¿Felicidades: nos ha nacido el Salvador!

Por Ricardo Blázquez (EL CORREO DIGITAL, 26/10/07):

La fiesta de Navidad marca con mayor o menor hondura la vida personal, familiar y social. Es una oportunidad para felicitarnos y desearnos la paz, la alegría y un futuro mejor. Estas efemérides, que nos evocan experiencias inolvidables, pueden ser también la ocasión para sentir particularmente la ausencia de seres queridos, o la soledad y el desamparo en que las personas a veces se encuentran en la vida, o las heridas que dolorosos acontecimientos han abierto en el cuerpo y en el alma.

Yo deseo a todos, porque el Señor nace para todos, la alegría que el ángel anunció a los pastores que cuidaban su rebaño en el entorno de Belén: «No temáis, os traigo la buena noticia, os ha nacido el Salvador» (cf. Lc 2, 10-11). El centro de Navidad es el nacimiento del Salvador de los hombres, del Hijo de Dios hecho carne que se manifiesta en la debilidad de un niño indefenso. «Dios se ha hecho pequeño para que nosotros pudiéramos comprenderlo, acogerlo y amarlo» (Benedicto XVI). La puerta para acceder al lugar donde, según la tradición, nació Jesús sólo pueden cruzarla los niños y los adultos que se inclinan profundamente. Jesús es el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre. Él es el icono y la imagen del Dios invisible. Sus palabras, sus obras y su persona son el camino para hallar la verdad que conduce a la vida. Siguiendo sus pasos, no nos perderemos en medio de las oscuridades del mundo; a su lado aprenderemos a «llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa» (Tito 2, 12). La fiesta de Navidad a partir del foco que es el Niño recostado en un pesebre ha irradiado su luz en manifestaciones numerosas de la piedad popular, de la vida social, del folclore, de la cultura. Aunque no se relacionen siempre con claridad las ondas emitidas con el centro emisor, es bueno que amemos nuestras tradiciones y cultivemos nuestras raíces; son transmisoras de nobles sentimientos de humanidad, de solidaridad, de generosidad. Quizá un día puedan ser cauce que guíen al encuentro vivo con el Niño de Belén, con el Redentor del mundo.

La fiesta de Navidad crea el ambiente para reflexionar sobre las realidades que constituyen la urdimbre de la vida. Navidad es ante todo una celebración de la dignidad del hombre, de todo hombre y mujer. Podemos decir que el mismo Dios pronuncia sobre cada niño dormido en su cuna estas palabras que lo rodean de una protección inviolable: ‘Tú eres mi hijo’. En el nacimiento de Jesús fue anunciada la paz a los hombres en la Tierra (cf. Lc 2, 14); esta paz que continúa siendo una aspiración profunda entre nosotros y un grito en algunos lugares de la Tierra. El hecho de que Jesús naciera como un pobre ha despertado siempre entre sus discípulos sentimientos de sencillez y un movimiento amplio de solidaridad con los necesitados. Navidad es también enaltecimiento de la familia, ya que el Hijo de Dios nació, se crió y fue educado en el seno de la familia de José y María. Fijándonos en José y María que esperan de un día para otro a Jesús, podemos ver también a tantas familias que con ilusión, y a la vez con inquietud, aguardan al hijo; a parejas que viven lejos de su patria, en tierra de emigración, sin hogar ni seguridades. La fiesta de la Sagrada Familia, que este año será celebrada en Madrid con un encuentro eclesial extraordinario, nos pide que abramos el corazón y nos acerquemos a esas familias para acompañarlas, para aportarles el servicio inestimable del amor y de la esperanza. Establezcamos una especie de vaivén entre nuestras familias y la Familia de Nazaret.

Conectando con Navidad, fiesta de la vida y fiesta de la familia, quiero hacerme eco de dos realidades, que han adquirido las dimensiones de fenómenos socialmente preocupantes. No quiero ser aguafiestas pero, contando con la bondad de todos que en estos días es más patente, cumplo una exigencia implicada en el ministerio episcopal. Si la familia es un pilar básico de la sociedad, su quiebra nos llena de inquietud de cara al futuro; y en las últimas semanas hemos recibido con estupor noticias estremecedoras sobre el aborto. Todos conocemos las estadísticas; pero para percibir mejor su elocuencia veamos en ellas personas concretas, a veces familiares, amigos y conocidos.

