¿Es Irán el próximo?

Por Joschka Fischer, ex ministro de Asuntos Exteriores y ex vicecanciller de Alemania, es profesor invitado en la Woodrow Wilson School de Princeton University. Traducción de News Clips. (c) Project Syndicate / Institute for Human Sciences, 2007 (EL PAÍS, 03/02/07):

¿Puede la política aprender de la historia? ¿O está sometida a la compulsión fatal de repetir los errores, a pesar de las desastrosas lecciones del pasado?

La nueva estrategia del presidente Bush para Irak vuelve a plantear este antiguo interrogante filosófico e histórico. Aparentemente, Bush se ha embarcado en una nueva estrategia política y militar para el Irak desgarrado por la guerra. Su nuevo derrotero puede resumirse en tres titulares: más tropas estadounidenses, más responsabilidad iraquí y más instrucción estadounidense para las tropas iraquíes.

Si se aplica este nuevo plan sólo a Irak, dos cosas llaman inmediatamente la atención: se han pasado por alto casi todas las propuestas del informe Baker-Hamilton, y el plan en sí -dado el caos en Irak- es bastante simplista. En vista del fracaso de todas las “nuevas estrategias” anteriores para estabilizar el país, no hay mucho que nos lleve a pensar que la “nueva estrategia” más reciente obtendrá mejores resultados, a pesar del envío de 21.000 soldados estadounidenses adicionales.

Lo interesante y realmente nuevo de la política anunciada recientemente por la Administración estadounidense es que va más allá de Irak, y aborda también Irán, Siria y los Estados del Golfo. A este respecto, se han anunciado decisiones inesperadas y realmente nuevas: se va a trasladar al golfo Pérsico otro grupo de portaaviones estadounidenses; se estacionarán misiles Patriot antiaéreos en los países del Golfo y los 21.000 soldados adicionales superan con creces lo que los generales estadounidenses habían solicitado para intentar solucionar el problema iraquí. Por tanto, uno se pregunta qué propósito tiene esta escalada militar. Casi se podría pensar que Sadam siguiera vivo y en el poder, y que hubiera que preparar una vez más su derrocamiento.

La sorpresa de la nueva estrategia de Bush es que cambia el foco de atención de la política, que ya no se sitúa en Irak sino en sus dos vecinos más cercanos. Bush acusa a Siria y a Irán de interferir en Irak, con lo que amenazan su integridad territorial y ponen en peligro a las tropas estadounidenses. Y de un modo más amplio. Bush acusa a esos dos países de pretender debilitar a los aliados de Estados Unidos en la región. Si a esto le sumamos la captura, por orden del presidente Bush, de “diplomáticos” iraníes por parte de las fuerzas estadounidenses en Erbil, una ciudad del norte de Irak, se perfila una imagen completamente distinta del plan presidencial: la “nueva estrategia” no sigue el consejo del informe Baker-Hamilton, sino que retoma la desastrosa estrategia de los neoconservadores.

Irán está ahora en la mira de la superpotencia, y el planteamiento estadounidense nos recuerda a la fase preparatoria de la guerra de Irak, hasta el último detalle.

¿Adónde nos lleva esto? Básicamente hay dos posibilidades, una positiva y una negativa. Por desgracia, el resultado positivo parece el menos probable. Si la amenaza del uso de la fuerza -una fuerza que Estados Unidos está acumulando a ojos vistas- tiene como objetivo preparar el terreno para entablar negociaciones serias con Irán, no debería haber objeciones. Si, por el contrario, representa un intento de preparar a la opinión pública estadounidense para una guerra contra Irán, y si existe una verdadera intención de lanzar dicha guerra en cuanto se presente la oportunidad, el resultado sería un desastre sin paliativos.

Por desgracia, este peligro es demasiado real. Dado que la Administración de Bush considera que el programa nuclear y las aspiraciones hegemónicas de Irán constituyen la principal amenaza para la región, su nueva estrategia se basa en una alianza antiiraní no declarada y de reciente creación con los países suníes moderados e Israel. El programa nuclear es en este caso el factor dinámico, porque establecerá un marco temporal para la acción.

Pero los bombardeos aéreos contra Irán, que a Estados Unidos le pueden parecer la solución militar, no aumentarían la seguridad en Irak, sino que conseguirían exactamente lo contrario. Tampoco se estabilizaría la región en su conjunto; por el contrario, se hundiría en el abismo. Y el sueño de “cambio de régimen” en Teherán no se haría realidad; en cambio, la oposición democrática iraní pagaría un alto precio y el régimen teocrático no haría más que fortalecerse.

Las opciones políticas para estabilizar Irak y toda la región, así como para garantizar una congelación a largo plazo del programa nuclear iraní, no se han agotado aún. El actual estado del programa nuclear iraní no exige una acción militar inmediata. Por el contrario, el esfuerzo debería centrarse en la actividad diplomática para desvincular a Siria de Irán y aislar al régimen de Teherán. Pero esto da por sentada la voluntad estadounidense de volver a la diplomacia y de hablar con todas las partes implicadas. Teherán teme el aislamiento regional e internacional. Es más, las recientes elecciones municipales en Irán han demostrado que la apuesta por la diplomacia y por la transformación de Irán desde dentro es una opción realista. ¿Por qué entonces las actuales amenazas contra ese país?

El desastre de Irak era previsible desde el principio, y los numerosos aliados y amigos de Estados Unidos lo predijeron con bastante claridad en sus advertencias a la Administración de Bush. El error que Estados Unidos podría estar a punto de cometer es igualmente predecible: una guerra que es un error no va a arreglarse por mucho que se amplíe; ésa es la lección de Vietnam, Laos y Camboya.

La estrategia del cambio de régimen por medio de la fuerza militar, una estrategia impulsada por la ideología, condujo a Estados Unidos al desastre de la guerra en Irak. Entrar en Irak y derrotar a Sadam fue fácil. Pero actualmente Estados Unidos está atascado allí y no sabe ni cómo ganar ni cómo salir. Un error no se corrige a base de repetirlo una y otra vez. La perseverancia en este caso sólo sirve para agravarlo, no para enmendarlo. Tras el lanzamiento de la nueva política estadounidense, la antigua pregunta de si la política puede aprender de la historia volverá a responderse en Oriente Próximo. Con independencia de la respuesta, las consecuencias -buenas o malas- serán de gran alcance.