¿Hay salida para el imperio norteamericano?

Gracias a los biógrafos y a los historiadores (y a los novelistas) sabemos cómo construyó Estados Unidos su imperio moderno. Sin embargo, ahora que sus costes son tan altos, y que la nación vuelve a estar cada vez más dividida sobre cómo relacionarse con el resto del mundo, los norteamericanos no sabemos ni cómo mantenerlo ni cómo retirarnos de él.

Después de la conquista continental y de continuas guerras, nuestra moderna época imperial comenzó en 1898, en perjuicio de España. La participación de Estados Unidos en la guerra de 1914-1918 (y antes la guerra con España) dio lugar a una oposición nacional. Inmigrantes alemanes e irlandeses, de un modo instintivo, tuvieron sus dudas; populistas agrarios y socialistas urbanos, de un modo ideológico, lo mismo. Aun así, la guerra intensificó la asimilación de millones de europeos que habían llegado antes y después del cambio de siglo. Wilson, hijo de un pastor calvinista, describió a Estados Unidos como un nuevo Israel, elegido para escribir la historia de nuevo, y la mayoría de los norteamericanos asintió.

Estados Unidos salió de la Primera Guerra Mundial como primer banquero y productor industrial mundial. La nación se zambulló en el capitalismo de consumo, y Armstrong, Chaplin y Hemingway llevaron su cultura a casi todas partes.

Los aislacionistas de entreguerras no fueron un bloque coherente. Algunos estaban motivados por el resentimiento étnico hacia la élite anglosajona, otros por la desconfianza política hacia la clase gobernante, otros eran los antepasados de los unilateralistas que vendrían después.

Sin demasiados obstáculos por parte de la opinión pública, tres secretarios de Estado claramente internacionalistas de la vieja élite, Hughes, Kellog y Stimson, extendieron el poder norteamericano reclutando para esa tarea a las finanzas y a la industria. Los militares se prepararon aplicadamente para la siguiente gran guerra. En 1933, Franklin Roosevelt comenzó su presidencia como un cauto internacionalista. Cuando en 1941 consiguió llevar a la nación a participar en la guerra, se sirvió de bancos, bufetes de abogados y universidades para comandar la nueva situación bélica. La gente, alejada de la gestión de la política exterior, estuvo de acuerdo en que la guerra era necesaria para defender la esencia económica y social de la nación.

La división nacional del trabajo que hizo posible la Guerra Fría se forjó antes y no después de 1945. Los ciudadanos corrientes dieron, sobre todo, su consentimiento, pero también sus impuestos para atender al gasto militar.

Sobre todo después de la resistencia al alistamiento para

los servicios armados en Vietnam, se suprimió el servicio militar obligatorio. Pero las apreturas económicas aseguraron un suministro suficiente de reclutas.

Aunque la Guerra Fría terminó, a la primera guerra de Irak y a la intervención en los Balcanes les siguieron Afganistán y de nuevo Irak. La siguiente podría ser en Irán. Islamistas, terroristas, Estados “díscolos”, una renaciente Rusia y una obstinada China (por no mencionar a los ya familiares comunistas cubanos y a nuevos antagonistas como Chávez) sirven de pretexto a los enormes recursos invertidos en nuestra fuerza militar. (Se están construyendo portaaviones por valor de 15.000 millones de dólares, a pesar de que nuestros propios hombres rana treparon a uno de ellos y pudieron dañarlo, cuando no hundirlo).

Los ciudadanos corrientes de Estados Unidos son críticos con las guerras en concreto, no con nuestra trayectoria imperial. La industria armamentista, las burocracias públicas y privadas del aparato político exterior y militar son un lobby imperial permanente. Todo un espectro de grupos de opinión (desde el lobby pro-Israel hasta los defensores de un cristianismo militante) discuten sobre prioridades, pero están de acuerdo sobre la primacía mundial norteamericana.

“¡Este tiempo está fuera de quicio!… ¡Oh, suerte maldita, que haya nacido yo para ponerlo en orden!”. El lamento de Hamlet cala entre quienes consideran que no somos dueños sino prisioneros de nuestro imperio. No podemos permitírnoslo, nuestros intentos de rectificar los males del mundo provocan escarnio y hostilidad. Supuestas amenazas se suceden unas a otras con indefectible regularidad, mientras las nuevas generaciones repiten sistemáticamente los errores de las anteriores. Los políticos y publicistas dominantes, así como muchos votantes, consideran una debilidad ese escrutinio crítico de nuestro papel en el mundo.

En ausencia de una protesta pública organizada -la época de Vietnam parece cosa de hace siglos-, ¿podría proporcionarnos la experiencia de los años 20 y 30 del siglo pasado un modelo político? Entonces, un público mayoritariamente indiferente concedía una considerable autonomía a la élite de la política exterior de las primeras décadas del siglo.

Antes de ser presidente, Obama se alineaba claramente con el lado de los críticos. Una vez en el cargo, hasta ahora, cualesquiera intenciones innovadoras que tuviera han sido bloqueadas por la inercia del aparato, la malevolencia manipuladora de sus oponentes y el resuelto sabotaje de muchos en su propio partido.

Una salida del imperio en secreto es imposible. ¿Puede lograrse una retirada cauta y paso a paso? El plan presidencial de sanciones a Irán podría ser un preámbulo de la guerra, pero podría también constituir una calculada, si bien no reconocida, construcción de un callejón sin salida.

Existen los elementos para un esfuerzo sostenido de Estados Unidos por invertir ese rumbo. Un buen número de diplomáticos, funcionarios de inteligencia y oficiales militares retirados dicen lo que piensan sus colegas en activo: el curso emprendido actualmente es, interna y externamente, insostenible. Sin embargo, las universidades no están reducidas a la servidumbre intelectual. Incluso algunos de los centros de investigación de Washington funcionan de vez en cuando como algo más que factorías para la producción en serie de lugares comunes. Existe un periodismo independiente. Se puede contar con uno de cada cuatro miembros del Congreso. Antes de que nuestro imperio se derrumbe por su propio peso, podría intentarse un proyecto inteligente que aligere la carga.

Aprender de la historia es difícil. Los europeos han aprendido, colectiva y nacionalmente, que la existencia post-imperial es bastante soportable. Nuestra historia es diferente y emprenderemos una senda distinta. Desgraciadamente, derrotas mayores que las de Vietnam podrían ser necesarias antes de que el público acepte una nueva definición de nuestro papel en el mundo.

Los republicanos se están preparando para recuperar la presidencia en 2012 con un programa plenamente belicoso, que podría multiplicar nuestros actuales desastres, pero también aumentar los peligros para la propia democracia norteamericana. Lo que es seguro es que el mundo no se corresponde en absoluto con la imagen, simplificada de manera absurda, que a menudo se da de él en buena parte de la televisión de EE UU (y cínicamente abastecida por quienes saben que no es así: el general Petraeus acaba de decir que la nueva ofensiva en Afganistán durará de 12 a 18 meses, refutando implícitamente la ficción de una población afgana deseosa de ser liberada por la OTAN).

Ésa es una ficción que ya no estimula al Gobierno holandés. El Partido Laborista de los Países Bajos, al insistir en la retirada de Afganistán, ha demostrado el realismo del viejo mundo, no siempre evidente en la Unión Europea. En Europa se oyen voces exigiendo que la Unión asuma una tarea histórica en el mundo. ¿Qué tal una contribución de tipo holandés a la educación tanto de la élite como del público norteamericanos?

Norman Birnbaum, catedrático emérito en la Facultad de Derecho de la Universidad de Georgetown. Traducción de Juan Ramón Azaola.