¿Una historia común?

Por Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza (EL PAÍS, 15/03/07):

Un libro de historia común para los estudiantes de los 27 Estados de la Unión Europea: eso es lo que quieren, y así lo cuentan las crónicas, los responsables de Educación del Gobierno de la canciller alemana Angela Merkel. Parece un sueño, pero supongamos que se obstinan en hacerlo realidad. La pregunta de partida sería, entonces, ¿qué tipo de historia común?

El sueño de que la buena historia debería ser capaz de superar las diferencias nacionales no es nuevo. Ya en las últimas décadas del siglo XIX, la mayoría de los grupos cultos de Europa occidental poseían un sentido del tiempo universal adaptado a la nueva era del imperialismo. Ese sentido del tiempo le dio a Occidente una misión civilizadora basada en la modernización, en la idea de que todo el mundo acabaría como sus países más representativos, en un progreso en el que la libertad y la igualdad legal triunfarían sobre las jerarquías de raza o de clase. Lo que debían hacer los historiadores era estudiar el pasado de forma científica y objetiva. Como lord Acton explicaba a sus colaboradores en la Cambridge Modern History, una ambiciosa historia de Europa cuyo primer volumen apareció en 1902, “nuestro Waterloo debe escribirse de tal forma que satisfaga al mismo tiempo a franceses, ingleses, alemanes y holandeses”.

En todos los países capitalistas más avanzados se intentó a partir de ese momento construir una “historia de consenso”, una “gran historia” que sirviera para reorientar las tradiciones que vinculaban al pasado con el presente. Lograr eso, sin embargo, no fue nada fácil. A las historias triunfalistas construidas desde arriba, con reyes, batallas, “tambores y trompetas”, le salieron desde abajo las divisiones sociales, étnicas, lingüísticas, nacionales, religiosas y de sexo. Frente a la historia apologética del poder, utilizada para generar una mayor lealtad de los ciudadanos a los dirigentes de los Estados, surgió una historia social, enriquecida con los hallazgos de antropólogos, economistas y sociólogos, que escuchaba los ecos de todas las voces marginadas por la historia tradicional.

La guerra se convirtió en una experiencia crucial en las vidas de millones de europeos durante la primera mitad del siglo XX. Al final de la llamada Gran Guerra, la que transcurrió entre agosto de 1914 y noviembre de 1918, el mapa político de Europa sufrió una profunda transformación con el derrumbe de algunos de los grandes imperios y el surgimiento de nuevos países. De esa guerra salieron también el comunismo y el fascismo, las dos nuevas ideologías que se enfrentaron con brutales resultados en la Segunda Guerra Mundial. Al tiempo que pasó entre el fin de esa primera guerra y el comienzo de la segunda lo llamamos periodo de entreguerras, pero en realidad en esa “crisis de veinte años”, como la bautizó el historiador E. H. Carr, hubo algunas “pequeñas” guerras entre Estados europeos, conflictos revolucionarios, contrarrevoluciones muy violentas y varias guerras civiles. Como también ha señalado otro historiador, Richard Vinen, lo más sorprendente de ese periodo “es el sinfín de motivos que descubrieron los europeos para odiarse mutuamente”.

No fue Europa, naturalmente, un territorio libre de violencia antes de 1914 o después de 1945. Ocurre, sin embargo, que los hechos que convierten a ese periodo en excepcional han dejado múltiples huellas inconfundibles. El total de muertos ocasionados por todos esos conflictos, nacionales e internacionales, revolucionarios y contrarrevolucionarios, y por las diferentes manifestaciones del terror estatal, superó los 80 millones de personas. Cientos de miles más fueron desplazadas o huyeron de país en país, planteando graves problemas económicos, políticos y de seguridad. En los casos más extremos de esa violencia hubo que inventar hasta un nuevo vocabulario para reflejarla. El genocidio, por ejemplo, un término ya inextricablemente unido al exterminio de los judíos en los últimos años del dominio nazi.

El estudio de ese complejo pasado requiere una visión crítica que se lleva mal con una historia que resalte los posibles puntos comunes. El consenso y la cultura común los pueden estimular los políticos y gobernantes, seleccionando los acontecimientos y experiencias del pasado, ocultando lo que no les gusta y resaltando los triunfos. Pero la historia es otra cosa. Y por eso los recientes debates sobre ese pasado traumático, sea sobre las víctimas de la Guerra Civil española y de la dictadura de Franco, del gulag soviético o de la Stasi en la antigua República Democrática Alemana, dividen todavía tanto a las sociedades que los confrontan.

Es cierto, sin embargo, que Europa sobrevivió a esas experiencias desastrosas y sobre las cenizas dejadas por tanta guerra y destrucción se consolidaron importantes derechos civiles, legales, políticos y sociales, desde el sufragio universal y las elecciones libres hasta la educación y sanidad para todos. No se trata, no obstante, de conquistas irreversibles, sino de valores que podemos cuidar y compartir o malgastar y destruir. Los movimientos migratorios, las nuevas formas de absolutismo religioso, el terrorismo internacional, la amenaza de destrucción del equilibrio ecológico y los antagonismos económicos y culturales procedentes de China y Asia Oriental van a cambiar nuestras vidas y la visión eurocéntrica que todavía tenemos del mundo.

Los historiadores podemos contribuir a transmitir esos valores de libertad, tolerancia y democracia que la Unión Europea quiere convertir en nuestras señas de identidad. Pero no podemos prestarnos a construir visiones del pasado por encargo, renunciar al análisis riguroso de lo que otros quieren ocultar u olvidar. El pasado persiste, como persisten asimismo sus principales tradiciones políticas que orientan de muchas formas nuestras actuaciones. El mejor ejemplo lo tenemos en España, que es también parte de Europa. Uno ve el espectáculo de intolerancia y mala educación que proporcionan día tras día la derecha política y los medios de comunicación e intelectuales que la jalean y se pregunta: ¿cómo va a haber una historia común?, ¿para qué sirve la historia?, ¿qué enseñanzas les estamos dando a esos jóvenes estudiantes? Sería suficiente con que no nos arruinaran esta democracia por la que tanta gente ha luchado.