¿El fin de Bolivia?

Por Michael Radu, miembro permanente y co-presidente del Centro de Terrorismo y Contraterrorismo del Foreign Policy Research Institute de Filadelfia (GEES, 18/01/06):

Si el fascismo se define simplemente como estatismo más racismo y odio a la democracia, el 18 de diciembre atestiguaba su llegada al poder en Bolivia, el país más pobre de Latinoamérica, así como el más disfuncional e inestable. Desde que lograra la independencia en 1825, Bolivia ha tenido 189 golpes de estado militares oficiales (uno cada once meses, de media), y desde el 2000, ha tenido cinco presidentes, dos de los cuales fueron elegidos democráticamente y expulsados del cargo por tumultos radicales liderados por Evo Morales, que el 18 de diciembre lograba una ajustada mayoría en las elecciones presidenciales. Tanto ruido con la sed de democracia de los bolivianos para esto.

A juzgar por el comportamiento de su electorado, Bolivia, que tiene una población de 9 millones, parece interesada en continuar siendo el país más pobre de Sudamérica. El país es tanto el principal productor de cocaína, como el perdedor de todas sus guerras contra sus cinco vecinos (la mayoría de las cuales comenzó él). En muchos sentidos es el agujero negro de Sudamérica, que es precisamente lo que le hace estratégicamente importante y lo que explica que Ernesto “Ché” Guevara la eligiera como trampolín de la revolución comunista de todo el continente. Aparte de la cocaína, el principal y único recurso natural de Bolivia es el gas natural de las regiones inferiores de Santa Cruz, Beni y Tarija.

Demográficamente, Bolivia se divide ajustadamente en un 55% de indios (aimarás y quechúas) de las tierras altas, entorno a la capital de La Paz, y el 45% mestizo o blanco, en las poblaciones de las tierras bajas centradas en Santa Cruz. Así, el gas, una agricultura relativamente avanzada y la destreza en la gestión, los tres se encuentran en las áreas no indias, mientras que los tumultos, la agitación política y, en cierta medida, el peso, se encuentran en la región de mayoría india, incluida la capital.

Por lo tanto, el 18 de diciembre escoraba a los particulares de los dos polos de la demografía, la cultura política y la raza de Bolivia. Jorge Quiroga, de 45 años, que sirvió como presidente entre el 2000-02 tras la dimisión del terminalmente enfermo Hugo Banzer (de quien fue vicepresidente), se formó como ingeniero industrial en la Universidad A&M de Texas, trabajó para IBM, se casó con una americana y escaló el Everest. Encabeza el Partido Poder Democrático y Social – Podemos, y defiende el libre mercado, el libre comercio y el control de la coca, así como la cooperación con Estados Unidos.

Evo Morales, un indio aimará de 46 años, no terminó la educación secundaria. Lidera a los cultivadores de coca de la región de Chapare, fue expulsado del Congreso en el 2002 por acusaciones de terrorismo vinculado a la violencia contra los esfuerzos por erradicar la coca financiados por Estados Unidos, y fue el segundo candidato de las elecciones presidenciales del 2002. Su Partido Movimiento hacia el Socialismo (MAS) y él son admiradores abiertos de, y se benefician de la fortuna de, el Hugo Chávez de Venezuela. Idolatra al Che Guevara, la legalización de la coca y la nacionalización de los campos del petróleo y de los activos de las compañías. Se describe sobre todo como “la pesadilla” de Washington.

Pero esto no es solamente un caso de un país que esté polarizado entre dos enfoques ideológicos opuestos y dos líderes muy distintos, dejando simplemente que la gente decida. Al igual que su mentor Chávez, autor de dos golpes fracasados contra dos gobiernos electos en Venezuela, la idea de democracia de Morales es “Si, gano, bien; si no, ‘el pueblo’ me llevará al poder de todos modos” – como quedó plasmado por su implicación directa en el derrocamiento de dos presidentes constitucionales en los últimos tres años por acciones de tumultos. La elección de Morales convertirá lo que queda de democracia boliviana en una charada. También revivirá un preocupante recuerdo del Chile de 1970, cuando Salvador Allende fue elegido con un tercio de los votos, pero se interpretó como un permiso para la revolución – que es precisamente lo que hace Morales.

