¿Quién es el que debe “mantener el rumbo”?

Por Paul Kennedy. Ocupa la cátedra J. Richardson de Historia y es director del Instituto de Estudios sobre Seguridad Internacional en la Universidad de Yale. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 22/01/07):

Desde que el Gobierno de Bush invadió Irak, en la primavera de 2003, el debate entre los políticos estadounidenses y las figuras intelectuales públicas que les asesoran ha tenido un cariz extraño y vagamente surrealista. Al decir “surrealista”, me refiero simplemente a unas políticas que están cada vez más alejadas de la realidad internacional, como si quienes las propugnan hubieran entrado en un mundo mental exclusivo de ellos.

Véase, por ejemplo, la reacción de los neoconservadores ante el reciente y realista informe del Grupo de Estudios sobre Irak, presidido conjuntamente por James Baker y Lee Hamilton. El documento deja muy claro que la estrategia actual en Irak no está funcionando. La situación sobre el terreno es cada vez peor. Está en marcha una guerra civil. Sin sugerir que haya que “salir corriendo” inmediatamente, el informe Baker-Hamilton está claramente a favor de una retirada calibrada.

Se podría pensar que el informe iba a ser bien recibido por todos los políticos y estrategas de sillón que nos metieron en la guerra. Sin embargo, tras un breve periodo de murmullos discretos, los halcones han vuelto, en una carga encabezada por su periódico favorito, The Wall Street Journal; al día siguiente de que el grupo de estudios se reuniera con el presidente Bush, el diario publicó un editorial titulado El Grupo de Líos de Irak.

El informe Baker-Hamilton es una chapuza, dicen los archi-intervencionistas; es la labor de unos políticos nacidos para negociar compromisos.

No hay que hablar de apaciguamiento, retirada ni rendición. Estamos en una lucha a muerte, así que lo único que se puede hacer es “mantener el rumbo”, si es preciso con un mayor refuerzo de tropas. Dado que éstos son los sentimientos del propio presidente Bush, no es extraño que anunciara una “nueva” estrategia, consistente en enviar aproximadamente 20.000 soldados más a Irak, con lo que, en definitiva, rechaza las recomendaciones del informe.

Son palabras combativas que prometen un plan de lucha. Pero ahí está el problema, por desgracia. De acuerdo con la mayoría de las informaciones sobre la situación actual del ejército estadounidense, no hay suficientes soldados disponibles para enviar a Irak y garantizar una sólida victoria militar sobre el terreno.

Como subraya el experto en política de Defensa Charles Pena, del Independent Institute, la norma general del ejército es que haya dos unidades descansando, entrenándose, reclutando o reacondicionándose por cada unidad en servicio activo, y eso significa que el barril está prácticamente vacío. Según dice Pena, “los 152.000 soldados presentes en Irak exigen otros 304.000 para hacer turnos de rotación, es decir, un total de 456.000 soldados; una cifra peligrosamente próxima al tamaño total del ejército actual en activo”.

Eso sin incluir los despliegues de tropas en otros lugares conflictivos como Afganistán y Corea, que es de suponer que también necesitarán esa rotación. Los trucos y las estratagemas como llamar a filas a los reservistas o aplazar los permisos no sirven de nada. Por consiguiente, dice Pena, la política actual es insostenible.

No obstante, independientemente de que sea sostenible o no, la posición de “mantener el rumbo” que defienden los neoconservadores suscita una duda ética de tipo más general. ¿Quiénes son exactamente los que van a tener que “mantener” el rumbo y seguir luchando en el centro de Tikrit, en Faluya y en cada carretera plagada de bombas? ¿Serán los brillantes intelectuales de derechas, jóvenes y no tan jóvenes, que disfrutan de cómodos despachos y salarios en sus think-tanks? Lo dudo.Desgraciadamente, Estados Unidos libra hoy una guerra mucho menos democrática que hace 60 años, y la verdad es que los reclutas que se incorporan al ejército reflejan nuestra sociedad distorsionada y clasista. Ningún congresista ha renunciado a su escaño para ir a luchar al frente, como hizo Winston Churchill en 1915. Y son muy pocos los que tendrán a sus hijos patrullando esta noche en Bagdad o cualquier otra ciudad iraquí.

Muy pocos o ninguno de los “distinguidos profesores” de instituciones de derechas que se alimentan de la política de Washington van a ponerse un uniforme. Y, en cuanto a los banqueros, abogados, consultores y especialistas médicos bien pagados de los barrios lujosos de Los Ángeles y Long Island, ¡qué va! Su problema es cómo conseguir un nuevo Ferrari antes que el vecino.

No, los que están luchando en esta guerra, a los que ahora se pide que mantengan el rumbo, proceden de otras clases sociales y otros distritos postales. En un montaje conmovedor pero verdaderamente inquietante que apareció el día de Año Nuevo, The New York Times reproducía fotografías de todos los soldados estadounidenses muertos en Irak desde octubre de 2005, es decir, desde que murieron los primeros 2.000. Los muertos eran -decía el artículo que acompañaba las imágenes- “sobre todo, hombres blancos de áreas rurales, soldados tan jóvenes que aún tenían fresco el recuerdo de sus hazañas en el fútbol americano del instituto y sus correrías de adolescentes”. Había también un número importante de afroamericanos e hispanos.

A primera vista, no me pareció que hubiera entre los fallecidos muchos procedentes de la Facultad de Derecho de Harvard, la firma Goldman Sachs o algún instituto de cirugía facial de California. Nuestro país está completamente dislocado en este sentido, y la mayoría de la gente seguramente lo sabe pero no lo quiere decir, porque podría evocar una palabra tabú: el reclutamiento obligatorio.

Gobernar es tomar decisiones difíciles. Pero a los dirigentes políticos de Estados Unidos no les gusta, así que vamos a pedir a nuestras cansadas tropas que vuelvan a “aumentar”.

Puede que de esa forma obtengamos la victoria -si es que alguien sabe qué significa eso-, pero será un proceso divisivo e inmoral, porque las clases altas y nuestros patrióticos intelectuales pueden eludir hábilmente las penalidades de la guerra. Por tanto, si en las semanas y los meses venideros oyen a algún político o experto neoconservador insistir, desde la tranquilidad de un estudio de televisión, en que debemos “mantener el rumbo”, por favor, por favor, pregúntenle: “¿Quién cree usted que va a mantener el rumbo a medianoche en el centro de Faluya?”.

A lo mejor, por una vez, podrían dejar a esos hipócritas sin habla.