¿Un seísmo salvador?

Por Sami Naïr, catedrático de Ciencias Políticas y profesor invitado de la Universidad Carlos III de Madrid (EL PAÍS, 29/01/06):

La victoria de Hamás constituye un auténtico seísmo en Palestina y en el mundo árabe musulmán. Tiene una profunda importancia histórica: pone fin a los últimos restos del nacionalismo laico, cuyos fundamentos políticos e ideológicos estaban ya irremediablemente dañados por el autoritarismo antidemocrático de los propios nacionalistas y la política de las potencias occidentales e Israel en Oriente Próximo.

Ahora bien, en Palestina, la victoria del islamismo sobre el nacionalismo laico es también consecuencia de la descomposición interna de la OLP. Esta organización se ha convertido, desde la desaparición de Yasir Arafat, en el símbolo de la sumisión al ocupante israelí, la corrupción y el mercantilismo de una nueva burguesía palestina, según el modelo de las clases dirigentes en el mundo árabe. Su duplicidad, desde la llegada de Mahmud Abbas, ante los servicios de seguridad estadounidenses, que quieren controlar indirectamente a la Policía y el Ejército palestinos, acabó por desacreditarla.

La victoria de Hamás es, sobre todo, una especie de revolución social democrática en el interior de la sociedad palestina contra los grupos dirigentes responsables de la regresión económica y social. El islam militante se ha convertido en la ideología de resistencia de los pobres, los excluidos, los que no tienen derechos, los humillados y los ofendidos.

Además, este triunfo de Hamás constituye un viraje fundamental en la tragedia palestino-israelí. No va a alterar los aspectos esenciales del problema, que sigue estando dominado, sobre todo, por la negativa de Israel a reconocer el derecho a la independencia del pueblo palestino. Pero la llegada de Hamás, probablemente, servirá para dar más credibilidad a la postura del Gobierno israelí, que exigirá la rendición total de los islamistas. Cosa que, por supuesto, no va a producirse.

La pregunta que se hace todo el mundo, desde George W. Bush hasta las autoridades europeas, es si Hamás va a dejar las armas para negociar. Una pregunta que, aunque es legítima, no está exenta de cierta ambigüedad. Los palestinos piensan que debería hacérsele también a Israel. ¿Van a terminar la colonización, los asesinatos “dirigidos”, la humillación cotidiana a la que se somete a los trabajadores palestinos? Por eso es poco previsible que Hamás acepte, como hizo Al Fatah, ser dominado militarmente sin recibir ninguna compensación política a cambio. Su victoria parece, ante todo, un castigo del pueblo palestino a la estrategia de sumisión practicada por la OLP bajo los auspicios de estadounidenses e israelíes. Lo más probable es que Hamás no renuncie a la lucha armada hasta que Israel no renuncie a su lucha, igualmente armada, contra los derechos del pueblo palestino. Es difícil que los islamistas hagan las mismas concesiones que Al Fatah: perderían cualquier legitimidad. El elector palestino ha votado por un movimiento cercano a la gente, preocupado por la solidaridad social, que luche contra la corrupción y resista mediante la fuerza y los sacrificios -por aberrantes e inhumanos que sean- contra el ocupante israelí.

Es evidente que esta actitud no va a favorecer a las fuerzas palestinas moderadas. Pero podemos afirmar también que ha llegado la hora de la verdad para todos los protagonistas de esta tragedia. Para Israel (que, en los años ochenta, apoyó el ascenso del islamismo palestino con el fin de debilitar a la OLP de entonces, laica y moderna), la negociación con Hamás es indispensable y razonablemente inevitable, salvo que quieran encerrarse en una actitud negativa que sería gravemente perjudicial para el pueblo israelí.

Israel tiene derecho a la existencia y a la seguridad, pero Hamás no estará dispuesto a reconocer esos derechos si, al mismo tiempo, Israel no se compromete de manera más concreta a reconocer la existencia de un Estado palestino independiente y con verdadera continuidad territorial. Ésa es la diferencia radical con Al Fatah, que renunció a luchar por medios militares contra la colonización y aceptó el desarrollo de bantustanes en los territorios ocupados, sin obtener más contrapartida que la de permitir a las clases palestinas parasitarias que prosperasen gracias a la corrupción, el nepotismo y el mercantilismo desenfrenado. Hamás sólo puede aceptar la negociación si existe un reconocimiento mutuo. Y tampoco va a intentar destruir por completo Al Fatah; preferirá dominarlo para servirse de él en futuras negociaciones.

¿Qué puede hacer la Unión Europea? Tiene que revisar su actitud respecto a Hamás y concederle una categoría acorde con su representatividad democrática, pero sin dejar de exigir a todos los protagonistas que acaben con el ciclo infernal de asesinatos dirigidos y atentados terroristas. En realidad, de lo que se trata no es de saber qué hacer con Hamás, sino de preguntarse: ¿qué debe hacer la comunidad internacional ante la tragedia palestino-israelí? La respuesta la sabemos desde hace tiempo: imponer la paz. Es urgente la convocatoria de una Conferencia internacional a la que asistan los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, las potencias árabes beligerantes con Israel, los palestinos y los israelíes, para proponer un plan de paz basado en las resoluciones pertinentes de la ONU. La Unión Europea tiene que poder encargarse de esta tarea. Porque, mientras la “comunidad” internacional se niegue a actuar en este sentido, Estados Unidos, Israel y los islamistas seguirán utilizando este territorio y estos pueblos como chivos expiatorios y víctimas de sus intereses.

La victoria de Hamás ha sido democrática y es preciso respetarla. Tal vez es el detonante que hacía falta para que el mundo se dé cuenta de que es preciso actuar con rapidez en Oriente Próximo.