¿Por qué no apoyamos la democracia?

Por Victor Davis Hanson, historiador militar, escritor y columnista sindicado de Estados Unidos. Actualmente es especialista investigador del Hoover Institution (GEES, 03/01/06):

¿Por qué no hay titulares de portada con grandes letras que griten “¡Millones votan en histórica elección en Oriente Medio!” o “La democracia por fin llega a Irak” o “Ofensiva americana pro democracia iraquí funciona”?

Además de la política de mal agüero – Bush en casa y Estados Unidos en el exterior siempre están equivocados – y el desánimo combinado con la violencia, por desgracia demasiado pocos han confiado en que los árabes se pudieran encargar de sus propios asuntos usando un gobierno consensuado.

¿Recuerdan los ingredientes de la vieja política exterior buena de Estados Unidos para Oriente Medio, ésa que operaba antes de los malos nuevos días del neoconservatismo?

Uno: La sed de petróleo se convirtió más y más en la consideración más importante a tomar en cuenta, incluso en áreas como Palestina, Líbano o Egipto, donde había muy poquito petróleo pero sí la suficiente inestabilidad como para afectar la lealtad, algo muy importante, entre países islámicos exportadores de petróleo. La antigua rivalidad entre naciones occidentales se había transformado en un miedo colectivo a raíz del imparable apetito chino por la energía; todo esto salpicado con el fantasma de antiguos boicots petrolíferos, disparos a los buques petroleros en el Golfo y constantes amenazas terroristas contra los yacimientos petrolíferos. De modo que si una nación bombeaba petróleo, entonces su gobierno escapaba al escrutinio.

Dos: El anticomunismo era otro estímulo, específicamente el esfuerzo para evitar que la Unión Soviética y sus satélites controlaran el Golfo Pérsico o que usaran a sus sustitutos baazistas para promover el terrorismo antioccidental pagado con el petróleo. Mucho del embrollo actual de Oriente Medio deriva de un aparato estatal al estilo soviético, impracticable y amoral, impuesto a una sociedad tribal tradicional durante distintas épocas, en Algeria, Egipto, Irak, Libia, Siria y Yemen así como de nuestra propia deseperación por apoyar a cualquier indeseable autócrata que detuviese a esos comunistas. De modo que si un dictador daba guerra a los comunistas, entonces era muy válido para nosotros.

Tres: Después de la Guerra de los 6 días en 1967, sólo nosotros apoyamos a Israel para garantizar que no fuese rodeado y eliminado por las autocracias árabes vecinas, ninguna de las cuales había celebrado nunca unas elecciones libres. De modo que si un régimen trataba de destruir a Israel… ¿a qué más se podía atener Vd.?

Cuatro: miles de millones de petrodólares circulando libremente crearon asquerosos vínculos entre contratistas de defensa occidentales, universidades, grupos de presión, centros de investigación política y los intolerantes regímenes del Golfo. Por cada burdo mercader occidental que insistía en vender armamento avanzado a las dictaduras árabes, siempre salía un subsididado académico especializado en Oriente Medio que podía condenar especulativamente la política exterior americana y/o justificaba la intolerancia de Oriente Medio. De modo que si una petrocracia repartía algo de dinero, Estados Unidos lo dejaba irse de rositas.

Cinco: La opinión popular sobre la Derecha ha oscilado entre el aislacionismo tradicional – “ninguno de esos locos vale un solo dólar o una vida americana” – y el realismo de la Guerra Fría: “Lidiamos con el mundo horrible tal y como es, dejemos a los dioses la preocupación sobre la moral de otros”. De modo que si todos se quedaban por allá en su sitio, eso era todo lo que necesitábamos saber.

Seis: El multiculturalismo de la izquierda fue más cínico. Su dogma fundamental era que ningún sistema puede ser peor que el de Occidente. Por tanto, no nos correspondía aplicar nuestros “conceptos” morales para juzgar culturas aborígenes al criticar cosas tales como la poligamia, el apartheid de género, la dictadura, el antisemitismo o la intolerancia religiosa. Los intelectuales árabes a menudo elogiaban a la izquierda americana, pero la izquierda estaba tan profundamente ligada al viejo y patológico status quo como lo estaba el realista más cínico. De modo que ¿quién puede decir que ellos tratan brutalmente a los suyos cuando nosotros hacemos lo mismo aquí?

La mayor parte del tiempo, el pueblo americano estaba ajeno a todo esto, mientras no hubiese colas para la gasolina y la cosecha anual de diplomáticos y soldados americanos en Oriente Medio se mantuviese al mínimo. Sin embargo, esa complacencia se acabó cuando el caos de Oriente Medio, que empezó en Noviembre de 1979 con la invasión iraní a la embajada americana, culminó con los ataques del 11-S.

Dada la historia pasada y la actual política en la región, no es de sorprenderse que una reacción muy cercana a la histeria acompañase a la alternativa radical de Estados Unidos por su estrategia post 11-S en su intento por impulsar reformas democráticas – a la fuerza en el caso de los peores estados fascistas como Afganistán e Irak; usando aislamiento y ostracismo en el caso de Siria e Irán y usando la persuasión a menudo bochornosa en el caso de estados del Golfo, el Norte de África y Egipto.

