¿Quién es el fascista?

Por Justo Serna, profesor de Historia Contemporánea de la Universitat de València (EL PAÍS, 03/01/06):

Hoy hablamos de cosas simples, archisabidas, pero que conviene recordar en momentos de encono y en momentos de hostigamientos tan estrepitosos como los que estamos viviendo. “La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal”, decía José Ortega y Gasset en un párrafo memorable de La rebelión de las masas. Vale decir, la forma más sofisticada, la técnica más compleja de funcionamiento social es el sistema democrático porque hace convivir a los diferentes, a los que piensan distinto, a los que se contrarían. Lejos de eliminar las tensiones, la democracia liberal reconoce los conflictos, conflictos de intereses o de opinión, y les da un cauce de expresión.

“Ella lleva al extremo la resolución de contar con el prójimo y es prototipo de la ‘acción indirecta’…”, añadía Ortega. Contar con el prójimo, pero no porque piensa igual que nosotros, sino porque sostiene cosas diferentes, porque sus juicios, por muy equivocados que puedan estar, expresan puntos de vista que sería una pérdida eliminar. La mentira, por ejemplo, hay que combatirla con los instrumentos del Estado de Derecho, no dejarla pasar. No podemos quedar indiferentes ante las manipulaciones, ante la perversión de la opinión, ante el mangoneo ideológico, si esos embustes deterioran la convivencia pública o hacen defensa de la violencia. Hay mentiras que sin proclamar el uso de la violencia favorecen la irritación general, el mal estado de los ciudadanos. ¿Qué hacer?

“El liberalismo es el principio de derecho político según el cual el Poder público, no obstante ser omnipotente, se limita a sí mismo y procura, aun a su costa, dejar hueco en el Estado que él impera para que puedan vivir los que ni piensan ni sienten como él, es decir, como los más fuertes, como la mayoría”, insistía Ortega. Resulta difícil esta autolimitación, entre otras cosas porque los recursos institucionales o represivos de ese Estado podrían aplicarse con gran eficacia para acallar a quienes incordian o molestan y no sólo a quienes amenazan o mienten con el afán de destruir. Es decir, entre la inacción (el todo vale en virtud de la libertad de expresión) y el intervencionismo que fiscaliza, controla, limita, persigue a poca disensión que haya, sólo hay un trecho corto y la tendencia de los poderes es usar aquello que más a mano tienen: la represión. Por eso, añade Ortega, la democracia liberal es un marco en el que se hace explícita “la suprema generosidad”. En ella se pregona “el derecho que la mayoría otorga a las minorías y es, por tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta. Proclama la decisión de convivir con el enemigo; más aún, con el enemigo débil”. La generosidad suprema no es la que se da con el igual o con el afín, con el adherente o con el próximo, sino con el distante, con aquel con quien no nos une o no compartimos casi nada. Pero esa generosidad ante el enemigo, la que dispensa la mayoría a la minoría, la que permite la supervivencia, la que se fundamenta en la negociación, no proclama el diálogo con quien no respeta las bases mínimas de esa convivencia, con quien niega legitimidad a quien quiere dialogar precisamente. No podemos hablar con quien no quiere hablar, pero hay que parlamentar con quien parece estar dispuesto a dejar de hostigarnos brutalmente. Ha de dar pruebas suficientes y sobradas de que es posible el diálogo, pero si por nuestra parte nos cerramos enteramente (por principios, por convicción, por fundamento) a iniciar ese parlamento, entonces agigantamos aún más el abismo que nos separa.

Según admite Ortega inmediatamente, “era inverosímil que la especie humana hubiese llegado a una cosa tan bonita, tan paradójica, tan elegante, tan acrobática, tan antinatural” como es la democracia liberal. Aceptar la pluralidad de intereses, admitir la legitimidad de los conflictos y de las opiniones diversas es un logro civilizado, lo que no significa que esos juicios que nos son contrarios debamos aceptarlos sin más para callar los nuestros. Lo bonito de la democracia liberal es dar visibilidad legal a esos conflictos y sobre todo excluir la violencia. ¿Y qué es lo civilizado? “La barbarie es ausencia de normas y de posible apelación. El más o menos cultura se mide por la mayor o menor precisión de las normas”. En efecto, se mide por la densidad normativa de la sociedad y del sistema político. Eso no quiere decir que el Estado deba regularlo todo, sino que debe crear un espacio jurídico en el que no haya lugar a la improvisación o a la arbitrariedad, un ámbito o dominio en el que todos sepan a qué atenerse y en el que la vulneración de esas normas bien fijadas y claras tenga respuesta institucional prevista.

La violencia, pues se reduce a ultima ratio. Más aún, la violencia (incluso la violencia verbal) como principal recurso es la antítesis de la civilización y eso lo hemos conocido bien en Europa, en la Europa tan satisfecha de su civilización y que ella misma ha arruinado en diferentes ocasiones. Hacia los años veinte y treinta, decía Ortega, aparece en el Viejo Continente “un tipo de hombre que ‘no quiere dar razones ni quiere tener razón’, sino que, sencillamente, se muestra resuelto a imponer sus opiniones”. Ese hombre violento, intoxicado con su propia agresividad verbal, ese hombre que impone sus opiniones sin razonar, sin argumentar y, sobre todo, sin atender a la supervivencia del contrario, sin respetar a las personas que piensan distinto, se encarna especialmente en la figura del fascista.

El fascista es alguien que tiene un acusado sentimiento de crisis, alguien que cree en el declive imparable de su patria; alguien que hace de la nación su hipóstasis y su primacía; alguien que se juzga como víctima de una injuria inextinguible; alguien que ve enemigos por todas partes, extranjeros llenos de doblez o nacionales que abdican; alguien que predica una integración más firme y más estrecha en la comunidad a la que hay que rendir tributo; alguien que deplora las formas suaves del gobernante negociador, justamente porque valora la superioridad de un liderazgo fuerte, incluso instintivo; alguien que basa su empeño en la voluntad. Para que el fascista triunfe necesita un partido y hoy, felizmente, no hay organizaciones que tengan la presencia y la fortaleza suficientes como para hacer peligrar el vigor de la democracia liberal. Pero no nos engañemos, pues ciertas propensiones de la conducta pública entre periodistas y políticos reproducen hábitos del pasado que los fascistas encarnaron como nadie: el estrépito verbal, la chulería arrogante, la violencia expresiva, el grito, la descalificación, la deslegitimación, el desgarro y el victimismo, la suspicacia. ¿Hasta cuándo?

Regresemos a lo dicho por Ortega, cosas archisabidas -insisto- que hasta da rubor tener que recordarlas. “Trámites, normas, cortesía, usos intermediarios, justicia, razón (…). Se trata con todo ello de hacer posible la ciudad, la comunidad, la convivencia”. Y “civilización es, antes que nada, voluntad de convivencia”. Pues eso.