¿Qué podemos esperar de la reunión del G-8?

Por Valéry Giscard d’Estaing, ex presidente de Francia. Presidió la convención que elaboró el proyecto de Constitución europea. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 05/06/07):

En estos momentos en los que el grupo de los ocho países más industrializados del mundo (G-8) va a celebrar su reunión número 33 desde que se fundó en 1975, en la localidad francesa de Rambouillet, podemos hacernos dos preguntas: ¿resulta aún apropiada esta estructura para un mundo económico transformado desde hace 30 años por el crecimiento y la globalización? ¿Y qué resultados podemos esperar de esta reunión de un grupo que no tiene ningún poder de decisión?

Cuando creamos el Grupo de los Siete en 1975, sin la participación de la Rusia de entonces, teníamos un objetivo concreto: permitir que los líderes de los grandes países industrializados sostuvieran un debate íntimo y personal sobre los problemas económicos del momento. Para evitar los excesos burocráticos, que podían quitar a la reunión la espontaneidad y la libertad de expresión y, por tanto, todo interés, cada delegación estuvo formada por sólo tres personas, y todos los participantes se reunieron en una misma sala, en la planta baja del palacio de Rambouillet.

Desde aquel entonces, el sistema ha degenerado ante las presiones de las burocracias nacionales. Cuando leo que, en Heiligendamm, los jefes de Estado y de Gobierno van a estar acompañados por 2.000 personas, entre consejeros y otros, pienso que hay pocas posibilidades de que logren la intimidad y la sinceridad que son condiciones indispensables para este tipo de encuentro. Estaría bien que a la canciller alemana, Angela Merkel, que se ha encargado con gran competencia de preparar la reunión, se le ocurriera intentar decidir que, en el futuro, la participación directa o indirecta de cada Estado se limite a un número fijo, 10 o 15 personas como máximo, lo cual permitiría volver a unas reuniones más modestas, más íntimas, acordes con los tiempos, y quitar argumentos a una parte de quienes critican este espectáculo ostentoso.

¿Sigue siendo representativo el Grupo de los Ocho? Desde luego que sí, porque el peso económico de sus miembros representa el 63% del PIB mundial y aproximadamente el 50% del comercio internacional de mercancías, además de que financia alrededor de las tres cuartas partes de la ayuda al desarrollo. Sin embargo, es evidente que no incluye entre sus miembros a los países con mayor índice de crecimiento, como China, India y Brasil. Seguramente no serviría de nada incorporar nuevos miembros, porque sus deliberaciones quedarían desnaturalizadas, pero ése es un argumento más para hacer que recupere su vocación original, la de ofrecer a los jefes de Estado y de Gobierno un lugar de discusión e intercambio que les permita conocer con más detalle sus respectivos puntos de vista y extraer espacios de consenso en los que realizar acciones comunes.

¿Qué podemos esperar, pues, de la reunión de Heiligendamm? Ninguna decisión, porque el Grupo de los Ocho no está dotado de ningún poder, pero sí aclaraciones, orientaciones y la búsqueda de ciertos consensos. Podemos esperarlos en relación con tres asuntos.

En primer lugar, la actitud respecto al cambio climático. ¿La negativa de los estadounidenses a ratificar un protocolo vinculante firmado por ellos persistirá más allá de 2012, o puede evolucionar? ¿Cuál es la reacción norteamericana a la decisión del Consejo Europeo de marzo de 2007 de reducir las emisiones de CO2 de la Unión Europea en un 20% antes de 2020 y a la propuesta del primer ministro japonés de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 50% de aquí a 2050? Este es un tema de debate típico del G-8, que requiere una discusión franca. ¿Qué serie de medidas de ámbito nacional está dispuesto a adoptar cada Estado de los que comparten la voluntad política? ¿Y cuál podría ser la estrategia común respecto a los países que tienen un crecimiento elevado y un gran potencial contaminante, y que están al margen del protocolo de Kioto?

Segundo, los desequilibrios económicos mundiales, sobre todo comerciales, y los cambios introducidos por la globalización financiera. ¿Están dispuestos los responsables del G-8 a apartarse definitivamente del sistema establecido tras la Segunda Guerra Mundial, que pretendía obtener una cierta estabilidad de los tipos de cambio y controlar los desequilibrios excesivos?, y, en ese caso, ¿con qué sistema tienen pensado sustituirlo? ¿Deben examinarse con detalle los efectos y los peligros de la globalización financiera y el enorme incremento de los movimientos de capitales?

Por último, el tercer asunto, que es el del desarrollo del continente africano, debe ser objeto de un intercambio de puntos de vista entre los principales países donantes, sin reminiscencias colonialistas ni rivalidades nacionales. El importe de los futuros programas se negociará en las instancias adecuadas, pero es preciso plantearse varias cuestiones de principio: ¿Hay que seguir financiando un modelo de desarrollo de tipo occidental, mal adaptado a la cultura y las especificidades africanas, o hay que tender a que se convierta en una ayuda al empleo e incluso un complemento de ingresos? ¿Y qué medidas enérgicas es preciso tomar para acabar con los desvíos de fondos de la ayuda a todos los niveles, incluidos los paraísos fiscales? Eso quiere decir, por supuesto, que empiecen por dar ejemplo de rigor las grandes instituciones financieras. A todo esto pueden añadirse una reflexión sobre la relación entre demografía y desarrollo y un nuevo impulso a la lucha contra el sida.

Son temas importantes de los que debe hablarse junto a la chimenea, entre dirigentes responsables, sin buscar efectos mediáticos. Por eso sería prudente dejar que sea Angela Merkel la que presente las conclusiones del «grupo» y no dar demasiada importancia a las declaraciones nacionales, que buscan inflar el papel desempeñado en las discusiones por los Estados participantes e incluso por las personalidades presentes.

Al despedirse, los miembros del grupo podrán preguntarse sobre el futuro de la institución. ¿Cuánto tiempo más a durar? Sin duda, uno o dos decenios. Pero, cuando el PIB de China y el de la India superen a los de todos los miembros del G-8, con la excepción de Estados Unidos y quizá Japón -cosa para la que no falta mucho-, convendrá buscar una forma más apropiada de gobierno económico mundial.

Rambouillet habrá cumplido su papel.