¿Es solo fútbol?

Por Jesús López-Medel, escritor (EL PERIÓDICO, 01/07/08):

España, en los últimos 25 años, igual que en lo social, ha dado un inmenso salto cualitativo respecto a éxitos deportivos. Baloncesto, balonmano, waterpolo son algunas de las especialidades en las que hemos conseguido los mejores triunfos a nivel de equipo. Ello siempre acompañado de brillantes campeones individuales, donde a los genios del tenis, el golf y otros deportes no muy mayoritarios se suman especialidades de gran calado mediático como el automovilismo.
Pero nada es como el fútbol. 44 años después del gol de Marcelino, la selección ha llegado a lo más alto a nivel europeo. Era aquel un país en blanco y negro donde la relevancia deportiva (y extradeportiva) internacional era escasa y cuya victoria sobre la Unión Soviética tendría en aquellas épocas (1964) una lectura política. Desde entonces, todo fracasos y decepciones, salvo ser finalistas contra Francia, anfitriona en el campeonato de 1984.

AHORA, CON el triunfo de los Torres, Casillas, Iniesta, Xavi o Villa, hasta completar los 23 dirigidos por Aragonés, se ha producido una explosión de júbilo. Para muchos ciudadanos, ha sido el estallido de lo intentado durante tanto tiempo. Para los más jóvenes, es algo tan novedoso como excitante.
Ya previamente se fue creando un ambiente de “ahora, sí”. Pero esto no era nuevo. Cada campeonato se producía esta situación. Aunque esta vez sonaba distinto. Muy pronto, con el inicio y la clara victoria sobre Rusia, se palpaba que podía ser diferente. Es claro que hay momentos cuyo resultado puede depender de la suerte (el caso de la victoria frente a Italia en los penaltis), pero es indudable que la fortuna suele favorecer a los que son o serán campeones.
Si los últimos triunfos fueron celebrados con alegrías callejeras, el de este domingo tras la final desborda todas las previsiones. Ha trascurrido ya un día desde esa noche mágica, pero la fiesta continúa. Y ahí surge la pregunta: ¿es solo fútbol? Indudablemente, lo es, pero también representa algo más.
Lo que primero se evidencia es el sentimiento de implicación colectiva. La identificación con el equipo y la implicación de la sociedad en ese ánimo de creer que era posible. Se ha aplicado al fútbol español esa frase exitosa de Obama (Yes, we can) en la que el nosotros, como acto colectivo, se ha reafirmado como vital para conseguir una comunión más plena entre el equipo y los ciudadanos. Y esto se trasmite en doble dirección, con lo que se genera recíprocamente una confianza y una fuerza.
Otro factor es la ilusión creada. Desde el primer momento, se palpaba que había posibilidades, pero también algo más. La ilusión, la fe, la confianza, son en todas las dimensiones de la vida factores capitales que hacen superar no pocas dificultades vitales y, cuando son colectivas, tienen un efecto de contagio que lleva a vencer los obstáculos.
Un tercer elemento es el fortalecimiento de la identidad común. La utilización de la bandera por parte del franquismo hizo que en determinados ambientes y lugares ese elemento simbólico tuviese connotaciones negativas. Pero eso debería haber sido superado. Personalmente, no soy un entusiasta de los signos patrióticos, pero eso no me impide sentirme identificado con unos colores en una tela. El mismo respeto, mucho o poco, debe darse a los elementos que expresan una identidad diversa, cualquiera que sea. No puede darse y exigirse respeto a la bandera de Catalunya, Euskadi o cualquier comunidad si no se dispensa el mismo trato a la de España. Y exactamente igual a la inversa.
Es, ciertamente, España una realidad plural, acaso la más plural de todos los Estados que integran la UE. Las sensibilidades, culturas, lenguas, historia, etcétera, son tan diversas como vertebradas por elementos comunes. Depende de dónde ponga cada uno el acento. Hay quien lo hace en lo diferente para destacar casi en exclusividad lo que considera lo propio, rechazando cualquier elemento de nexo común. Otros hacen justo lo contrario. Y hay personas que trasladan incluso fobia hacia lo distinto.

ESTA EUROCOPA ha servido como expresión de que, aun habiendo cosas que nos separan en el plano ideológico o territorial, muy por encima de eso es más lo que nos une, incluso nos abraza. No es puro sentimiento patriótico de exhibición de banderas, sino algo más profundo que el simple folclore. Es el sentirnos parte de una realidad plural, sí, pero también de un proyecto común. No debería utilizarse (y no lo está siendo) como elemento antinada, sino de integración voluntaria y festiva. Y esta explosión de júbilo se ha producido en todos los lugares.
España es uno de los países que más ha avanzado en estas tres décadas a todos los niveles de prosperidad. Hoy, tras épocas largas de bonanza, padecemos como todo el planeta una etapa de crisis econó- mica y retroceso laboral. Pero en nuestro país es más intenso, al haberse basado el crecimiento en uno de los sectores en profunda recesión: la construcción. Evidentemente, el triunfo en un campeonato futbolístico no salva una situación que perjudica más a los menos favorecidos. Pero es indudable que alivia y que crea un ambiente que permite, en la distracción, disfrutar con intensidad de algo tan histórico como inolvidable. La vida está llena también de buenos recuerdos. Disfrutémoslos.