con Al Qaeda- eran erróneas.

No es de extrañar que la mayoría del pueblo estadounidense, como la mayoría del árabe, establezca una distinción entre la guerra en Iraq y la guerra contra el terrorismo, a pesar de que la Casa Blanca afirme lo contrario.

Resulta paradójico que los mismos demócratas y reformistas a los que el Gobierno del presidente Bush afirma defender hayan mostrado una actitud más crítica contra sus ansias de aventuras militares. El año pasado, un grupo de intelectuales dignos de todo crédito afirmó en un informe del PNUD (el tercero de una serie sobre el desarrollo del mundo árabe) que las guerras y la ocupación de Estados Unidos e Israel impedían el progreso y el establecimiento de la democracia en la región árabe.

Los regímenes árabes son los principales culpables de la falta de avances en las libertades políticas de la región, según el informe del PNUD. Sin embargo, a pesar de sus promesas de que iba a cambiar la política de Washington de la guerra fría (que consistía en entablar amistad con tiranos y regímenes autoritarios a cambio de petróleo barato, de la firma de provechosos acuerdos de ventas de armas y de apoyo estratégico), el Gobierno del presidente Bush depende aún más de la ayuda de estos dictadores en la guerra contra el terrorismo, lo que supone una mayor, y no inferior, opresión de todos estos pueblos.

Los sermones del presidente Bush sobre la democracia cada vez suenan más a cruzada imperial que a discurso moral. Su neoconservadurismo, al igual que el comunismo, el fascismo y otros -ismos,se está revelando como un tipo de mesianismo político que es más ideológico y menos universal en su significado y puesta en práctica. “Bush el Salvador”, afirmó un importante analista árabe famoso por sus opiniones liberales, se considera “un nuevo profeta” que corregirá los errores cometidos contra la creación de Dios. La corriente de opinión neoconservador, según la cual el totalitarismo es la causa primordial del terrorismo, ha perjudicado a los regímenes nacionalistas árabes y ha proporcionado munición a los grupos yihadistas. Al extender su influencia geodemocrática a Irán y Siria, el Gobierno Bush dará al traste con toda esperanza de estabilidad a largo plazo.

Por este motivo, si insiste en seguir adelante por este peligroso camino, la expansión militar estadounidense socavará la influencia política de Washington en los dirigentes moderados que deben hacer frente a un descontento en alza en sus propios países. Todas estas décadas de intervencionismo han aumentado la polarización entre los regímenes serviles y los partidos islamistas radicalizados, lo que ha beneficiado a estos últimos, y también han debilitado a todos aquellos grupos moderados y democráticos. En los últimos años, las reformas legislativas liberales emprendidas por países como Marruecos, Egipto y Kuwait han sido objeto de la oposición de grupos islamistas conservadores que poseen un gran número de seguidores. Si hoy en día se celebraran elecciones democráticas libres en países como Egipto, Siria, Arabia Saudí, Libia o Túnez, lo más probable es que el resultado fuera muy parecido a las celebradas en el 2005 en Palestina o, peor aún, a las de 1991 de Argelia, en las que el Frente Popular obtuvo la victoria y abrió el camino hacia una guerra civil que se ha cobrado decenas de miles de víctimas hasta el momento.

¿Significa esto que la democracia está condenada al fracaso en Oriente Próximo? Al contrario. La región árabe está más preparada que nunca para emprender una transformación y reforma política. Sin embargo, debe pasar por tres tipos de transformaciones para que los sistemas democráticos y las sociedades libres puedan asentarse.

En primer lugar, debe fomentar la modernización económica que permita el nacimiento de una clase media fuerte capaz de cultivar y defender la democracia y el libre mercado. Tanto Estados Unidos como Europa podrían ayudar mediante la creación de unas condiciones comerciales favorables y su renuncia a seguir siendo los banqueros de los dirigentes corruptos y de los monopolios estatales abusivos.

Estados Unidos acostumbra a olvidar que la democracia liberal es un invento de las clases medias industrializadas, que desempeñaron un papel fundamental en la mejora y expansión de los valores universales que se han ido perfeccionando durante los dos últimos siglos.

En segundo lugar, los árabes necesitan una reforma política. Para construir instituciones democráticas, otorgar poderes a la sociedad civil y mantener una judicatura independiente se requiere estabilidad y soberanía legítima ahí donde la autodeterminación colectiva se traduce en autodeterminación libre individual.

En último lugar, aunque no por ello menos importante, hay que llevar a cabo una reforma religiosa sin que exista una influencia extranjera coercitiva para destacar la interpretación humanista del islam, en lugar de la punitiva, utilizada por los islamistas conservadores.

Desde que en el siglo VII el califa Omar Ibn al Jatab advirtió que nadie tenía derecho a esclavizar a nadie después de que su madre lo hubiera dado a luz libre, los musulmanes se han mostrado muy divididos en lo referente a las libertades, y los reformistas han perdido fuerza después de cada intervención extranjera.

Los árabes, y sobre todo los demócratas, nunca se tomarán en serio el compromiso estadounidense con la reforma democrática (planteado como el gran reto del siglo XXI), mientras su política exterior siga siendo tiránica. Estados Unidos y Occidente tienen que desempeñar un papel constructivo y llevar a cabo una mediación pacífica para lograr establecer la democracia y fomentar el desarrollo de la región. Además, se les puede oír mejor cuando los cañones callan.