¿Ojo por ojo, diente por diente?

Manuel Pimentel, ex ministro y escritor (EL PERIODICO, 18/07/05).

De nuevo el terror de sello islamista ha golpeado sin piedad, segando la vida de decenas de inocentes. ¿Y ahora qué? –se preguntan muchos–, ¿vamos a seguir con los brazos cruzados esperando el próximo golpe?

“La inmensa mayoría de los musulmanes que viven entre nosotros son gente buena y pacífica. Condenamos cualquier agresión que se pudiera producir contra ellos”. Con estas afortunadas palabras, Blair ha centrado la cuestión. Pero a pesar de esas sabias frases, los ataques contra bienes musulmanes se multiplican, y la desconfianza hacia el islam se extiende. “Yo no me sentaría en el autobús al lado de un joven de aspecto islámico”, oímos una y otra vez. “Nunca aceptaré una mezquita en mi barrio, nunca se sabe si puede convertirse en un nido de terroristas”, se murmura en reuniones vecinales. Si ya estaba bastante extendida la desconfianza hacia lo musulmán, tras los atentados muchos ciudadanos incrementarán su rechazo. Pero las vísceras nunca deben gobernar la acción de gobierno. Al Estado lo deben gobernar las leyes y la razón, y a ellas debemos apelar para solucionar el gravísimo problema del terrorismo y de la convivencia.

Porque esto se complica. Los suicidas londinenses no eran ni inmigrantes ni extranjeros recién nacionalizados. No. Se trataban de jóvenes nacidos en Reino Unido y educados desde su infancia bajo el sistema británico. ¿Cómo es posible que hayan llegado a acumular tanto odio contra el país que les dio de mamar? ¿Se trata sólo la obra del monstruoso delirio de unas mentes enfermas? No. No estamos ante una matanza producida por psicópatas al uso. Estamos ante un hecho más del nuevo terrorismo internacional de sello islamista, que parece haber hecho bueno aquello de “nuevos tiempo, nuevas formas”. Más que una organización terrorista, Al Qaeda responde al modelo de red de terroristas. Las células son autónomas y responsables de su propia financiación y objetivos. A lo más seguirán las directrices generales que se emiten por internet. Los cuerpos de seguridad no lucharán contra un ejército organizado ni nada parecido a la tradicional organización piramidal. Lo harán contra una monstruosa hidra de mil cabezas, infiltradas en su propia sociedad, que actúan sin interrelación orgánica entre sí, compartiendo un único objetivo: golpear al enemigo occidental cuando se pueda y donde más le duela.

Las vísceras nos piden una reacción contundente, tipo invasión de Irak. Ya incurrimos en aquel garrafal error, no debemos volver a caer en él. Y, además, ¿a quién bombardear ahora? ¿A los barrios musulmanes de Leeds o de Londres? Algunas voces –en verdad las mismas de siempre– ya se alzan pidiendo que salgan los musulmanes de Europa, que se cierren sus mezquitas, se prohíban todos sus símbolos y la enseñanza de su religión. Es decir, todo lo contrario que predica nuestro principio de libertad de cultos. Parten de un axioma cruel pero simple: que el islam es igual a terrorismo, o al menos campo abonado para él. En cada musulmán advierten un enemigo. No podemos caer en esas simplificaciones ofensivas, que alimentarán el sentimiento de humillación, de frustración y fracaso colectivo que abona los semilleros de terroristas. Porque no es la pobreza la que lo estimula. No. Es el rencor, el deseo de venganza.

Los neoconservadores afirman que no hay que estudiar las causas del terrorismo, sino que simplemente hay que combatirlo. Estamos ante una monumental estupidez, similar a la que cometería un médico que sólo luchara contra los síntomas de la enfermedad, pero que no intentara diagnosticar su origen. Tanto hay que combatir a los terroristas –sin descanso ni excusa– como intentar comprender por qué unos jóvenes bien formados deciden inmolarse asesinando inocentes.

Una persona de cada cinco que habita el planeta es musulmana. No se trata ni de una secta ni de nada similar. Es una religión tan digna como cualquier otra. No podemos descalificarla en su conjunto, porque eso ahonda ese irracional sentimiento de humillación que tan hábilmente canalizan los terroristas. Muchos musulmanes se sienten humillados. Su cultura fue grande, y su civilización floreció como ninguna; hoy son un pueblo atrasado, gobernado por regímenes crueles y totalitarios. Muchos culpan injustamente a los poderosos occidentales de su retraso, otros aciertan al pensar que deben buscar en su seno las causas de su decadencia.

Los primeros han construido un discurso fácil. Si ayer fuimos grandes, repiten, tenemos que volver a las fuentes de nuestra grandeza, a la interpretación literal del Corán, a la sharia, a las costumbres medievales. Ese es el fácil discurso de los fundamentalistas islamistas, la retroalimentación del pasado, el volver atrás. Quieren recuperar las grandezas del ayer de la única forma en la que nunca la conseguirán, con instituciones y costumbres de hace mil años. Pero su discurso es simple, y canaliza la frustración íntima contra un enemigo aparente, el todopoderoso Occidente. Y encima se lo ponemos fácil con una serie de hechos escandalosos. El memorial de agravios sería infinito. Genocidio en Chechenia y Bosnia, situación límite del pueblo palestino, invasión de Irak. Cientos de miles de musulmanes asesinados que los terroristas mostrarán en sus sociedades para justificar sus sanguinarias acciones. Para erradicar al terrorismo debemos combatirlo desde fuera con policía, seguridad, justicia e inteligencia, pero también debemos ayudar a que desde el seno de sus propias sociedades se produzca un rechazo contra sus acciones. No soy optimista en ello. Corren aires de gesta y el viejo ojo por ojo, diente por diente arrastra más que la lenta acción coordinada de la justicia, la ley, el mutuo respeto y la convivencia. No nos irá bien.