Las noticias en torno a las clínicas abortistas de Barcelona y Madrid nos han llenado de tristeza y de indignación. Hemos conocido la realidad de niños literalmente destrozados para sacarlos del seno materno y posteriormente triturados para eliminarlos sin levantar sospechas ni dejar huellas. ¿Cuánto nos cuesta mirar de frente esta realidad macabra y hasta llamar a las cosas por su nombre! La interrupción voluntaria del embarazo es un eufemismo encubridor de una acción horrible y nefanda. El aborto procurado es la eliminación deliberada y directa de un ser humano en la fase inicial de su existencia; a un inocente se le corta intencionadamente el hilo de la vida. Las preguntas inquietantes en torno a esta gravísima realidad, que alcanza ya en España cerca de cien mil cada año, son múltiples. ¿No es la aceptación del aborto en la mentalidad, en las costumbres y en la legislación una señal evidente de una peligrosa crisis moral? ¿Cómo es posible que el paradigma del amor de Dios a los hombres, a saber, el amor de la madre que no olvida al hijo de sus entrañas (cf. Is 49,15, Sal 27,10), se haya degradado hasta convertir el aborto en un pretendido derecho de la mujer a su cuerpo para disponer según su arbitrio del hijo que está gestando? ¿Por qué ante la tentación de la mujer y del hombre de eliminar a su hijo, que ya está recorriendo el camino de la vida, en esa coyuntura crucial, no buscan para él una casa de acogida o un lugar de adopción? Deseo en este punto manifestar la gratitud a las personas y organizaciones que han creado ámbitos donde la madre pueda culminar su embarazo y el hijo sea acogido. ¿Cómo es posible que se convierta en negocio económico el sufrimiento de la mujer embarazada y la vida del niño en gestación? ¿Quién acompaña a la mujer, que decidió interrumpir el embarazo, y después lleva años y años a su hijo perdido como un peso sobre su conciencia? La fiesta de la Navidad debe ser un aldabonazo a nuestro sentido moral para respetar la vida de todo ser humano en cualquier estadio del itinerario de la existencia y en cualquier condición y situación en que se encuentre. Todos los hombres y mujeres de buena voluntad están llamados a cuidar la vida del niño, todavía no nacido, del enfermo incurable, del anciano decrépito, de la persona discapacitada física y mentalmente, de los que se excluyen a sí mismos o son relegados a la miseria. La calidad de la vida se mide no tanto por su vigor cuanto por la dignidad de la persona viviente. «Tú eres mi hijo», dice Dios al ser humano en gestación, al niño cuyo único lenguaje es la sonrisa y el llanto, al anciano totalmente desvalido.

Pasemos a otra cuestión. No es buen síntoma que en los países de Europa, particularmente en el oeste europeo en que estamos situados, se haya podido detectar una fragilidad creciente de la estabilidad y de la fidelidad de los matrimonios y una aceptación y multiplicación del divorcio como si fuera una fatalidad a la que deberíamos resignarnos porque sería imposible cambiar el curso de los acontecimientos. ¿No tocamos aquí otra realidad preocupante de nuestro tiempo y de nuestra sociedad?

Con la ley llamada del ‘divorcio exprés’ la proporción de matrimonios que han llegado a la ruptura a través de la separación temporal y a través del divorcio se ha invertido drásticamente en un par de años; el tiempo para una posible reflexión antes de pasar al divorcio se está eliminando. A los pocos meses de contraído el matrimonio, sin aducir motivos y a instancias de una sola parte, se puede obtener el divorcio. Sin excluir otros factores socioculturales, podemos decir que esta ley ha inferido un terrible golpe a la sensibilidad del matrimonio. En lugar de actuar favoreciendo el bien que es la permanencia matrimonial, ha facilitado la tendencia a la inestabilidad. No podemos señalar a nadie, ya que únicamente Dios conoce el corazón de las personas, pero es razonable que la sociedad haga un alto en el camino para reflexionar honradamente sobre la marcha de las cosas. Es preocupante el altísimo porcentaje de matrimonios que se rompen y la proporción creciente; si no cambia el signo, en poco tiempo de dos matrimonios contraídos uno fracasará.

Cuando un matrimonio se rompe comporta mucho sufrimiento en primer lugar para los esposos, y por supuesto para los hijos, y también para las familias de los dos, para la sociedad y para la Iglesia. ¿No es el amor de los padres unidos el mejor regalo que pueden ofrecer a sus hijos? Merece la pena hacer todos los esfuerzos posibles para superar los obstáculos y las crisis que pueden venir en la vida matrimonial y familiar. El amor dura y se acrisola en las pruebas: el consorte debe ser aceptado en su diferencia, sin pretender convertirlo a nuestra imagen y semejanza. Los matrimonios que perduran no es porque no hayan atravesado dificultades, sino porque las han superado; cuando pasa la crisis, la satisfacción compartida acrecienta la calidad del amor matrimonial. El sufrimiento es una puerta por donde se entra en el santuario de la sabiduría, la humildad y el amor. Es señal de sensatez vigilar las ‘escapadas’ del corazón y cuidar como un tesoro, que no se debe malgastar, el amor a la persona con quien en íntima unión se comparte la vida. Los cristianos, discípulos de Jesús crucificado y resucitado, sabemos que la cruz es el camino de la renovación y de la luz: con la fuerza del amor escondido en la cruz de Jesucristo se puede alcanzar la reconciliación.

Felicito a todos cordialmente la Navidad, es decir, os deseo desde el misterio del nacimiento del Salvador el gozo y la paz. Quiero que mi saludo llegue a todos y a todas; a las familias, a los niños y ancianos, a los enfermos en sus casas o en los hospitales y clínicas. ¿Feliz Navidad! Zorionak! ¿Que María nos muestre a Jesús el fruto bendito de su vientre! «De tu mano, Madre, hallamos a Dios».