¿Nucleares? Sí, gracias

Por Josep Piqué, economista y ex ministro (LA VANGUARDIA, 20/10/07):

Hace unos días, tuve ocasión de participar en un muy interesante debate, organizado por el Círculo de Economía, sobre el futuro de la energía nuclear.

Creo que un debate social amplio, honesto y sincero, que supere los estrechos límites de la corrección política, es absolutamente imprescindible. Y más en estos momentos de grandes y crecientes tensiones en los mercados energéticos internacionales. Y España, por su brutal dependencia energética del exterior, no puede ni debe quedarse al margen.

Las anteriores “crisis del petróleo” (1973 y 1979) se debieron a causas de índole bélica con consecuencias políticas inmediatas. Hoy, la situación debe explicarse con razones distintas.

Desde el lado de la oferta, las capacidades excedentarias de producción de crudo no llegan ya al 2% de la producción, cuando hace 25 años eran del orden del 20%. Por otra parte, no podemos olvidar que en muchos países productores el riesgo de inestabilidad no es negligible. Cualquier episodio puede situarnos al borde del colapso.

Sigamos con la oferta. Debemos ser conscientes de que, más allá de la capacidad de producción actual, las inversiones requeridas para su sustancial aumento no han sido ni son las necesarias para adaptarse a la demanda de forma fluida hasta dentro de unos años. Este déficit inversor es también evidente en el sector refinero.

Nótese que los límites no aparecen desde un eventual agotamiento de las reservas de combustibles fósiles. Los riesgos hoy vienen de la inestabilidad política, por un lado, y del déficit inversor, por otro.

¿Por qué esa presión sobre la oferta? La respuesta viene desde el lado de la demanda. Y la clave está en Asia, con ritmos de crecimiento del consumo energético cercanos al 5% anual acumulativo, lo que permite augurar un horizonte de precios altos de la energía para unas décadas. Todo ello debe llevarnos a retomar las políticas de ahorro energético.

Pero es imprescindible la diversificación de fuentes.

En el mundo, unas 5/ 6 partes de la producción provienen de los combustibles fósiles, con las consiguientes emisiones de gases contaminantes.

En España, la mitad de la producción y de la potencia instalada corresponde a centrales térmicas y a ciclos combinados. En cambio, la producción hidroeléctrica (un 10% del total), corresponde a un 20% de potencia instalada, mientras que esos porcentajes se invierten en el caso de la energía nuclear. Dado que el consumo energético es esencial para el sector del transporte, más allá de la producción de electricidad, la verdad es que el 85% de la energía consumida en España proviene del exterior. Si queremos incrementar nuestra independencia energética, la energía nuclear es una clara y nítida alternativa. Y si queremos cumplir con los compromisos del protocolo de Kioto, la energía nuclear es limpia e imprescindible. Otra circunstancia que tener en cuenta es que las nucleares no dependen del clima ni de factores externos. Y, dados los costes actuales de los combustibles fósiles, el precio de la energía nuclear es sumamente atractivo.

Como es natural, esta opción estratégica debe acompañarse de una política adecuada de remuneración de las energías renovables, la promoción de ciclos combinados y la recuperación del carbón limpio. Pero, en ningún caso, son políticas sustitutivas.

Sé muy bien que esta defensa de la energía nuclear no es políticamente correcta en un país tan propenso al tópico progre como el nuestro. Y sé que existen dos grandes objeciones serias a la energía nuclear: la seguridad y los residuos. Respecto a la seguridad, ha habido dos accidentes graves durante el medio siglo de vida de este tipo de energía: Three Mile Island en Estados Unidos, y Chernobyl, en la antigua Unión Soviética. Los protocolos de seguridad funcionaron perfectamente en EE. UU.. Otra cosa fue Chernobyl. El problema fue la incompetencia, la opacidad y el cinismo propios del sistema comunista. Y no es justo que todo eso pase al debe de una fuente de energía fundamentalmente segura.

Y nos queda el asunto – trascendental- de los residuos. Es pronto aún para dar por resuelto este problema. Pero es cierto que los avances tecnológicos nos permiten esperar soluciones en un plazo razonable de tiempo.

En cualquier caso, otros países han tenido menos complejos: Francia es el ejemplo paradigmático. Y hoy exporta energía procedente de sus centrales nucleares a un país que, como Italia, decidió, por referéndum, y por cobardía de su clase política, prescindir de la energía nuclear. Países como EE. UU., Rusia, Japón, Finlandia, retoman sus programas nucleares. Otros han asumido ese reto con decisión: Brasil, Bulgaria, Canadá, la República Checa, Rumanía, Suiza, Sudáfrica, China, India, Corea, Pakistán o Turquía. Como se ve, no es un tema ideológico de derechas o de izquierdas. Desde la liberalización eléctrica iniciada en 1997, no hay ya moratoria nuclear en España. Cualquier empresa puede generar energía como tenga por conveniente en el marco legal existente. Es un problema empresarial, social y político. No legal o tecnológico. Y sólo desde la sociedad puede resolverse. Con coraje cívico

Por ello, opiniones llenas de valentía como las del secretario general de CC. OO., José María Fidalgo, o de dirigentes empresariales como Juan Rosell, en favor de la energía nuclear, son fundamentales.

Mi pregunta es muy simple: ¿por qué los demás no podemos hacer lo mismo?