¿Una guerra contra Irán?

Por Mariano Aguirre, director del área de paz y seguridad de Fride, Madrid (LA VANGUARDIA, 15/02/07):

Estados Unidos e Israel están incrementando su propaganda para demostrar que Irán posee un programa nuclear secreto y que podría tener armas de este tipo en un corto tiempo. Los informes científicos y de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) indican que no existe ese programa, y que si quisiera pasar de la energía nuclear civil a la militar tardaría alrededor de una década. El Gobierno de Teherán afirma que su programa nuclear es de uso civil y que lo desarrolla en el marco del tratado de No Proliferación de armas nucleares (TNP). Norman Dombey, de la Universidad de Sussex, concluye luego de analizar las capacidades conocidas de Irán que “no hay una amenaza nuclear urgente, como tampoco hay en el horizonte un momento clave después del cual será imposible prevenir al país que cuente con armas nucleares”.

Parecería improbable que Washington se lanzase a otra guerra cuando la de Iraq le ha producido más de tres mil bajas, mayor inestabilidad regional y descrédito en el mundo árabe y en Estados Unidos. Pero analistas como Seymour Hersch consideran que Bush ordenará un ataque aéreo y de misiles (sin invasión por tierra) contra 400 objetivos en Irán para mostrar que mantiene el poder y reafirmar su política que asocia libremente gobiernos críticos con Estados Unidos a la guerra contra el terrorismo. Washington está desplegando fuerzas navales frente a Irán y acaba de acusar a este país de facilitar armas a grupos insurgentes iraquíes. Entre tanto, iraníes en el exilio denuncian el programa nuclear iraní. Los tres pasos recuerdan los preparativos de la guerra de Iraq.

Un ataque contra Irán formaría parte de la estrategia del Gobierno orientada a retomar el liderazgo en Oriente Medio. La idea es aumentar las tropas y ataques indiscriminados en Iraq, presionar a Siria y el posible uso de la fuerza contra Irán. Esta política es el reverso de las recomendaciones que le hizo en noviembre pasado el Grupo de Estudios sobre Iraq. Los expertos liderados por el ex congresista Lee Hamilton y el ex secretario de Estado James Baker sugirieron considerar y preparar una retirada, negociar con Irán y Siria, y reabrir el proceso de paz entre Israel y Palestina.

La tensión entre Washington y Europa sobre Irán es creciente. Londres tiene menos entusiasmo en esta aventura. El Gobierno de Estados Unidos está exigiendo a los europeos que limiten las transacciones comerciales y financieras con Teherán, sin embargo, los europeos son reticentes. Pero el Reino Unido y Francia han cedido al aprobar en diciembre pasado la resolución 1737 en el Consejo de Seguridad de la ONU, que penaliza toda actividad de investigación y desarrollo nuclear de Irán. De este modo se abrió la puerta a un ataque preventivo que sería una violación del derecho que Irán tiene como firmante del TNP de desarrollar y producir energía nuclear para fines pacíficos.

En Israel el debate sobre la cuestión iraní es intenso. Un informe del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional (Universidad de Tel Aviv) indica que “el tiempo trabaja a favor de Irán” y que mientras no se tomen medidas de fuerza, Teherán continuará desarrollando su programa nuclear. Diversos expertos militares sugieren que el Gobierno israelí debe tomar la iniciativa si Estados Unidos no puede o no quiere hacerlo. El Sunday Times de Londres informó en enero de que Israel tiene preparado un ataque con armas nucleares tácticas a instalaciones iraníes, y el viceprimer ministro Shimon Peres exigió en el Foro de Davos que se impulse un cambio de régimen en Teherán.

Un ataque a Irán traería serias consecuencias en la región. Teherán no tiene un ejército poderoso sino que es defensivo, pese a que think tanks de Washington exageran su potencialidad, como se hizo con Iraq. Tampoco cuenta con equipo para resistir una ofensiva aérea, pero podría contestar con centenares de ataques terroristas aunque no fuesen coordinados desde Teherán. La compleja y desarrollada sociedad iraní se vería sumida en una profunda crisis. Se radicalizaría el Gobierno y aplastaría toda oposición. La guerra de Iraq ha producido más de un millón de refugiados y cientos de miles se podrían sumar en la región. Israel pasaría a vivir en la mayor inseguridad. El conflicto palestino quedaría definitivamente lejos de una solución, y después de atacar a dos países de la región en una década Estados Unidos perdería toda legitimidad en Oriente Medio y ganaría muchos más enemigos.

Los gobiernos de países como Arabia Saudí, las monarquías del Golfo y Egipto ven con preocupación el auge del chiismo con centro en Irán, pero nada les garantiza que un ataque sobre Irán no termine siendo contraproducente para ellos. Por encima de todo, el enfrentamiento entre chiíes y suníes en la región se incrementaría, desestabilizando violentamente el área “durante los próximos cincuenta años”, como me dijo un experto en Washington hace pocos días.

Una posible negociación supondría que Teherán permitiese el libre acceso de los inspectores del OIEA y que cumpliese con las normas del tratado de No Proliferación de armas nucleares, al tiempo que Estados Unidos fuese levantando las sanciones y abandonase toda amenaza de ataque y de cambiar el régimen. Irán podría contar con una serie de incentivos económicos y con la posibilidad de enriquecer uranio bajo control del OIEA. La guerra contra Irán no es necesaria, y Europa debe oponerse firmemente a ella.