¿Promover la democracia?

Por Said K. Aburish, escritor y biógrafo de Saddam Hussein. Autor de Nasser, el último árabe. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 26/06/069):

Incluso según los parámetros del siempre cambiante Oriente Medio, donde las ideas y enfoques varían al ritmo de las estaciones, el fomento de la democracia parece no haber durado más que un veranillo de San Martín. Abogar por las reformas democráticas – cuestión a la orden del día hasta hace escasos meses- resulta actualmente un propósito que se ha desvanecido en el aire como una voluta de humo, sin dejar rastro.

Ni Estados Unidos ni sus amigos ni sus enemigos hablan más de democracia. Un sistema democrático eficaz representa una amenaza para todos ellos.

Estados Unidos descubrió en su momento que la democracia en Oriente Medio puede significar la toma del poder a cargo de fuerzas antinorteamericanas tales como Hamas. En general, los políticos y gobiernos pronorteamericanos son corruptos e inaceptables a ojos de su pueblo. Por ello Al Fatah y Mahmud Abbas perdieron frente a Hamas.

Los gobiernos de Arabia Saudí, Egipto, Jordania e Iraq son firmes partidarios de Estados Unidos. Todos ellos han suspendido su serpenteante trayectoria en dirección a la democracia… Salvo el engaño de Iraq, que constituye un ejemplo singular bien conocido, los restantes países han caído en la cuenta de que Estados Unidos ya no es un país comprometido en el impulso de las reformas democráticas en el Oriente Medio árabe. En consecuencia, saben que Estados Unidos no tiene otra opción más que la de apoyarse en su concurso para mantener su influencia regional, de tal manera por cierto que ellos se sirven de tal instrumento para volver a su actitud abiertamente dictatorial.

La posición de Arabia Saudí como principal país productor mundial de petróleo en época de escasez en los mercados significa que Estados Unidos no respaldará probablemente ninguna medida susceptible de amenazar la estabilidad del país ni ninguna otra que pudiera poner en peligro el suministro regular de petróleo.

Por otra parte, la creciente amenaza islámica ha venido a incluir la cuestión de la estabilidad del país en la lista de prioridades que atender. La consideración de que cambiar la naturaleza del Gobierno saudí es poco menos que imposible ha venido siendo familiar en tiempos recientes, pero en estos momentos la situación ha adquirido tintes más dramáticos y espinosos: una amenaza abierta a la estabilidad del país podría hacer subir aún más el precio del petróleo y poner en peligro, de hecho, toda la economía mundial.

La familia real saudí se ha valido de esta circunstancia para volver a gobernar el país como una monarquía absoluta. Ha podido observarse un señalado e indudable aumento del número de personas detenidas por las fuerzas de seguridad. Además, la mitigación de las cortapisas y trabas a la actividad política y el reconocimiento de los derechos básicos de las mujeres – incluido el de conducir un coche- se han visto interrumpidos y cercenados. Las filas de los efectivos de las fuerzas de seguridad se han visto engrosadas y el país se asemeja a un enorme campo de concentración.

El Gobierno de Mubarak en El Cairo no tiene petróleo de qué valerse como herramienta para que Estados Unidos cese de abogar por el cambio y las reformas democráticas, factor que podría revertir en el derrocamiento de Mubarak. Pero las tendencias anti-Mubarak son tan pronunciadas e intensas en Egipto que aun el más nimio error de cálculo podría resultar en una revuelta en las calles. Además, la victoria de Hamas está alentando a los islamistas egipcios a desafiar a su Gobierno. Estados Unidos, privado de la posibilidad de promover la democracia sin al propio tiempo contribuir a segarle de hecho la hierba bajo los pies a Mubarak, ha decidido seguir la política de más vale malo conocido…La única alternativa ante Mubarak son los islamistas: no es opción admisible.