Los directivos de empresas petrolíferas temían que sus infraestructuras volasen por los aires debido a una guerra o que cayesen en manos de los islamistas si los sheiks perdían el poder.

Los grupos de presión y los hombres de negocios no podían entender por qué sus ganancias a corto plazo con autócratas no eran simplemente buenas para la economía americana sino que también podían servir para promover el interés nacional de Estados Unidos.

Cualquier izquierdista que no estuviese contra cualquier cosa por la que Estados Unidos estuviese a favor, argumentaba débilmente que la reforma democrática sólo podía venir de dentro y que debería surgir dentro de los parámetros del socialismo en lugar del insensible capitalismo al estilo americano.

Peor aún, el énfasis por la democracia vino de la mano de George Bush, un anatema para los del Partido Demócrata que, a no ser por eso, deberían haber apoyado el nuevo idealismo. Cualquier cosa que saliese mal en Irak era visto como acicate para una variación en las encuestas a favor de los candidatos demócratas cuando entrábamos a nuestras terceras elecciones nacionales desde el 11-S.

En la que quizá sea la jugada más estúpida de la historia política americana, el Partido Demócrata de las mayorías se dejó embaucar con los turbios cometidos de Howard Dean en pro del fracaso americano dándole así la espalda al experimento democrático iraquí, antes de que millones fuesen a las urnas en la tercera y más exitosa votación libre del país.

En pocas palabras, la promoción de la democracia ha sido política abandonada, huérfana de un linaje de apoyos pasados o de actuales intereses especiales. Ha resultado fácil ser caricaturizado por todos al mismo tiempo, como ingenuo por la derecha y como imperialista por la izquierda. Por eso, en el tema de la guerra, The American Conservative (revista de derechas) es prácticamente indistinguible de The Nation (revista de izquierdas).

Sólo entendiendo este laberinto de intereses rivales podemos ver por qué la votación más exitosa en la historia de Oriente Medio, alumbrada por Estados Unidos, no ha conseguido casi agradecimientos o elogios inmediatos, ni aquí ni en el exterior.

Pero, piense en los dividendos que ya se están devengando como consecuencia de la política más odiada de todas. Las elecciones por sí mismas, junto con las reglas constitucionales, una economía reformada y la protección militar americana en sus comienzos, están minando el atractivo de los fascistas islámicos e impidiendo una reacción adversa y reaccionaria de los dictadores de siempre que ofrecen una restauración del orden.

Si la tendencia al efecto dominó en Europa del Este y América Latina sirve de indicativo, la democracia iraquí resultará ser más desestabilizante para el Irán teocrático que éste para el nuevo Irak. En realidad, la única alternativa a escoger – aparte de la mala alternativa de liquidar el complejo nuclear iraní y la aún peor alternativa de permitirle que madure hasta Armagedón – es tener la esperanza que el fervor democrático se expanda a través de la frontera con Irak.

Finalmente, puede que el ver esos dedos manchados de tinta morada haga callar a los europeos en el exterior y a la izquierda en casa. Y los gobiernos constitucionales – aunque expresen antiamericanismo como lo hacen en Turquía o que irriten nuestras sensibilidades liberales como en Afganistán – serán menos propensos a atacarse mutuamente y a hacernos volver. Mucho más importante aún, el apoyo consistente a un gobierno constitucional nos libera bastante de ese constante subterfugio y de maquinaciones secretas para apoyar a la camarilla o al dictador de turno. Mejor la democracia como política transparente que refleja los valores americanos.

Los líderes de Oriente Medio, realmente elegidos por votación, harán más para favorecer los intereses y la seguridad de Estados Unidos y pondrán fin a los al-Qaedistas, Assads y Saddams, mucho más que todos los saudíes reales, Mubaraks y la panoplia de reyes, generales y dictadores, juntos.

No necesitamos Peoria, ni siquiera una luchadora democracia de Europa del Este, sólo las bases de algo que permita a los musulmanes seguir el ejemplo de aquellos que forman parte del gobierno en India, Malasia o Turquía y que acepten el imperio de la ley, que no se adosen bombas al cuerpo para matar americanos – sea con ayuda del gobierno o con los vítores de una turba de desposeídos. Ya estamos viendo los resultados ante nuestros ojos. Después de todo, sólo hay 2 países en Oriente Medio donde miles pelean contra los terroristas islámicos que amenazan con quitarles su libertad recientemente conseguida: Los legítimos gobiernos en Kabul y Bagdad.

De modo que aquí tenemos la más increíble paradoja por fomentar la democracia: Una política en la que no confía casi ningún grupo afianzado de interés especial; una política reñida con todos los “ismos” y sin embargo es una política que por sí misma puede erosionar el fascismo islámico y hacer que Estados Unidos obtenga mayor seguridad. Y más raro todavía, el Partido Demócrata de casa es el menos entusiasta sobre los partidos demócratas en Irak.