¿Qué hacer a propósito de Rusia?

Por Walter Laqueur, director del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 29/05/07):

Las relaciones entre el Kremlin y Occidente han ido deteriorándose y pueden empeorar aún más. Surge, pues, la pregunta sobre qué puede hacerse para normalizarlas. Hasta cierto punto, hay que achacar las responsabilidades a Occidente, que abrigó expectativas poco razonables tras la caída de la Unión Soviética. Numerosos políticos occidentales supusieron que Rusia se convertiría en breve en una democracia y reconocería la pérdida de su imperio, de modo que, por tanto, había buenas razones para pensar que se convertiría en un estrecho socio y aliado de Occidente.

La Unión Soviética fue mi campo específico de estudio durante bastantes años y cuando escribí un libro en 1990 titulado El largo camino a la libertad algunos críticos juzgaron que era demasiado pesimista. ¿Por qué consideraba yo que se trataría de una larga senda? Por desgracia, se está demostrando aún más larga de lo que yo había sospechado…

Debe tenerse en cuenta, en efecto, que Rusia había sido una democracia tan sólo durante escasos meses en el curso de su dilatada historia, en 1917. Pero volviendo a mi estudio, ¿era realista suponer que la policía secreta iba ahora a democratizar el país? ¿Existían razones sólidas para suponer que toleraría la pérdida del imperio? Hoy conocemos la respuesta. Algunos políticos y comentaristas en Occidente han reaccionado de manera exagerada frente a su propia decepción.

Pero Rusia no está avanzando hacia el fascismo, como teme una parte de ellos.

El nuevo régimen es una autocracia, en ciertos aspectos bastante similar a la Rusia zarista. La mayoría de la población rusa parece conformarse con esta situación; al menos la prefiere a la democracia al estilo occidental, que – dice- dadas sus tradiciones entrañaría caos y anarquía. “Necesitamos una autoridad fuerte” , afirma. Cierto, Occidente no puede aceptar una conducta inaceptable como la de enviar asesinos al extranjero como en los antiguos tiempos para liquidar a enemigos del régimen. Sin embargo, no parece venir muy al caso sermonear a los líderes rusos para que respeten la ley y no violen los derechos humanos; al pueblo ruso corresponderá democratizar su régimen y tal vez, en el curso de los años (o de los decenios), realizará progresos en este sentido.

El auténtico problema estriba en la política exterior rusa. La nueva Rusia tiene fronteras con otros 17 estados y mantiene conflictos – de mayor o menor importancia- con todos excepto con dos. Resulta de lo más natural que el Kremlin quiera devolverles a su esfera de influencia, como también lo es que sus vecinos no quieran perder su independencia. Hasta cierto punto, estos vecinos pequeños habrán de tomar los intereses de Rusia en consideración. ¿Era realmente necesario retirar la gran escultura situada en la capital de Estonia que conmemora la gesta de quienes murieron en combate contra la Alemania nazi? (aunque la reacción rusa también resulta un tanto sospechosa: los neonazis suelen desfilar por las calles de Moscú gritando ¡Heil Hitler! sin que a nadie le llame excesivamente la atención y, menos aún, al Kremlin y a la policía).

Los líderes rusos afirman que se sienten en peligro por la ampliación de la OTAN. Razonan que una decena de baterías antimisiles instaladas en Europa del Este contra potenciales armas nucleares iraníes constituye una amenaza mortal para Rusia con sus miles de misiles de todas clases.

Probablemente debería hacerse algo para tranquilizar a los líderes rusos: tal vez, la idea de una defensa común. Pero ello remite a un problema más profundo: ¿creen realmente que alguien en Estados Unidos (más que preocupado por Iraq y Afganistán) o en Europa (tan débil militarmente) les amenaza? Es muy difícil de creer. Putin y sus colegas son seres racionales y seguramente no pueden dar crédito a tales absurdos. En otras palabras, sus quejas pueden ser únicamente pretextos para subrayar otras demandas, exigencias o reclamaciones. Ser antioccidental es ahora muy popular en Rusia y Putin sólo dice lo que la gente quiere oír. No obstante, no es posible estar totalmente seguro. Existe una dilatada y poderosa tradición en Rusia según la cual suele darse crédito a peligros y conspiraciones imaginarias. Hasta el último momento, Stalin creyó que Occidente era el verdadero enemigo, no Hitler, y esta tradición se remonta a mucho tiempo atrás. Si los líderes rusos procedieran de forma racional, serían conscientes de los auténticos peligros a largo plazo para la supervivencia de su país, en el Lejano Oriente, Siberia, Asia Central y el Cáucaso. Por el contrario, se concentran en amenazas inexistentes.

¿Qué características debería tener la política occidental? Rusia debería ser tratada como una buena relación que en estos momentos se siente a la vez presa de exaltación y enfado (o dice sentirse así). Debería ser tratada con cortesía y respeto, sin caer en provocaciones. Rusia no es un peligro, su población mengua con rapidez. Moscú es una capital en auge, pero el campo ruso se vacía. Su poder se apoya en la exportación de petróleo y gas y en algunos minerales.

Rusia podría constituir un peligro únicamente si Europa dependiera excesivamente de las importaciones de petróleo y gas. Es absolutamente legítimo que Rusia intente obtener los mejores y más elevados precios por sus exportaciones: todo el mundo lo intenta. Pero existe el peligro de que la dependencia pueda convertirse en un instrumento de chantaje político. De ahí la urgente necesidad de que Europa desarrolle y se asegure otras fuentes de energía.