Egipto es árabe, musulmán y africano: cumple un papel que le es propio y, en este sentido, singular. Tampoco en este caso es viable un cambio de régimen. Comportaría repercusiones negativas sobre Arabia Saudí y daría el golpe de gracia a la necesaria función del país con respecto al conflicto palestino-israelí, insuflando aún más energía en las tendencias, grupos y movimientos islamistas en Libia y otros países africanos. Además, Al Azhar, el principal centro de irradiación y formación académica islámica, caería en manos de fuerzas antiestadounidenses que lo emplearían como una plataforma y trampolín de sus ideas y objetivos.

A imagen y semejanza de los saudíes, el Gobierno egipcio ha sacado tajada de los apuros de Estados Unidos. Las fuerzas de seguridad egipcias han empleado abiertamente la violencia contra sus adversarios y oponentes del régimen de Mubarak; las disidentes han sido violadas. La en su día prensa libre egipcia se halla bajo fuego graneado del régimen… En los tiempos que corren, Estados Unidos no se da por enterado.

Jordania, aun siendo menos importante que Arabia saudí y Egipto, parece salir a la palestra tras años de hibernación política. El fracaso de la coalición en Iraq ha hecho del país una base contra la insurgencia tanto en Iraq como en la hostil Siria. Las relativamente permeables fronteras jordanas con estos últimos dos países, así como su buena voluntad y disposición para servir de base a la CIA y a las fuerzas armadas estadounidenses, la han dotado, en un santiamén, de notable importancia. Como en el caso de Arabia Saudí y Egipto, Jordania se beneficia de su nueva posición en el tablero para extraer réditos económicos. Jordania, en correspondencia por el respaldo a Estados Unidos contra la insurgencia iraquí y el peligro sirio, confía en que Estados Unidos deje de promover y suscribir iniciativas para instaurar la democracia.

Una vez más, puede constatarse que todo ello ha entrañado cientos de detenciones de activistas políticos y renovados intentos de controlar los medios de comunicación. Y Jordania lleva la voz cantante en la empresa de poner palos en las ruedas del Gobierno de Hamas elegido en las urnas por la población palestina.

Sin embargo, los gobiernos pronorteamericanos no están solos en la voluntad contraria a adoptar la democracia como sistema de gobierno. Importantes y destacados grupos y formaciones políticas islámicas antinorteamericanas son del mismo parecer e inclinación. A decir verdad, tras lo que le ha sucedido a Hamas después de las elecciones palestinas, la mayoría de los grupos y movimientos islamistas preferiría no ganar elecciones ni formar gobiernos…

Gobernar un país aporta indudablemente mayor claridad a la opción islamista en el plano político, de modo que a Estados Unidos le resulta más fácil y cómodo luchar contra ella (como contra Hamas). En tales condiciones, un enfrentamiento entre Estados Unidos y un Estado nación musulmán, a diferencia de un conflicto entre Estados Unidos y un movimiento informe, permitiría una victoria estadounidense. Porque un país y un gobierno constituyen objetivos identificables; pueden ser invadidos o cabe inmiscuirse en sus asuntos políticos y económicos; un movimiento, por el contrario, es un objetivo esquivo.

En consecuencia, he aquí que de la noche a la mañana nadie apoya las reformas democráticas, ni Estados Unidos ni sus aliados ni sus enemigos. La última vez en que tales fuerzas sostuvieron similares puntos de vista fue cuando respaldaron a Osama bin Laden y sus muyaidines en Afganistán. Estados Unidos les necesitaba para combatir contra Rusia. Los gobiernos árabes pronorteamericanos enviaron a Osama y sus huestes a Afganistán para librarse de ellos. Y tanto él como sus seguidores islamistas necesitaban un refugio en un momento en que las fuerzas de seguridad de Arabia Saudí, Egipto y Jordania les estaban infligiendo grandes pérdidas y daños.

Las consecuencias de esta convergencia de líneas nos resultan hoy familiares. Es muy posible que el actual rechazo de la democracia acarree igualmente dramáticas consecuencias y efectos. Las causas de la democracia y de los derechos humanos y las oportunidades de un Oriente Medio más avanzado y en mejor situación experimentan, ya actualmente, los efectos perceptibles de una dura bofetada.