¿Quimeras?

Por Miguel León-Portilla, antropólogo e historiador mexicano (EL PAÍS, 10/07/07):

En México y en otros muchos países hay enormes diferencias entre ricos y pobres. Mientras algunos magnates perciben sumas estratosféricas al día, hay muchos que sólo disponen de lo indispensable para sobrevivir y aun no faltan quienes, en pobreza extrema, con frecuencia no tienen ni para comer.

No sólo en lo económico se dan tales contrastes; también se presentan en campos como los de la educación, la salud y otros. En tanto que unos completan los ciclos que van de la primaria hasta los profesionales y de posgrado, muchos no reciben siquiera la educación básica y vegetan sin preparación para afrontar la vida.

En lo tocante a los que se consideran derechos primarios de los seres humanos, incluso reconocidos por la Constitución de no pocos países, los contrastes entre opulencia y carencia son también enormes. Es cierto que todo ello guarda relación con la riqueza y la pobreza, pero importa señalarlo, ¿no es un derecho humano poseer un lugar donde vivir? ¿Y no lo es recibir atención médica en caso de enfermedad? ¿Y acaso no se tiene derecho a percibir en la vejez una pensión decorosa?

A la luz -o, mejor, ante la sombría realidad- de todo esto quiero esbozar posibles respuestas aunque suenen a ingenuidad, utopía o quimera. Comienzo con los contrastes económicos. Se deben ellos en gran parte a que un porcentaje muy alto de la población tiene percepciones extremadamente raquíticas. Pensemos en los salarios mínimos, o mejor dicho de hambre, y comparémoslos con las jugosas ganancias de muchos industriales, comerciantes, banqueros y aun políticos.

Aquí entra lo que para muchos será no sólo ingenuidad, sino quimera. Imaginemos un magnate de esos cuyas ganancias anuales suman cientos o aun miles de millones de dólares o de euros, ¿no podría dicho señor incrementar los sueldos de quienes trabajan para él en algunas o en todas sus empresas? Digamos que aumentara en un 20 o 30% los sueldos. Al romper los esquemas prevalentes, ¿sería considerado un loco por otros ricachones o quizás algunos se sentirían motivados a imitarlo al menos en parte?

¿Habrá de prevalecer la postura de David Ricardo, “la ley de hierro de los salarios”, dramática enunciación de que los mismos deben permanecer cercanos al nivel de subsistencia de quienes los perciben? O, por el contrario, ¿se valorará el pensamiento de Robert Owen que, tenido en su tiempo como utópico, al incluir temas como el de la reducción de las jornadas laborales, la prohibición del trabajo de los niños, la revisión periódica de los sueldos y el otorgamiento de las prestaciones más elementales, se acerca a lo que hoy se prescribe en la legislación de muchos países?

Frente a la objeción de que tal modo de proceder, al mermar las ganancias, impedirá el desarrollo de las empresas, puede responderse que, elevando el nivel de ingresos del pueblo, éste tendrá mayor capacidad de compra, se elevará en consecuencia su nivel de vida y se reactivará la economía.

Pensemos en otro tema que puede sonar también a quimera. Se habla mucho de necesarias reformas fiscales. En mi quizás ingenua manera de pensar diré que la reforma fiscal, que hace falta con urgencia en México y otros países, debe consistir en grabar los impuestos de quienes mucho perciben y disminuir los de aquellos que tienen poco. Los poderosos se opondrán a semejante medida, pero tendrán que reconocer al fin que sólo así, con un presupuesto más elevado, podrá el Estado atender las necesidades más apremiantes de las mayorías. Se harán realidad, al menos en parte, mejores sistemas educativos, más eficiente atención médica y de seguridad social, otorgamientos de créditos para la vivienda, ampliar y mejorar las vías de comunicación, fomentar la investigación y otras muchas cosas tan requeridas como las mencionadas. Éste sería un camino -¿quimérico?- para atenuar los lacerantes contrastes en que vivimos.

Diré algo que sonará a una tercera y aquí última de las posibles quimeras de las que estoy hablando. ¿Servirá de algo incrementar los sueldos de las mayorías y elevar los impuestos de las minorías si perdura, como hasta hoy, la corrupción en todos o casi todos los niveles? ¿Es una quimera pensar que la corrupción puede abatirse, cuando de mil formas se torna ella presente? Pensemos en las “mordidas” chicas y grandes; demos entrada a lo que pueden significar las ganancias de quienes toleran o participan en el narcotráfico. ¿Cómo puede abatirse la corrupción? Un posible camino -¿otra quimera?- sería exigir legalmente la rendición pública y pormenorizada de los ingresos personales de los gobernantes y servidores públicos. Y, paralelamente, prescribir y hacer también públicas periódicamente las percepciones y ganancias de los magnates y de sus empresas nacionales y transnacionales. Globalizar esta práctica en cumplimiento de preceptos legales, ¿podría abatir la corrupción?

Tal vez estoy saltando de ingenuidad en ingenuidad. Pero, si todo lo que he expresado no es sino un conjunto de quimeras, ¿la respuesta es resignarnos a contemplar cómo las mayorías subsisten en la pobreza o la miseria, en la ignorancia, padeciendo todo género de privaciones alimentarias, médicas y habitacionales? ¿O habrá que aconsejar a todos los desprotegidos en su propia tierra que emigren a algún país rico? ¿Y ello aunque en tal aventura puedan pagar su intento con la pérdida de sus vidas?