¿La nueva apuesta de Bush?

Por Fawaz A. Gerges, profesor visitante de la Universidad Americana de El Cairo y autor de El viaje del yihadista: en el interior de la militancia musulmana (Harcourt, 2006). Profesor de la cátedra Christian A. Johnson de Oriente Medio y Asuntos Internacionales del Sarah Lawrence College, Nueva York. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 16/01/07):

Qué pensar de la nueva estrategia de Bush? Aun cuando en un principio afirmó que consideraría “muy seriamente” todas las propuestas del grupo de estudio sobre Iraq (el informe Baker-Hamilton), rechazó a continuación sus principales recomendaciones, sobre todo las relativas a los objetivos de retirada de tropas estadounidenses de Iraq para principios del 2008 y tender la mano a Irán y Siria y a los líderes de la resistencia autóctonos.

Pero Bush dio un paso más jugando su última carta, ordenando enviar más de veinte mil soldados y marines adicionales para ayudar al Gobierno iraquí a garantizar la seguridad en Bagdad y luchar contra la resistencia armada suní en la provincia de Anbar. Asimismo, Bush ha decidido enfrentarse a los poderosos vecinos de Iraq en lugar de cooperar con ellos (Irán y Siria). Prometió “interrumpir el flujo de apoyo” procedente de Irán y Siria “persiguiendo y destruyendo” las redes suministradoras de armas e instrucción de combatientes en Iraq. Bush afirmó que “tener éxito en Iraq también exige proteger y defender su integridad territorial así como estabilizar la región ante el reto extremista, lo que comporta empezar por encararse con Irán y Siria”.

La escalada de Bush constituye un postrer y desesperado intento de salvar el reto iraquí… y también su propia presidencia. Bush sabe que el futuro de su presidencia se halla en primera línea de fuego. Dado su historial y bagaje tanto ideológico como político, Bush no podía variar el rumbo de su política mostrando en tal tesitura alguna muestra de debilidad: ello habría equivalido a una notable pérdida de fuelle de su visión del mundo y a reconocer su derrota. Una vez más, Bush se replegó a su territorio ideológico buscando abrigo de la realidad.

Bush ha sido siempre muy dado a sostener que seguiría las recomendaciones de los mandos militares; en reiteradas ocasiones acusó a los críticos de la guerra de no atender el punto de vista de quienes se hallaban al mando de las operaciones. El mes pasado, Bush declaró en el curso de una entrevista a The Washington Post que “es importante confiar en el criterio de los mandos militares en el ejercicio de su cometido y el trazado de sus planes. Por mi parte, suscribo entera y fielmente los puntos de vista de la cadena de mando”. En realidad, la nueva estrategia de Bush es contraria a las recomendaciones de figuras clave del Pentágono. Según se ha informado, el establishment militar le aconsejó contra la idea de enviar más tropas a Iraq. La fuerza militar estadounidense se ve sometida a un gran esfuerzo y teme que un fracaso podría socavar la credibilidad y la moral de la institución.

La propuesta de Bush goza de escaso respaldo en su propio país, donde una mayoría se opone al envío de más tropas a Iraq. En el seno del propio estamento político y aparte de la oposición de los demócratas, figuras clave republicanas han expresado su malestar y desasosiego ante la idea de un aumento de tropas en Iraq. Pero Bush volvió de nuevo a suscribir el criterio equivocado de los partidarios de la línea dura – visible a través de los numerosos organismos y centros de estudios que la difunden públicamente- y del entorno del vicepresidente Dick Cheney.

El entorno de partidarios de Bush se ha visto reducido. El presidente es ahora más vulnerable que nunca. No es de extrañar, en consecuencia, que los demócratas den vueltas a la posibilidad de enfrentarse a Bush y de aislarle políticamente dando marcha atrás a su máquina de guerra. Lejos de aportar una salida al punto muerto en Iraq, el de Bush es vino viejo en los odres de nuevas batallas, vuelto a embotellar y vender a una audiencia estadounidense presa del escepticismo. El envío de más de 20.000 soldados a Iraq no influirá en la espiral de luchas sectarias que afligen a Iraq.

Iraq no precisa de más botas sobre su suelo, sino de una amplia visión política que ayude a integrar a la distanciada – es más, enemistada- comunidad árabe suní en el seno del proceso político y a desarmar a las milicias armadas infiltradas en los servicios de seguridad iraquíes. Iraq precisa de una visión política que los propios iraquíes juzguen legítima y no impuesta por el brazo coactivo de Estados Unidos. Bush no alcanza a comprender que la presencia militar estadounidense en Iraq se ha convertido precisamente en parte del problema y no de la solución.

Iraq precisa asimismo de una visión política que dé mayor protagonismo a la reconstrucción social y económica del país. Ciertamente, el nuevo millardo de dólares de ayuda económica estadounidense asignado por Bush es una bagatela. En tanto la Administración Bush ha gastado más de 300.000 millones de dólares en la guerra de Iraq, tan sólo un puñado de miles de millones se ha invertido en gasto social y económico. Las prioridades, por tanto, se han aplicado de forma equivocada.

Todos los vecinos de Iraq – incluidos Irán y Siria- deben comprometerse y colaborar para desempeñar un papel positivo a la hora de ayudar a los iraquíes a superar sus diferencias.

Por tal cúmulo de razones, resulta altamente probable que la apuesta de Bush fracase y le salga el tiro por la culata, dejando tras de sí un país devastado y dañando la capacidad de Estados Unidos de proteger debidamente sus intereses en el mundo.

Los temores de la cúpula militar estadounidense son fundados. Bush hunde más y más a su país en las arenas movedizas de Iraq.