¿Freno al empuje femenino?

Por Fred Halliday, profesor de la London School of Economics; profesor visitante del Cidob, Barcelona. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 28/04/06):

En 1981, el renombrado historiador marxista y cronista de las luchas de la clase trabajadora en todo el mundo Eric Hobsbawm publicó un breve estudio sobre la situación del movimiento socialista, en el que auguraba el declive de una política cimentada en la clase trabajadora en el mundo. Cabe plantear la misma pregunta en relación con otro gran objetivo de emancipación contemporánea, heredado al igual que el socialismo de la Revolución Francesa y sus resultados posteriores, esto es, la emancipación de las mujeres. Existen algunas diferencias importantes entre ambas realidades, diferencias que redundan en beneficio de las mujeres y que son susceptibles de respaldar y propiciar algunas mejoras de la situación de la mujer patentes en los últimos decenios, en particular los progresos en el ámbito de la ciencia, sin olvidar ciertas semejanzas con el movimiento obrero.

Numerosos factores del mundo contemporáneo contrarían, sin embargo, tal conclusión, de manera que es menester tenerlos en cuenta al trazar un panorama. En la política, las mujeres han destacado en una serie de países, como atestiguan los recientes resultados electorales obtenidos por la presidenta Michelle Bachelet en Chile y la primera jefa de Estado en África, la presidenta liberiana Ellen Johnson-Sirleaf. Cuando Bachelet, ex presa política bajo el régimen de Pinochet -ella misma fue torturada y su padre murió en prisión-, accedió al poder, la muchedumbre se echó a la calle en Santiago gritando: “¡Ya van a ver, van a ver, cuando las mujeres tengan el poder!”. En Europa suele aceptarse comúnmente la necesidad de cuotas femeninas en listas electorales y cargos ministeriales: en el Gobierno español socialista en el poder desde el 2004, la mitad de los ministerios se hallan en manos de mujeres; en Alemania y Escandinavia suelen respetarse generalmente las cuotas; en Francia, donde no es así, todos los principales partidos se han visto sancionados por no cumplir las normas legales al respecto. En Italia, incluso Berlusconi accedió a respetar el principio de un 30% de mujeres en el Gobierno. Mientras Alemania tiene a su primera canciller en el Gobierno, Angela Merkel, en Finlandia, donde una mujer ha sido reelegida presidenta, se pregunta a los alumnos de las escuelas si un hombre puede optar a la jefatura del Estado… El impacto de tres decenios de compromiso feminista con la política y con las leyes es evidente si se observa cierto número de cambios específicos e importantes acaecidos en la política en todo el mundo. Cabe mencionar en este punto cuatro de ellos. En primer lugar, como consecuencia del esfuerzo de abogadas feministas y especialistas en derecho internacional, la violación se ha clasificado, por primera vez, como crimen de guerra y se ha considerado una forma de tortura por los tribunales internacionales para la antigua Yugoslavia y Ruanda. En segundo lugar, la cuestión de la discriminación y maltrato sexual se considera por algunos países – entre ellos Canadá y España- motivo de solicitud de asilo político. En tercer lugar, aunque según Amnistía Internacional 36 países mantienen leyes discriminatorias de la mujer, se ha ilegalizado la discriminación de la mujer por razón de sexo en el ámbito laboral y ha disminuido notablemente la discriminación abierta, en el mismo empleo y escala salarial, en algunos países. En cuarto lugar, las organizaciones de ayuda al Tercer Mundo, ya se trate de las dependientes de la ONU, la Unión Europea, los distintos gobiernos o las ONG, han situado la cuestión de género en el centro de sus preocupaciones y políticas humanitarias. En relación con este tema, el problema de la pobreza mundial y asuntos relacionados con esta cuestión, como los índices de mortalidad, la enseñanza y el sida, se han redefinido en el marco de la propia cuestión de género, con clara conciencia de que quien carga con el fardo más pesado de tales situaciones es, en medida extrema y desproporcionada, la mujer. Todos estos, efectivamente, son logros importantes. Y sin embargo, cabe observar otras tendencias en el horizonte y ámbito común de gran parte de la política contemporánea y las relaciones internacionales actuales. En primer lugar, el distanciamiento de numerosos países de sus compromisos formales de los años sesenta (en materia social y económica), setenta (por ejemplo la convención contra la discriminación de la mujer de la ONU en 1979, Cedaw) y noventa (la conferencia internacional de la Mujer en Pekín, en 1995) sobre la emancipación de la mujer. He aquí el ejemplo de carencia al respecto que deparó el año 2005: mientras numerosos países y diplomáticos se apresuraban a celebrar conferencias sobre la proliferación nuclear y el proceso de Barcelona Euromed, no se celebró ningún encuentro para conmemorar y actualizar el décimo aniversario de la conferencia internacional de la Mujer en Pekín ni tampoco otros aniversarios anteriores como los relativos a los encuentros de Nairobi (1975) y Copenhague (1985).

