¿Tiene sentido permanecer en Afganistán?

Por Tzvetan Todorov, lingüista, historiador y filósofo. Traducción de José Luis Sánchez-Silva (EL PAÍS, 12/10/08):

Desde hace algunos años, 25 de los 27 países de la Unión Europea están implicados en una guerra que se desarrolla a miles de kilómetros de sus fronteras, en Afganistán. Barack Obama, el candidato a la presidencia estadounidense ensalzado en Europa, defiende la continuación de esa guerra tanto como su adversario republicano. Si resulta elegido, promete aumentar el contingente norteamericano para obtener una victoria definitiva. El Parlamento francés sometió a debate la continuidad de la presencia de sus tropas en el conflicto (en un contexto de chantaje afectivo: “Votar no es decir a nuestros soldados que murieron por nada”). Tras una profunda reflexión, el Partido Socialista se atrevió a votar no, aunque puntualizando: no votamos contra la renovación del compromiso francés, sino sólo contra la manera en que ha sido enfocado.

Ante semejante consenso, ¿es aún necesario interrogarse sobre la legitimidad de esta guerra? Habitualmente, suelen darse una serie de razones para seguir. Examinémoslas una por una. “Estamos en Afganistán a petición del Gobierno local”. En realidad, los occidentales entraron en ese país para castigar a los responsables de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y se quedaron con el consentimiento del Gobierno que ellos mismos instauraron. Sabemos de sobra que una petición así por parte de un Gobierno impuesto por un ejército de ocupación no es una prueba en sí misma. ¿No vino precedida la entrada del Ejército soviético en Budapest, en 1956, o en Praga, en 1968, de una solicitud similar? La invitación del Gobierno hubiera debido corresponderse con los deseos de la población. Y hay que rendirse a la evidencia: ésta es hoy mayoritariamente hostil a la ocupación. Los afganos se sienten mucho más cerca de los insurgentes locales, sus compatriotas, que de un ejército extranjero cuyos soldados hablan otras lenguas, practican otra religión, tienen otras costumbres y viven en fortalezas superprotegidas, aislados del resto del país. La prueba: una emboscada que costó la vida a 10 soldados franceses el pasado 18 de agosto no podía ser ignorada por los habitantes más próximos; sin embargo, nadie avisó a los franceses.

Además, los soldados occidentales prefieren responder a los ataques con bombardeos, y éstos producen “víctimas colaterales”. Durante los días siguientes a la emboscada antifrancesa, una incursión aérea causó la muerte de 92 civiles, la mayoría niños. Se han contabilizado 400 bajas civiles desde comienzos de año, sin incluir a los talibanes -que a fin de cuentas también son afganos-. ¿Cómo podrían los ocupantes, responsables de esas muertes, ser amados por la población?

“Estamos en Afganistán para combatir el oscurantismo y la barbarie y llevar el bienestar y la civilización”. Uno se pregunta si la intervención militar sirve a tan nobles objetivos. Es cierto que gran parte de la población afgana es analfabeta, pero probablemente los militares no tengan ocasión de hacer de maestros. Cierto también que oprimir a las mujeres, rechazar a los extranjeros o perseguir a los infieles son comportamientos bárbaros porque consideran a una parte de la humanidad como intrínsecamente inferior a la otra. Pero cabría preguntarse si el ejército extranjero está libre de toda sospecha de barbarie. ¿Se puede calificar de otro modo la tortura practicada en las bases militares estadounidenses, en particular en la prisión de Bagram -situada en el sector donde están las fuerzas francesas-, que sirvió de modelo para la prisión iraquí de Abu Ghraib?

Por otra parte, además de bombardeos y torturas, los occidentales han traído fondos que han permitido construir carreteras, hospitales y escuelas. Así era como las antiguas potencias coloniales justificaban el dominio de los países asiáticos o africanos: al fin y al cabo, les llevaban “la civilización”. Sin embargo, esas potencias fueron expulsadas, pues los pueblos colonizados prefirieron recuperar su independencia, honor y dignidad antes que beneficiarse de los regalos que traían los colonizadores. Como esos beneficios vienen de la mano de la ocupación y la sumisión del país, cumplen una función de camuflaje y de excusa.

