¿Una asociación estratégica con América Latina?

Por Emilio Menéndez del Valle, embajador de España y eurodiputado socialista (EL PAÍS, 29/07/06):

El documento de la Comisión Europea sobre Una asociación reforzada entre la Unión Europea y América Latina (8-12- 2005) dice que “es difícil encontrar en el mundo otra región con la que existan tantas razones para construir una verdadera alianza. Dada la historia y la cultura que ambas comparten, la Unión Europea y América Latina están en condiciones de comprenderse mejor que con otras regiones, por lo que disponen de una gran ventaja para, unidas, multiplicar su capacidad de acción. Por tanto, a ambas les interesa convertirse en aliadas especiales en la escena mundial”. Por su parte, el senador chileno Carlos Ominami escribe: “Un proyecto de tal envergadura sólo ha sido posible [el senador da ya por hecha la alianza] como resultado de una historia común, una cultura común, un conjunto de principios y valores comunes que orientan el desarrollo nacional y las relaciones internacionales, y de una firme decisión política para transformar, todo ello, en una visión y en una acción conjunta para el porvenir”.

Por eso, la Declaración de la IV Cumbre entre la Unión Europea y América Latina / Caribe (ALC) (Viena, 12-5-2006) manifiesta que “sobre la base de nuestros vínculos culturales e históricos estamos decididos a optimizar las posibilidades de acción conjunta de nuestras regiones”. Claro que si -desde un punto de vista español y sirviéndonos de una suerte de principio de subsidiariedad- redujéramos el marco, la afinidad sería aún mayor. Así, Enrique Iglesias, director de la Secretaría General Iberoamericana, escribe: “La iberoamericana es la comunidad de naciones con mayor identidad cultural, histórica y lingüística y, aunque haya diferencias de tamaño, no hay desequilibrios hegemónicos. No hay problemas relevantes de paz y seguridad… Somos, quizás, la zona de paz y seguridad más grande del mundo”. Podría decirse que América Latina es una de las áreas menos belicistas del planeta. Y, por si fuera poco, ALC es hoy -fuera de Europa- el área geográfica en que existen más democracias. Más que en África, Asia o el mundo árabe. De ahí que la principal labor de la UE hacia Latinoamérica no sea ya tanto exportar la democracia como consolidarla. Y hacerlo mediante el fomento de la cohesión socioeconómica y de la integración regional. Y cuanta más integración, mejor crecimiento y mayor cohesión. Desde luego, la tarea es ardua, pues hablamos de una posible alianza entre 58 países: 33, de América Latina y el Caribe, y 25, de la UE. Teniendo en cuenta que en breve dos más (Rumania y Bulgaria) se unirán a ésta, el conjunto equivaldría a casi un tercio de los miembros de las Naciones Unidas.

Más ardua si consideramos que en estos últimos tiempos han aparecido algunas complicaciones -probablemente coyunturales- que dificultan la relación UE-ALC. De nuestro lado, las dificultades de la ampliación, Turquía o la “pausa de reflexión” provocada por el rechazo franco-holandés al tratado constitucional. Ello hizo exclamar hace unos días en Estrasburgo a un activo parlamentario latinoamericano que no necesariamente más europeos equivalen a más Europa, poniendo sobre la mesa el eterno dilema ampliación / profundización.

Por parte latinoamericana están las tendencias centrífugas en la integración andina y en Mercosur (protagonizadas por Venezuela y Uruguay, respectivamente). Maticemos respecto a Uruguay. Si bien es cierto que el tristemente famoso conflicto de las papeleras llevó a su presidente a afirmar que “el Mercosur no sirve”, no lo es menos que posteriormente la vicecanciller uruguaya ha manifestado que “no pensamos dejar Mercosur” (EL PAÍS, Montevideo, 24-5-2006).

