¿Quién cuidará de los hijos de Ségolène Royal?

Por Isabel Burdiel, profesora de Historia Contemporánea en la Universidad de Valencia (EL PAÍS, 16/11/06):

Los socialistas franceses eligen hoy a su representante en las elecciones presidenciales de mayo de 2007. Tras la criba de los últimos meses, quedan tres candidaturas. La del socialdemócrata Dominique Strauss-Kahn; la de Laurent Fabius, defensor del no en el referéndum sobre la Constitución Europea de 2005 y supuesto líder del ala izquierda del partido, y, finalmente, Ségolène Royal, a quien se suele definir, ambiguamente, como una política pragmática.

La irrupción de Royal en las primarias fue recibida con mal disimulada hostilidad por los llamados elefantes del Partido Socialista, a pesar de que todas las encuestas apuntan a que es la única capaz de competir en pie de igualdad con el previsible candidato de la derecha, Nicolas Sarkozy.

Aun contando con el desgaste que ha supuesto partir como favorita indiscutible, todos los sondeos dan a Royal como ganadora. Sus oponentes esperan, sin embargo, que sea necesaria una segunda vuelta y unir entonces todas las fuerzas en su contra. Se sabe que Lionel Jospin, tras deshojar la margarita de su candidatura y desistir por falta de apoyos, ha presionado a sus partidarios para que voten a cualquiera menos a ella. ¿Qué hay en Ségolène Royal que irrita tanto a los dirigentes tradicionales del Partido Socialista francés?

Royal ha sido objeto de una deslegitimación sistemática por parte de sus oponentes. En esa deslegitimación la misoginia ha desempeñado un papel fundamental. Para empezar, y a pesar de su sólida carrera política, se ha considerado que no estaba a la altura, que era demasiado inexperta, que no estaba en su lugar, que no era verdaderamente socialista, que su popularidad no iba a durar, que no podía durar. En este mismo periódico, el analista francés Dominique Moisi escribió hace un mes que “el programa de Royal es su popularidad”.

La pregunta respecto al origen de esa popularidad tiende a tener respuestas que no sólo la descalifican a ella, sino que parecen sugerir que el electorado francés es menor de edad. Sus propuestas a favor de una democracia más participativa -los jurados populares de ciudadanos, por ejemplo- han sido ridiculizadas y su manera de tratar a ese electorado -buscando la proximidad personal a través de un lenguaje claro, sencillo y directo- se entiende como simpleza argumental, falta de programa y de ideas claras. Cuando dice que los políticos deberían comenzar por preguntar a la gente “¿qué queréis que hagamos?”, se la tacha de demagoga. Jospin aseguró que las primarias eran demasiado serias como para confundirlas con un concurso de belleza y algún otro dijo que sus mítines tenían un ridículo tufillo a reunión de Tupperware. Su energía y su firmeza han sido tildadas de arrogancia, de un estilo autoritario que podría confundirla con la “estricta gobernanta” de ciertas fantasías masculinas o, con mayor malicia política, con la “dama de hierro” de los conservadores británicos.

La sexualización de Royal, su valoración primero como mujer que como política, ha sido en suma una constante del debate político socialista. Hasta aquí, nada nuevo. Lo nuevo, lo interesante, es la forma en que Royal está lidiando con ello. Muchas veces con el silencio y el desdén, pero otras muchas con la utilización consciente y agresiva de esos brotes misóginos para reforzar su posición política a través de la orgullosa afirmación de ser mujer.

Royal no se disfraza de hombre -como se han visto obligadas a hacer muchas otras mujeres antes que ella- para poder entrar en la vida pública. No soy, dice, la criada que aspira al puesto del señor. Tampoco se siente “un hombre atrapado en un cuerpo de mujer”, como lo hizo la gran precursora del feminismo occidental, Mary Wollstonecraft, en su desesperación por encontrar una identidad adecuada para ese deseo de participar en política.

Royal utiliza conscientemente su imagen de mujer respetable y bella, se enfunda en tailleurs elegantísimos que si no son de Chanel lo parecen, se sube todos los días a unos tacones bien altos y cruza las piernas. Su imagen tradicional y muy femenina le quita viento en las velas a la misoginia tradicional. Eso, quizá, es lo que la hace más intolerable. Nada que ver con el estereotipo machista de la feminista desgarrada, mal vestida y transgresora. Sin embargo lo es. Una feminista que denuncia el machismo de sus compañeros de partido y apela a una sociedad (de hombres y mujeres) que ha cambiado mucho más que sus dirigentes políticos y que rechaza el supuesto, implícito en esas críticas, de que hay una incompatibilidad sustancial entre el hecho de ser mujer y mandar.

Al mismo tiempo, Royal se presenta como una madre de cuatro hijos, preocupada por la familia como vehículo de transmisión de valores y se niega a considerar que esa preocupación deba ser patrimonio exclusivo de la derecha. La última vuelta de tuerca es que jamás se ha casado con François Hollande, el padre de sus hijos, el secretario general de los socialistas franceses que le ha cedido a ella el protagonismo de la candidatura al considerar que era la mejor preparada de los dos. Demasiada perfección. Demasiada versatilidad. Demasiado moderna.

Hoy, ha dicho Royal, una de las principales desigualdades en Francia es la que distingue a las familias que pueden educar a sus hijos y ofrecerles posibilidades de éxito social, y las que no pueden. Los franceses quieren tener una mayor certidumbre respecto a lo que van a transmitir a la generación futura. Es necesario volver a dar esa seguridad en la transmisión y, en ella, la familia es fundamental. Dominique Dhombres escribió un artículo en Le Monde analizando esas declaraciones. Lo hizo a través de la forma en que la candidata iba vestida: una túnica caqui con unas hombreras que a su juicio parecían charreteras. La conclusión del articulista fue “la seguridad es un asunto de los militares y de los policías. La transmisión es un asunto de las madres”. Ségolène sería entonces algo así como la encarnación de la madre y el comandante en jefe que busca hoy la desconcertada sociedad francesa.

Pero ¿es de verdad una madre o una seudomadre? En realidad, ¿no es todo falso?, ¿inevitablemente falso? ¿No hay una inconsistencia profunda en su defensa de los valores familiares, de la transmisión y del orden social?, se preguntan. Laurent Fabius, con la escandalosa pregunta que da título a este artículo, llega más lejos de lo que quizá conscientemente pensaba y trata de alcanzarla a ella (y a su potencialmente ridículo marido) en la línea de flotación. ¿Quién va a cuidar de los hijos de Ségolène Royal? ¿Quién va a cuidar de los hijos de todas las familias francesas, si las madres abandonan el hogar y juegan a ser comandantes en jefe? Uno de sus defensores se apresuró a aclarar que los hijos de Royal y Hollande son ya mayores. Así es que la pregunta, incluso para quienes defienden a Royal, va en serio.