Un problema, que forzará una reacción por parte de los vecinos de Bolivia, es que las regiones no indias, productivas y en realidad progresistas – principalmente Santa Cruz y Tarija – no están preparadas para tolerar la destrucción de sus vidas por un régimen indio socialista y racista en La Paz, y así bien pueden estar preparadas para separarse – pacíficamente o no – si Morales sale elegido e implementa su programa.

Los vecinos bolivianos de Brasil y Argentina tienen, los dos, enormes intereses en el gas de Tarija, que es explotado, extraído y utilizado en gran medida por sus propias compañías estatales, a las que Morales ha amenazado con nacionalizar (confiscar sus activos en la práctica, omitiendo los contratos). Hasta la fecha, Brasilia y Buenos Aires, o se han quedado callados, o, como afirmaba el Presidente Lula de Brasil, ven algo grande en que un indio sea candidato boliviano. Perú, donde un clon de Morales, Ollanta Humala, se presenta en una plataforma similar de racismo indio y “socialismo”, y que posee un historial similar de violencia contra el sistema democrático, es actualmente segundo en las encuestas de las elecciones presidenciales del año que viene. Al igual que en Chile, enemigo mortal de Morales y virtualmente de todos los bolivianos, Morales impulsa una política agresivamente revisionista, con el visto bueno explícito de Hugo Chávez, en busca de “recuperar” el acceso al mar perdido en 1885. Un nuevo conflicto militar con Chile, que Bolivia perderá sin duda, es por tanto altamente probable.

Y después está Washington. La destrucción de la democracia en Bolivia por parte de Morales ha sido tolerada durante años por la administración Bush. De ahí la ausencia de cualquier reacción seria cuando los tumultos liderados por Morales derrocaron a los presidentes constitucionales González de Losada y Carlos Mesa, incluso a pesar de que la promesa de Morales de legalización de la coca se mofa de los esfuerzos de América de décadas de antigüedad por controlar y limitar la producción de coca en Sudamérica. Morales reclama un derecho histórico a cultivar la coca porque los Incas lo hacían – excepto que los Incas controlaban la producción. En Bolivia, nunca se cultivó en la región de Chapare – fue un avance de los años 80, lejos de ser “tradicional”, encabezado por los sucedáneos de Morales y abiertamente encaminado a amasar dinero de la cocaína, no de que los indios mastiquen hojas. Llamativamente, en 1980, cuando una junta militar bajo García Mesa se enriquecía del tráfico de drogas, fue etiquetada “fascista”, pero ahora que Morales proclama abiertamente su intención de hacer lo mismo básicamente, lo llama “progresista” y “tradicional”. De manera natural, afirma Morales al igual que hace la mayor parte de la izquierda de Latinoamérica, esa coca es cultura andina “tradicional”, por lo tanto producirla es “un derecho” de los indios. Eso es totalmente falso – la aplastante mayoría de la coca se produce hoy en áreas (Chapare en Bolivia, Alto Huallaga en Perú) donde históricamente nunca se ha producido antes, y cuyo único motivo es el dinero de la cocaína. El cultivo tradicional de la coca es en el resto, a cualquier ritmo, más que suficiente para su uso local y tradicional (y útil en realidad). Lo que Evo Morales y sus sicarios reclaman es el derecho a traficar con cocaína bajo una máscara “indígena”.

Al tratar con la disfuncional cultura política de Bolivia, Washington se ha quedado atrás hace mucho, bien por discreción o por una errada confianza en que los vecinos de Bolivia actúan en su propio interés. Puede no ser demasiado tarde si Estados Unidos toma algunas decisiones claras y simples. Para empezar, no más ayuda, en cualquier forma que sea, para el régimen de Evo Morales; en segundo lugar, insistencia en que La Paz respete las normas internacionales referentes a la propiedad, en representación de las compañías brasileñas, argentinas y europeas amenazadas; en tercer lugar extender sanciones contra Bolivia – incluyendo la retirada del reconocimiento diplomático, prohibiciones de viajes de funcionarios, hasta procesos en tribunales norteamericanos – si el cultivo de la coca es legalizado; y cuarto, apoyo diplomático, económico, político y demás a cualquiera de los vecinos de Bolivia que sean amenazados por el régimen de Morales. Si esto lleva al final de Bolivia como la conocemos, que sea así. Esconderse detrás del respeto a “la democracia” cuando se afronta la elección delicada bajo amenaza de guerra civil por parte de un individuo abiertamente antidemocrático es un insulto a la democracia.