¿Quién mató a Benazir Bhutto?

Por Rami G. Khouri, columnista del diario de Beirut Daily Star y director del Instituto Issam Fares en la Universidad Americana de la capital libanesa.Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 29/12/07):

El trágico asesinato de la ex primera ministra Benazir Bhutto va a sumir Pakistán en el luto y el caos. Su muerte simboliza el desastre general que nos envuelve a todos, sobre todo en Oriente Próximo y Asia, pero también en Estados Unidos y parte de Europa. Lo significativo de este último asesinato -y de los que seguramente vendrán a continuación- es lo común, casi inevitable, que se ha hecho este tipo de suceso en nuestra zona del mundo.

Si queremos poner fin a este horror que está devorando cada vez más regiones árabes y asiáticas y absorbiendo ejércitos de Estados Unidos y otros países occidentales, debemos empezar por hablar seriamente sobre qué significa y por qué ocurre.

Debemos ignorar, en general, las numerosas exhortaciones que oímos estos días sobre democracia, estabilidad, contención, terrorismo y paciencia ante el extremismo. Son llamamientos cada vez más vacuos por parte de dirigentes que prefieren no tener en cuenta la miserable y fundamental realidad: gran parte de la inmensa región que va desde el Norte de África y Oriente Próximo hasta el Sur de Asia vive definida por la violencia política como hecho cotidiano.

Un signo revelador hoy en Pakistán, como desde hace muchos años en Líbano y otros países con heridas similares, es que podemos identificar a varios posibles culpables, porque son muchos los políticos -tanto “buenos” como “malos”- que matan -u ordenan matar- como parte integrante de su trabajo.

Benazir Bhutto ha muerto asesinada como su padre y su hermano, como generaciones sucesivas de otras familias políticas en los países árabes y asiáticos. La falta de novedad es otro indicio revelador que debería aclararnos el sentido general de este crimen, que va más allá de las fronteras de Pakistán. Después de que hayamos guardado luto por una familia y todo un país, debemos abordar el carácter crónico de la violencia política tratando de entender el fenómeno en su conjunto, y no sus manifestaciones aisladas y episódicas.

Un primer paso sincero en esta dirección sería reconocer que la violencia política no se produce en un vacío histórico. Los pistoleros aislados, las milicias locales, los terroristas suicidas, los ejércitos oficiales e incluso los dirigentes elegidos democráticamente se han convertido en actores de un gran drama mundial. En este escenario, el uso de la fuerza es un hecho cotidiano, y la amenaza del uso de la fuerza está siempre presente. No importa que sea obra de líderes democráticos o dictatoriales: a los niños muertos y las sociedades destruidas por la guerra no les importan esas distinciones.

Cuando la violencia política y militar de dictadores y también de demócratas se prolonga durante varias generaciones, los valores sociales se distorsionan y los valores humanos se desintegran. Da igual que ocurra en Pakistán, Irak, Líbano, Palestina, Egipto, Argelia, Kazajstán, Irlanda del Norte o algunas zonas de la Europa predemocrática.La ausencia de sistemas de gobierno creíbles, basados en el imperio de la ley y la igualdad de derechos de todos los ciudadanos impulsa a la población y a los gobernantes a recurrir cada vez más a la ley de la selva. Utilizan la muerte y la intimidación, en vez de la legitimidad electoral y responsable, para defender sus argumentos, perpetuar sus posiciones y eliminar a sus oponentes.

Cuando todo el mundo emplea la violencia y la intimidación como expresión diaria y habitual de sus objetivos políticos, cuando tanto los terroristas como los presidentes utilizan el fuego para imponer su ley, el círculo de culpabilidad se amplía como las ondas de una piedra arrojada contra el estanque.

En Asia, Oriente Próximo y algunas partes de Occidente, es cada vez más difícil saber la diferencia entre pistoleros, bandas y Gobiernos cuando el recurso crónico a la violencia y la anarquía hace que las muertes y los asesinatos sean constantes y, por consiguiente, inevitables.

Estos días oiremos apasionados llamamientos sobre el valor, la democracia y el terror, tanto de reyes como de caudillos. Mientras nos exhortan a respetar unos valores superiores, estos emperadores están cada vez más desnudos. Es difícil tomar en serio a esos asiáticos, árabes, estadounidenses, israelíes, iraníes, turcos, europeos, africanos y cualquier otro que pretenda recibir ese reconocimiento. Esos presidentes, reyes y señores de la guerra que tanto pontifican sobre la vida y la democracia han pasado la última generación enviando sus ejércitos a la guerra, derrocando regímenes, autorizando asesinatos encubiertos, armando a bandas y milicias, intercambiando armas por favores políticos, comprando la protección de matones, coqueteando con terroristas, elogiando a autócratas, haciendo tratos con dictadores, encarcelando a decenas de miles de adversarios, torturando a voluntad, despreciando la Carta de Naciones Unidas, comprando e intimidando a jueces, ignorando a los auténticos demócratas y negándose ciegamente a oír las simples demandas de sus propios ciudadanos, que exigen un mínimo de decencia y dignidad.

He vivido toda mi vida de adulto en Oriente Próximo -desde los años setenta-, viendo a dirigentes morir asesinados, ejércitos extranjeros derrocar gobiernos, coroneles autóctonos hacerse con el poder, ocupaciones extranjeras que han durado decenios, el imperio de la ley en la basura, constituciones ignoradas y, al final, a la gente corriente que ha decidido no permanecer al margen de la historia ni ser invisible en su propia sociedad, sino, al contrario, insertarse en esos guiones violentos y criminales. La gente decide matar tal como la matan a ella. Se deshumaniza y adopta la misma brutalidad.

¿Quién mató a Benazir Bhutto? Todos la hemos matado, en el Este y el Oeste, Oriente y Occidente, el Norte y el Sur. Todos los que pertenecemos a esta generación brutal y globalizada, que ha hecho que la violencia política dejara de ser un crimen ocasional para convertirla en una ideología y una adicción.