¿Matan las palabras?

Por Ian Buruma, escritor holandés. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 13/05/07):

Julius Streicher, editor de Der Stürmer y otras publicaciones antisemitas, fue ejecutado en 1946 por crímenes contra la humanidad. Sus crímenes consistían sobre todo en palabras, palabras de odio que ayudaron a justificar el asesinato de masas. Mucha gente piensa que las palabras pueden matar. Ésa es seguramente la razón de que el político holandés de derechas Geert Wilders haya dicho hace poco que, si los musulmanes desean vivir en Holanda, tendrían que “arrancar la mitad del Corán y tirarlo a la basura”.

Es innegable que el Corán, como otros textos religiosos antiguos, contiene pasajes violentos sobre la suerte de los no creyentes. Del mismo modo que es tradición judía pedir a Dios, durante la fiesta de Pascua, que desate su ira contra los gentiles que “no le conocen”, y que muchos cristianos creen que quienes no comparten su fe están abocados al Infierno, también a los musulmanes se les empuja a creer que matar a los enemigos del islam puede estar justificado. Pero ¿son verdaderamente las palabras del Corán la causa principal de que en Oriente Próximo y Europa se cometan actos de violencia política en nombre de la fe?

Los que queman libros y los que convierten las palabras en símbolos dirían que sí. Pero hay margen para el escepticismo. Es cierto que los terroristas islamistas recurren al Corán para justificar sus acciones asesinas, pero los verdaderos motivos de su guerra santa son políticos, no teológicos. Sus principales enemigos son las dictaduras laicas de Oriente Próximo, corruptas, a su juicio, por culpa del Occidente decadente y sin alma. Esta causa revolucionaria está surtiendo efecto entre los musulmanes desafectos de Europa, y censurar el Corán no serviría para impedirlo. Sin querer ser irrespetuoso con el Corán ni con la Haggadah judía, que contiene el iracundo fragmento citado más arriba, se puede encontrar una analogía con el debate sobre el cine violento o la pornografía. Pueden ser aborrecibles. ¿Pero la gente comete crímenes por culpa de ellos? Seguramente no.

Existen muchas palabras violentas y aborrecibles en novelas, óperas, espectáculos de cabaret, iglesias, mezquitas, cómics, programas de radio y demás. Tiene que haber un equilibrio entre nuestro deseo de libertad de expresión y la protección contra la posible violencia. La mayoría de las democracias, entre ellas Estados Unidos -cuya Constitución protege el derecho a la libertad de expresión-, tiene leyes para prohibir el uso de palabras que inciten a la violencia. Uno puede decir que odia el islam, pero no puede decir que odia a los musulmanes y que habría que matarlos. Algunos países democráticos, como Francia y Alemania, recurren también a la ley para prohibir opiniones ofensivas, como la negación del Holocausto, incluso aunque no exista amenaza de violencia. Otros disponen de leyes que prohíben insultar a las personas por su raza o su credo.

Y algunos creyentes religiosos hacen todo lo que pueden para limpiar los textos antiguos. Muchas versiones modernas de la Haggadah dejan fuera los párrafos ofensivos.

Ahora bien, es fácil pasarse. Si censuramos todo lo que quizá pueda ofender, dañaremos nuestro derecho a la libertad de expresión. En un montaje reciente de La flauta mágica en Nueva York, la traducción inglesa del libreto, que estaba cantándose en alemán, dejó fuera todas las referencias a las mujeres y a la piel oscura de Monostatos, el Moro. Éste es un claro ejemplo de haber ido demasiado lejos. El libretista de Mozart, Emanuel Schikaneder, no estaba defendiendo, ni mucho menos, la agresión contra las mujeres y los negros. Algunos fanáticos musulmanes creen que cualquier “ofensa” contra el profeta significa la guerra santa y asesinar al que la ha cometido. Sin embargo, es claramente un error acusar a los Versos satánicos de Salman Rushdie y las caricaturas danesas de incitar deliberadamente a la violencia.

Uno de los problemas de Geert Wilders y, en general, de quienes pretenden prohibir partes del Corán y otros textos que consideran peligrosos, es su negativa a reconocer el contexto. No es sólo cuestión de qué palabras se pronuncian, sino de quién las pronuncia, dónde y a quién se dirigen. Un chiste en el que los judíos se burlan de sí mismos parece distinto si el que lo cuenta es un gentil. El lenguaje que utilizan los artistas negros de rap al hablar de otros negros se vuelve mucho más venenoso cuando el que lo emplea es un presentador blanco de radio. Los sentimientos violentos que proclama un grupo de heavy metal serían mucho más inquietantes en boca de un político poderoso.

Para prohibir palabras que expresen odio, tiene que ser obligatorio demostrar que su intención es provocar la violencia y que es muy probable que lo consigan. Prohibir y censurar textos históricos parece inútil, porque pueden ponerse en el contexto de la época en la que se escribieron. Aunque la lectura de Mein Kampf condujo en el pasado al asesinato de masas, no es probable que lo haga ahora. No obstante, los alemanes tienen más motivos para prohibir el libro que, por ejemplo, los británicos. Como es natural, existe el problema de los creyentes que consideran que los textos antiguos son la palabra de Dios y, por tanto, valen para cualquier época. Pero, en vez de prohibir o censurar los libros, hay que prestar atención a cómo se utilizan. Si se emplean para provocar la violencia, los que lo hagan estarán infringiendo la ley y serán tratados en consecuencia.

Lo malo de prohibir palabras es que ayuda a que se conviertan en símbolos. Los que desafían la prohibición pueden afirmar que son mártires de su fe y de la libertad de expresión. Y lo prohibido tiene un atractivo especial. El derecho constitucional a decir prácticamente cualquier cosa en Estados Unidos hace que sus ciudadanos sean relativamente precavidos, quizá incluso demasiado precavidos, sobre la forma de ejercer ese derecho. Como el deseo obsesivo de pornografía, el ansia de palabras violentas tiende a reforzarse cuando el sexo y la libertad de expresión no están al alcance de todos.