¿Et tu, Brute?

Por Nicolás Patrici, profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universitat Pompeu Fabra (LA VANGUARDIA, 25/08/08):

Shakespeare, en su obra Julio César, añade al afamado dicho de Julio “¿Et tu, Brute?” la frase “entonces cae, César”. Todo hace suponer que el mismo César era consciente de su destino. Bruto, antiguo aliado de Julio, era el último eslabón en la cadena que llevó a César a su estrepitosa caída.

Una vez caído Julio, los “conspiradores” deben justificar sus actos. Sólo mediante una justificación adecuada escaparán a los motes de traición que los partidarios de César les adjudican. Sus argumentos son claros: no se han movido por ningún interés particular, César debía caer para evitar la caída de Roma. Los argumentos de los partidarios de Julio son encendidos: ha sido la más tremenda de las traiciones.

“¿No sangró, acaso, Julio por una justa causa?”, exclama Bruto, exponiendo que la justicia y la grandeza de Roma están por encima de los intereses y las ansias de poder de los hombres. Marco Antonio, por su parte, intenta convencer al pueblo de que Bruto ha traicionado a su amigo Julio cometiendo el peor de los males.

Sólo queda la batalla entre unos y otros.

La tragedia política shakespeariana se desarrolla en un contexto de situaciones pasionales, duales y limítrofes, donde el heroísmo de quienes salvan a Roma de la misma tiranía se encuentra siempre impregnado de la sospecha de ansias de poder individual. En la tragedia política de Shakespeare lo noble se cruza siempre con lo pasional y mundano.

Ese cruce quizás pueda dar algunas pistas sobre la situación política que vive Argentina a partir del rechazo del Senado al proyecto de ley sobre retenciones fiscales a la exportación de granos. Repasemos brevemente los hechos.

El pasado 11 de marzo, el poder ejecutivo de Argentina resolvió modificar el esquema de retenciones fiscales a la exportación de granos imponiendo tasas móviles. Por un lado, la movilidad de las tasas respondía a la protección del mercado interno. Por otro lado, suponía un incentivo para evitar la sojización del país. Más, la riqueza generada garantizaría una adecuada redistribución de la riqueza. La respuesta del sector agropecuario no se hizo esperar: cortes de carretera y paros. La crisis se había iniciado.

Como casi siempre en política, el conflicto que se inició como una demanda particular de un sector desató una crisis general. Las pasiones políticas se desataron incontroladas en Argentina. El matrimonio presidencial puso a todo o nada el conflicto.

Finalmente, el poder ejecutivo decidió enviar al Parlamento la afamada resolución para su ratificación. Esto no alivió la tensión. El mismo Néstor Kirchner salió una y otra vez a la calle con el objetivo de ganar una batalla cuya victoria era, necesariamente, su propia derrota. El oficialismo esperaba que su maquinaria – construida sobre la devolución de favores políticos- funcionara a la perfección: disponía de la mayoría absoluta en las dos cámaras.

Sin embargo, no tardaron en aparecer voces disidentes dentro y fuera del espectro del bloque oficialista. Esa temeraria manera de concentrar y ejercer el poder que mostraron ambos Kirchner despertó los temores de quienes hasta entonces habían sido aliados incondicionales.

En la Cámara de Diputados el oficialismo obtuvo la aprobación. Pero a un costo demasiado alto. Sólo un puñado de votos de diferencia. El precio de la victoria era ya demasiado elevado.

El proyecto pasó al Senado. Pese a que en Argentina históricamente el federalismo se ha maltratado, el argumento federal frente al avance del poder central estaba del lado de los senadores opositores y díscolos. Los senadores, escudándose en los intereses de sus provincias y en la independencia de los poderes, lograron desmarcarse del reclamo de lealtad que exigía la delegación de facultades del poder legislativo al poder ejecutivo. El resultado de la votación en el Senado fue un empate. La decisión recaía sobre el vicepresidente de la República y presidente del Senado, Julio Cobos.

Aliado circunstancial de los Kirchner, Cobos ya se había manifestado en contra de la decisión de su compañera de fórmula. Finalmente, Cobos se inclinó por bajarle el pulgar al proyecto oficial poniéndole fin a la embestida del poder ejecutivo. “¿Et tu, Brute?”, parecía oírse en las bambalinas del Senado de la nación.

Lo que sigue es, lógicamente, la acusación de traición a todos aquellos que frenaron las ambiciones del Ejecutivo. Sobre todo a aquellos aliados que perpetraron la caída de las aspiraciones de los Kirchner. Estos tendrán que defenderse racionalmente. Aquellos los atacarán, como Marco Antonio, pasionalmente. La nobleza o el egoísmo político de los que votaron en contra y, en particular, de aquel que asestó la puñalada final quizás nunca se sepan.

Lo cierto es que quizás no importe. Los hombres están constituidos por una mezcla de pasiones. Lo cierto es que en política, el heroísmo y la villanía suelen convivir. No hay espacio para morales absolutas y angelicales. Quizás, esta vez no haya que contestar a la frase “¿Et tu, Brute?” con apelaciones a la justicia y a la nobleza. Tal vez haya que, simplemente, asumir aquella menos pretenciosa frase de John Adams: “Pesos y contrapesos, Jefferson, son nuestra única salvación”.