¿La hora de los realistas?

Por Emilio Campmany (GEES, 18/12/06):

La guerra de Irak, se dice, fue la consecuencia de un sueño (un mal sueño, según sus críticos) de los neoconservadores. Éstos se convencieron de que había que emplear el poderío militar norteamericano para imponer la democracia en todo Gran Oriente Medio como única forma de garantizar la paz a largo plazo. Y el mejor lugar para empezar a construir la futura democracia en tierra del islam no podía ser otro que aquel donde campeaba el peor de los tiranos, Irak. Hoy la guerra va mal y el desafío iraní sube las apuestas día a día, de modo que la administración norteamericana siente con  perentoriedad la exigencia de darle una rápida solución a la guerra. Se han producido una serie de acontecimientos y revelaciones que parecen dar a entender que Bush se ha desencantado de los idealismos neoconservadores y anda buscando soluciones realistas.

La primera prueba de este giro ideológico la ha dado Bob Woodward en su tercera entrega sobre la guerra de Bush, State of Denial, donde revela que Bush despacha cada vez con más frecuencia con el gran pope de la realpolitik, Henry Kissinger, de 83 años, quien, después de insistir el 30 de octubre pasado en la cadena de noticias de Murdoch, la Fox News en la necesidad de no retirarse, unos días más tarde, en la BBC, declaró estar convencido de la imposibilidad de ganar la guerra de Irak.

La segunda prueba ha sido durante algún tiempo el incremento de influencia de Philip Zelikow, director técnico de la comisión que investigó el 11-S y luego asesor áulico de Condoleezza Rice. Tanto Zelikow como Rice trabajaron en la época de Bush padre en el Consejo de Seguridad Nacional con Brent Scowcroft, otro realista criado a los pechos de Kissinger que está viendo crecer su influencia en la Casa Blanca.

La tercera prueba la constituyen las significativas críticas que está padeciendo la reciente política de Bush en círculos neoconservadores, tal y como ha desvelado Vanity Fair, que ha “prepublicado” trozos de un reportaje que aparecerá en enero donde conocidos neoconservadores, que se supone habían intervenido en la configuración de la política de los EE UU para todo el Gran Oriente Medio en la era Bush, se muestran críticos con el modo en que últimamente se está desenvolviendo aquélla. Se trata de gente tan significativa como Richard Perle, David Frum, Kenneth Adelman, Michael Leeden, Michael Rubin y Elliot Cohen. La mayoría de ellos han demostrado su enfado por la prepublicación unos días antes de que tuvieran lugar las elecciones del 7 de noviembre y han matizado sus críticas, pero no han llegado a mostrarse incondicionalmente del lado de la administración en el modo en que se está conduciendo la guerra.

La cuarta prueba es la creación de un grupo de estudio interpartidario encargado de encontrar una salida a la guerra de Irak. Al frente de ella se ha puesto a James Baker III, el que fuera secretario de estado de Bush padre, que, aunque no es un convencido realista, no participa desde luego del idealismo neoconservador. Junto a él copreside el grupo el demócrata Lee H. Hamilton, vicepresidente de la comisión de investigación del 11-S, de tendencias realistas, a pesar de su credo liberal.

La cuarta prueba puede hallarse en el nombramiento de Robert Gates como secretario de defensa tras la dimisión de Rumsfeld. Gates fue el primer nombre elegido por Bush para hacerse cargo de dirigir la inteligencia nacional, el cargo que hoy ocupa John Negroponte, pero no aceptó el nombramiento probablemente por estar disconforme con el modo excesivamente idealista con que se estaba llevando la política de seguridad. Si ahora ha aceptado el cargo de secretario de defensa es probable que lo haya hecho porque se le ha prometido una mayor impronta realista a la futura política de Bush respecto a Irak. Así ha interpretado el nombramiento entre nosotros el corresponsal de El País, según su crónica del 12 de noviembre pasado.

Y por supuesto el más importante intento de darle una salida supuestamente realista al problema de Irak lo constituye la reciente aparición del informe del Grupo de Estudio sobre Irak, que ya ha sido ampliamente comentado en esta página web.

¿De verdad ha llegado la hora de bajar los pies a la tierra, abandonar el proyecto de un Irak democrático, y buscar una solución más “realista”? Por otra parte, ¿qué significa aquí “solución realista”? ¿entregar el país a un cirujano de hierro que se haga cargo del país? Esta es la solución propuesta por Kissinger en su intervención de la BBC. Pero, entonces, cabe preguntarse: ¿para eso se fue a Irak, para sustituir a un dictador díscolo por otro prooccidental?

Es posible que los neoconservadores que inspiraron la política de Bush midieran mal las posibilidades y recursos de su país. Pero también es posible que tales recursos y medios no se estén empleando con la necesaria convicción. No debe descartarse que quizá el verdadero problema de la política norteamericana y occidental en Irak y en todo el Gran Oriente Medio no sea un problema de falta de realismo, sino de exceso.

