¿Por qué está triste Irene Villa, la hija de todos los hogares españoles?

David Gistau (EL MUNDO, 02/07/05).

AIrene le gusta viajar. Acaba de regresar de una expedición de buceo en las Filipinas y ya está tramando otra que la llevará al Mar Rojo: «Esquío y voy al gimnasio. Y también hago piragüismo, incluso he estado alguna vez en el descenso del Sella. Pero mi deporte favorito es el buceo. Me encanta la sensación de ingravidez que se consigue debajo del agua. Eso sí, soy una buceadora respetuosa con el medio: lo miro todo, pero no toco nada».

Si le gusta viajar, es en parte por colmar sus infinitas curiosidades, por coleccionar sellos en el pasaporte atendiendo a la llamada de lo exótico: «En los últimos años, he estado demasiado entregada a una relación sentimental larga y al empeño de sacar adelante tres carreras universitarias. Ahora, lo que más me apetece es sentirme libre, subirme a un avión cuando se me antoje». Pero, si le gusta viajar, es también porque en el extranjero, aliviada de su condición de símbolo, de su popularidad trágica, recupera el derecho a ser nada menos que una mujer normal que atesora vivencias que luego, en el regreso, podrá contar a la barra de amigos de Aluche o de los veraneos en Asturias, a cuyas playas le costó cierto esfuerzo psicológico atreverse a volver en silla de ruedas.

De hecho, ese gozoso encuentro con la normalidad, Irene lo paladea cada vez que, por ejemplo, en una discoteca de las que frecuenta, los chavales no la reconocen como «la niña aquélla del atentado» -el símbolo-, y entonces establecen una distancia que estará basada en el respeto y en la admiración por su coraje inaudito y su alegría de vivir, pero que al fin y al cabo es distancia, sino que simplemente le preguntan: «¿Qué te ha pasado?». Ella suele responder: «Un accidente. Un tobillo roto». Sólo cuando intuye que la persona que le ha hecho la pregunta va a permanecer, cuajada una amistad o esbozada una relación sentimental, Irene explica que el comando de Amboto le segó las piernas en una mañana ya instalada en la memoria colectiva como ejemplo insuperable de infamia, de maldad reptil:

– Yo pensé: «¿Por qué me lo han hecho? ¿Qué tendrán que ver mis piernas con la independencia?». Los etarras dijeron luego que lo sentían «por la niña». Pero poco después mataron a uno de los gemelos Moreno, a Fabio. No sabes cómo me dolió aquello.¿Dicen que lo sienten «por la niña» y en vez de recapacitar por lo que han hecho van y matan a un niño?

Enamorada del periodismo, se imagina un porvenir profesional en la radio. Pero mientras, se ha iniciado en la escritura, y hasta conoció en Colombia el ritual de la firma, del encuentro con los lectores: «No imaginaba que me conocieran tanto en Iberoamérica.Había gente que hasta me paraba en la calle, muy sorprendida de cómo he cambiado, porque sólo tenían el recuerdo de una niña».El pasado noviembre, Irene publicó Saber que se puede, un libro «escrito con el corazón», sin un ápice de odio, pues asegura que soltar el lastre de ese odio que envenena un alma es el requisito indispensable para seguir viviendo.

– Decidí ser positiva y agradecer un regalo que se me había hecho, el de estar viva. Por eso disfruto el doble de todo. Pero, para ello, primero tuve que acostumbrarme a mi cuerpo. Convencerme de que vivir con él era posible. No fue fácil, porque durante la rehabilitación me advirtieron de que, cuando regresara a la calle, al colegio, los otros niños se iban a burlar de mí.

Para Saber que se puede, dice Irene, es necesario agarrarse al ejemplo de otros que pasaron antes por lo mismo y que fueron capaces de librar la pelea por ganar una existencia normal. Tal fue el estímulo que le dieron, en el hospital, otras víctimas de ETA que la visitaron para convencerla de que tenía por delante el resto de su vida que ahora es Irene quien acude a asistir y contagiar con su enorme voluntad y su disposición a la felicidad a otros mutilados con el ánimo quebrantado: «Ese es mi compromiso mayor. No lo asumí desde el primer momento, porque antes pasé por una fase de negación en la que intenté creer que eso no había pasado. Pero ahora estoy siempre disponible para ayudar a salir a quien se ha venido abajo. Tengo una enorme fe en el poder del amor. Que es algo que falta en este país nuestro en el que todo, hasta los dramas, son un pretexto para pelear entre nosotros».

Ese pelear «entre nosotros», esa tensión con que la política lo ha empapado todo, incluso sus intentos de mantenerse siempre al margen de las trifulcas partidistas, es lo que en la actualidad tiene hastiada a Irene. Tanto que se está planteando hacer un viaje al extranjero con billete sólo de ida para quedarse a vivir fuera, en Inglaterra para perfeccionar el inglés o en Australia para someterse a una complicada operación de oseointegración: «Estaba decidida a hacerlo, ya casi me iba a marchar. Pero tengo dudas desde la manifestación del 4 de junio. Recibí ahí tantas muestras de cariño, tanto apoyo y fue tal mi sensación de que hay mucho por hacer que ahora tengo dudas de si no debería quedarme a pesar de que me están decepcionando muchísimas cosas. Empezando por el mal rollo terrible que hay. Las víctimas nos parecemos a los personajes de Aquí no hay quien viva, pero en terrible».

Irene, dice, estaba acostumbrada a recibir un cariño unánime, a sentirse casi como la hija de todos los hogares españoles.Y, por supuesto, a que todos los políticos quisieran «hacerse la foto» con ella. Sin embargo, percibe ahora una hostilidad nueva, un interés político en desprestigiar a las víctimas y su caudal moral que también a ella le alcanza. Y le duele. Hace algún tiempo, le hicieron saber que en la Ser había consigna de vetarla, de ningunearla. Se siente arrastrada por una intención propagandística tan feroz que de pronto le han atribuido una sospechosa aureola de politización de la que ella reniega: «Supongo que es porque las víctimas estorban y hay que ir a por ellas.Pero yo nunca he querido dejarme utilizar por los partidos ni estoy con ninguno de ellos, todo lo que yo hago es desde una intención humana. Estoy tan triste con eso que está pasando que, por no sufrir, me vuelve a rondar la idea de marcharme a vivir fuera. Es que ahora hay gente que en la calle me dice: ‘Pero Irene, con lo que te queríamos ‘. ¿Y por qué ya no? Soy la misma.Es el mensaje de algunos medios lo que ha cambiado, son ellos los que ahora dicen otra cosa e influyen para que gente como yo parezca culpable de algo. El otro día, estuve de visita en mi antiguo colegio. Y mi profesora de toda la vida me preguntó si de verdad yo era una herramienta del PP».

A todas ésas, sigue esperando a que el presidente Zapatero, tan solícito y dadivoso con las minorías de las que saca provecho electoral, se digne a contestarle una carta que le escribió para plantearle todas las preguntas que le inquietan y que le tienen agrietada la fe en el porvenir. Son los gajes de su esclavitud simbólica, de la turbulencia de unos tiempos que anhela pasajeros.Ojalá lo sean. Para Irene Villa, liberada de su dimensión pública, de su exposición trágica, recupere cuanto merece: los veraneos en Asturias, la barra de amigos, los viajes, los sueños profesionales.Todo eso de cuanto están hechas las aspiraciones de una mujer magnífica, alegre y corajuda que por delante tiene nada menos que el resto de su vida. Y corazón suficiente como para sacarle el jugo. Un beso enorme, Irene.