En la misma línea, hay quien dice: “Estamos en Afganistán para defender nuestros valores, republicanos o universales, los derechos humanos, la justicia y la paz, la libertad y la igualdad”. Pero la injerencia moderna en nombre de la democracia no es más legítima que aquella otra, más antigua, en nombre de la civilización: en ambos casos los medios utilizados comprometen los fines perseguidos. A veces se añade: “Nos odian y nos atacan a causa de nuestros valores”, pero es más probable que lo hagan por la forma en que se los imponemos: ocupación, bombardeos y tortura.

“Estamos en Afganistán para combatir el terrorismo”. Esta última palabra adolece de cierta vaguedad. Si bien los combatientes de Al Qaeda merecen tal calificativo, éste no basta para definir los diferentes grupos de talibanes, que defienden un islam fundamentalista pero carecen de ambiciones internacionales. A eso hay que añadir los señores de la guerra y los productores de adormidera: la intervención extranjera ha actuado como trabazón de los diversos ingredientes de la resistencia, que gracias a ella ha podido reforzarse estos últimos años. Por lo demás, los insurgentes se comportan más como guerreros organizados que como terroristas anónimos, y libran batallas clásicas. Este estado de guerra favorece a los verdaderos terroristas, que encuentran argumentos para reclutar nuevos combatientes (“expulsar al invasor”) y un campo de entrenamiento a escala natural. Para combatir eficazmente a los terroristas es necesario contar con la simpatía de la población y con un profundo conocimiento de la situación; un ejército de ocupación no cumple esas condiciones.

“Estamos en Afganistán para defender nuestra seguridad”. Tal vez sea ésta la verdadera razón de nuestra intervención. Pero, ¿es el medio apropiado? Los actos de terrorismo en Europa son obra de personas nacidas o residentes en el continente, cuyo resentimiento se alimenta de las imágenes de los estragos infligidos por los ejércitos occidentales a las poblaciones musulmanas: destrucción, daños colaterales, tortura. La herramienta de reclutamiento más poderosa de los nuevos terroristas son las imágenes de la prisión de Abu Ghraib (sobre Bagram sólo disponen de relatos).

A diferencia de los estadounidenses, los europeos no albergan proyectos hegemónicos ni imperialistas. No obstante, sobre el terreno, aunque aportan una gran parte de las tropas, no pueden escoger una conducta propia, ya que la estrategia les viene dictada por el Pentágono. Aunque no torturen, la reprobación cae también sobre ellos: es una de las consecuencias de no disponer de una defensa autónoma.

¿Hay que permanecer en Afganistán, pese a que las razones de la intervención no se sostengan, para no revelar que la OTAN es falible y vulnerable? Eso sería justificar un error pasado con uno presente. Pero ¿qué otra cosa se puede hacer?

Habría que partir de la idea de que la solución a los problemas afganos no puede ser sino afgana. Por tanto, la dirección política del país debería ser más sólida y, para ello, corresponderse con el conjunto de fuerzas afganas o, en todo caso, con la mayoría de ellas. El presidente de Afganistán acaba de dar algunos pasos en esta dirección. Hay que animarle, apoyarle, facilitarle la tarea. Y si se necesitan provisionalmente ejércitos extranjeros para mantener el orden, sería preferible que no estuviesen integrados por occidentales, sino por soldados de los países vecinos geográfica o culturalmente.

Los europeos deberían retirarse lo antes posible de aquellas lejanas tierras -e intentar arrastrar a los norteamericanos-. Podrían actuar más eficazmente con el ejemplo de su prosperidad, unos vínculos económicos ventajosos recíprocamente y la fuerza de sus ideas y valores, que es mayor de lo que creen, pues pueden atravesar muros e incluso derribar imperios. Los europeos deberían retirarse no porque hayan descubierto con estupor que la guerra implica la muerte de sus soldados, sino porque esta guerra es responsable de un número muy superior de víctimas afganas, porque la intervención es rechazada hoy por la mayoría de la población y porque alimenta el antioccidentalismo y, en consecuencia, refuerza el terrorismo. Las exigencias de la moral y las del interés van ahora en la misma dirección.