Autores próximos al neoconservadurismo como Kristol y los hermanos Kagan, Robert y Frederik, creen que en Irak se puede ganar si se emplean con decisión los recursos de que se disponen, esto es, si se envían más tropas con el fin de proporcionar al país el grado de seguridad indispensable para que las fuerzas políticas en conflicto, básicamente suníes y chiíes, lleguen a un acuerdo. No sólo, sino que el senador McCain, que no es cualquiera en el partido republicano ya que es su más probable candidato en las elecciones presidenciales de 2008, ha declarado valientemente, que coincide con esta opinión.

Quizá tengan razón. Sin embargo, no sólo interesa tener capacidad para hacer una cosa, hay que quererla. ¿Quiere el pueblo de los EE UU ganar en Irak? Una interpretación apresurada del resultado de las elecciones del 7 de noviembre pasado podría hacernos llegar a la conclusión de que lo que quieren es salir de allí salvando la cara, o sea, perder la guerra sin que se note demasiado. Sin embargo, si ese fuera el deseo de los norteamericanos, Joe Lieberman, senador demócrata, que se ha visto obligado a concurrir a las elecciones como independiente al perder el respaldo de su partido como castigo por apoyar la guerra de Irak, nuca hubiera barrido, como efectivamente ha hecho, al contrincante demócrata en Connecticut. Una cosa es que los norteamericanos estén descontentos por cómo se está conduciendo la guerra y otra cosa muy diferente es que quieran perderla.

Que la política de Bush en la guerra de Irak y en el Gran Oriente Medio no ha sido del todo coherente con las bases ideológicas que la engendraron lo prueba que nunca se ha abandonado la financiación y protección a los dictadores y reyezuelos de Oriente Medio para que combatan el extremismo, el fundamentalismo y el terrorismo islámico. Ésta no es una política realista, es una política equivocada. Y es que, mientras sigamos apoyándolos, los primeros en estar interesados en que ese extremismo, fundamentalismo y terrorismo no desaparezcan y los EE UU fracasen en Irak, son precisamente los dictadores y reyezuelos para los que la democracia es mucho más peligrosa que el fundamentalismo. Beneficiándose como se benefician del dinero occidental, de la protección diplomática occidental, de la comprensión occidental hacia las violaciones de los derechos humanos que perpetran, son los primeros que saben que sólo gozarán de nuestro dinero, nuestra protección y nuestra benevolencia mientras el terrorismo islámico sea visto en Occidente como una peligrosa amenaza que no puede conjurarse sin su colaboración. Por eso, mientras simulan combatirlo, y de hecho lo combaten para evitar ser derrocados por él, no dejan de ocuparse de que se mantenga lo suficientemente vivo como para estimular nuestra generosidad. Las recientes amnistías a favor de extremistas islámicos en Argelia y Egipto lo prueban. Además, si no, ¿cómo se explica que buena parte del terrorismo islámico provenga precisamente de Egipto y Marruecos, y que una gran parte del dinero que financia la formación ideológica y adiestramiento de los terroristas salga de Arabia Saudita, todos ellos socios de honor del club de amigos de los EE UU en Oriente Medio?

No está a nuestro alcance lograr que todas las dictaduras del Gran Oriente Medio se conviertan en pacíficas democracias de la noche a la mañana; es probable que ni siquiera Irak pueda transformarse a corto plazo, y es posible, por tanto, que convenga introducir unas ciertas dosis de realismo en el modo de hacer las cosas. Pero no puede ser tenido por “realista” aceptar que gente como Mohammed VI, Hosni Mubarak o el rey Abdullah son nuestros mejores aliados para combatir el terrorismo islámico porque no lo son. Al contrario, se cuentan entre los principales obstáculos para que en los países musulmanes triunfe la democracia, premisa indispensable para desembarazarnos de la amenaza que constituye el terrorismo fundamentalista.

Si el realismo consiste en identificar los verdaderos intereses nacionales y protegerlos de la mejor manera que las circunstancias permitan, ser hoy realista no es fijar un programa de retirada de tropas ni de aceptar una derrota disfrazada. El interés primordial de los EE UU y de todo Occidente es impulsar la democratización de los países musulmanes y por eso, lo correcto es poner toda la carne en el asador para ganar en Irak, y proteger especialmente a aquellos países que, como Túnez o Jordania, y el mismísimo Irak avanzan mal que bien en la democratización, y abandonar a los que, como Marruecos, Egipto o Arabia Saudita, malamente aciertan a aparentar que lo hacen.

El que la izquierda buenista e indulgente haya saludado alborozada la llegada de un soplo de aire realista a la Casa Blanca debiera hacernos recelar de esos vientos y convencernos de que el realismo del que ellos hablan y que esperan que se aplique no es verdadero realismo, sino puro y llano apaciguamiento.

Es posible que haya llegado la hora de los realistas, pero la de los de verdad. Y es seguro que ni Richelieu ni Bismark serían hoy partidarios de retirarse de Irak. Kissinger aceptó perder en Vietnam porque el pueblo norteamericano había dejado de desear la victoria. En Irak, vencer es todavía la voluntad de la mayoría de los ciudadanos de aquel país y Bush tiene la obligación, tanto por exigencia moral como por frío cálculo realista, de hacer todo lo posible para lograrlo. Todos nos jugamos mucho en que lo consiga.