El distanciamiento de compromisos anteriores resulta más evidente en el caso de países ex comunistas y dictaduras poscomunistas como China y Cuba, donde se han abandonado iniciativas oficiales a favor de las mujeres. Aumenta asimismo la desigualdad en materia social y laboral; en un guiño a la Iglesia católica, el nuevo Gobierno polaco ha suprimido el Ministerio de la Mujer. El Gobierno británico ha seguido una senda similar y en la última remodelación ministerial de Downing Street ha olvidado que existió el Ministerio de la Mujer, departamento que dirigió en su día Patricia Hewitt, conjuntamente con sus reponsabilidades en comercio e industria, para encomendar tal misión a una personalidad parlamentaria hasta ahora desconocida que la ejerce sin sueldo.

Esta defección de las autoridades en este campo coincide con un cambio en la mentalidad pública y social, que se aprecia en el declive de la defensa de los objetivos de dignidad e igualdad de la mujer. El acceso de Arnold Schwarzenegger al cargo de gobernador de California se ha visto acompañado por sus posturas grotescamente machistas y comentarios de burla y mofa por el afeminamiento de sus oponentes políticos. Silvio Berlusconi se jacta de sus hazañas varoniles y Pervez Musharraf minimiza las protestas de víctimas de violaciones pretendiendo que buscan indemnización económica, en tanto que Hugo Chávez en Venezuela distrae a su audiencia con pullas sexistas contra la secretaria de Estado estadounidense, Condoleezza Rice.

Mayor seriedad y gravedad revisten los movimientos sociales y religiosos antifeministas en numerosos países. En Estados Unidos la sentencia del Tribunal Supremo de 1973 sobre el aborto (caso Roe contra Wade) resulta gravemente atacada y el aborto vuelve a escindir políticamente a la sociedad. En Europa, la Iglesia católica, bajo la batuta del Papa Benedicto XVI, quien sigue los pasos de su predecesor conservador, Juan Pablo II, aboga abiertamente por una mayor intervención eclesial en la vida política y social y una vuelta a los valores tradicionales en materia de matrimonio, sexo, mujeres y homosexualidad. La situación en el mundo islámico es aún más desastrosa. La propagación del islamismo como fuerza política y social se ve generalmente acompañada de una erosión de los derechos de la mujer y del respeto a la condición femenina, así como de un empleo de la ley y del poder del Estado para imponer nuevas normas de carácter autoritario.

Tales cambios en las actitudes sociales y políticas se ven reforzados por la persistencia -e incluso la potenciación en un marco de globalización- de desigualdades en el puesto de trabajo y las condiciones de vida diarias. Los estudios publicados con ocasión de la celebración del último día internacional de la Mujer, el pasado 8 de marzo, señalan que en los países desarrollados, mientras la discriminación en el seno de un ámbito profesional específico puede haber disminuido, la discriminación desde un punto de vista general persiste en el caso de las mujeres empleadas en los puestos peor pagados y expuestas a discriminación debido a ausencias por maternidad o cuidado infantil. En España el foso salarial llega al 40%.

Al balance hasta aquí expuesto deben añadirse otras tendencias discriminatorias de la mujer o de carácter aún más grave, como es la incidencia de la violencia contra las mujeres en numerosos conflictos y guerras: 40.000 violaciones en la República Democrática del Congo en los últimos seis años; la incidencia de la violencia contra las mujeres en países desarrollados y en vías de desarrollo (se calcula que en Estados Unidos 700.000 mujeres son violadas cada año); la impunidad de la conducta de hombres que matan a mujeres sistemáticamente o feminicidio (como en la localidad mexicana de Ciudad Juárez, donde han desaparecido 4.500 mujeres en los últimos años sin apenas reacción policial), y el aumento de infanticidio femenino en India y China.

Además, la respuesta de numerosas sociedades occidentales, sobre todo la estadounidense, al terrorismo islamista se ha cifrado en una reafirmación de los valores conservadores y machistas. En el mundo musulmán, la hostilidad y animadversión contra Occidente se asocian a un nacionalismo cultural que rechaza las nociones progresistas y modernas occidentales de la igualdad y los derechos de la mujer. Los propios grupos terroristas desempeñan aquí su papel exhibiendo formas machistas de violencia que no dejan lugar alguno a la mujer y desafían retóricamente y de manera violenta toda forma de cultura de la tolerancia y de debate democrático y abierto: en suma, los requisitos del progreso del feminismo.

Es posible que la marcha hacia delante de las mujeres no se haya visto frenada o detenida por completo, pero ciertamente afronta nuevas trabas y obstáculos, en un abanico de frentes complejos que son causa y motivo de lucha ininterrumpida.