Otra dificultad es la existencia competitiva -a veces agresiva- de dos tipos de democracia en América Latina. De una parte, la que podríamos denominar de raíz y cultura preponderantemente indigenista, aliada de la que se autoproclama bolivariana y de otra, la más acorde con nuestro canon democrático occidental. Tal vez sea ésa la causa de un punto un tanto sorprendente, el n° 4, de la Declaración de Viena, que textualmente dice: “Reafirmamos que si bien las democracias comparten características comunes, no existe un modelo único de democracia y que ésta no es exclusiva de ningún país o región”. Lamentablemente, este párrafo podría llevar a alguien a concluir que los predicados “valores comunes” por la Comisión Europea y otras fuentes pueden no serlo tanto. Además -y dando la vuelta al argumento del citado parlamentario-, ¿se podría también acaso concluir que no necesariamente más latinoamericanos equivalen a una Latinoamérica más integrada?

En cualquier caso, debemos apostar por un multilateralismo eficaz que dé protagonismo internacional a la UE, apoyada en la tarea por una Latinoamérica integrada. Por unas relaciones internacionales que tiendan a la paz, eliminen los conflictos y persigan el progreso económico y social sostenible y la cohesión de las sociedades. Aun estando en relativa crisis ambas orillas del Atlántico, merece la pena un esfuerzo multilateralista racionalizador que establezca un marco de cooperación universal y regional donde la actuación unilateralista y hegemónica de una potencia dominante sea muy difícil de llevar a cabo. Como dice Álvaro de Vasconcelos, “sólo una UE con una voz propia en el orden internacional será capaz de contribuir a la ‘multilateralización’ de los Estados Unidos. Pero, al mismo tiempo, las acciones que pueda tomar la Unión por su cuenta serían insuficientes para realizar esta tarea de gigantes, siendo por eso necesario encontrar socios que compartan una visión semejante del orden internacional. Los latinoamericanos serían pares ideales si fueran capaces de profundizar la integración regional”.

En Viena, los logros fueron menos de los previstos. En parte debido al clima de desconfianza europeo tras abandonar Venezuela la Comunidad Andina de Naciones (CAN), la incógnita por la actitud del nuevo Gobierno boliviano hacia dicha organización y la crisis de Mercosur, no circunscrita sólo al conflicto de las celulosas. Pero el clima ha mejorado sensiblemente, haciendo subir las apuestas a favor de una crisis coyuntural y no estructural de la integración latinoamericana. Los datos positivos se refieren tanto a Mercosur como a la CAN. Respecto al primero, hay quien sostiene que la mayor implicación de Caracas en dicha organización ha disgustado a Brasil y Argentina, que ven que Chávez corteja a los países pequeños, quienes, a su vez, mantienen ciertas controversias con los dos grandes.

Empero, bien sea por la sed energética de Brasil y Argentina -lo que atenuaría el supuesto disgusto-, bien por un sincero y renovado afán integrador, el hecho es que a finales de mayo se ha acelerado la incorporación de Venezuela a Mercosur. En Buenos Aires, los representantes de los cinco Estados confirmaron “su compromiso con la consolidación del proceso de integración de América del Sur en el contexto de la integración latinoamericana, proceso que debe ser instrumento para promover el desarrollo integral, enfrentar la pobreza y la exclusión social”.

No es menos optimista el panorama en la CAN. Ante las dificultades presentes, en Viena se dio un plazo para definir las bases de la negociación que conduzca a un acuerdo de Asociación. Pues bien, los presidentes de los cuatro Estados de la CAN se reunieron en Quito el 13 de junio y acordaron “consolidar nuestro proceso integrador y convertir a la Comunidad Andina en un instrumento que nos facilite una mejor y mayor inserción en la economía mundial, con miras a lograr la mejora sostenida del nivel de bienestar de nuestros pueblos”. De ahí que decidieran “impulsar el proceso conducente al inicio de las negociaciones del Acuerdo de Asociación entre la Comunidad Andina y la Unión Europea”. Ojalá esta positiva evolución de la CAN y Mercosur abra definitivamente la vía a los pares latinoamericanos ideales que tanto necesitamos.