¿Una nueva guerra fría?

Por Manuel Castells (LA VANGUARDIA, 16/08/08):

Cuando el 7 de agosto el ejército de Georgia atacó por sorpresa la capital de Osetia del Sur, reduciéndola a escombros y matando al menos a 1.600 civiles, empezó un nuevo episodio en las relaciones entre Rusia y Estados Unidos que algunos observadores interpretan como una nueva guerra fría. La fulminante reacción de Rusia, desmantelando al ejército georgiano en tres días, era de esperar. Desde el fin de la Unión Soviética Estados Unidos ha impuesto su geopolítica a una Rusia debilitada. La guerra de los Balcanes y la secesión de Kosovo fueron una humillación para Rusia. La ascensión de Putin se apoyó en el sentimiento nacionalista ruso que, adoptando la economía de mercado y la sociedad de consumo, no aceptaba sin embargo perder su influencia como país. Aprovechando el temor ancestral de Europa del Este con respecto a Rusia, Estados Unidos y la OTAN han ido estableciendo alianzas militares que han sido percibidas por Rusia como un cerco gradual, simbolizado por el proyectado despliegue de misiles antimisiles y la candidatura de Ucrania a la OTAN. Pero lo inaceptable para Rusia fue el reforzamiento militar de Georgia por parte de Estados Unidos e Israel y el rechazo de la autodeterminación de Abjasia y Osetia del Sur mientras se reconocía el derecho de Kosovo a la independencia. Esta vez Rusia ha dicho basta. En el Cáucaso y en el mundo. La modernización (aún incompleta) del ejército ruso, la consolidación de la autoridad del Estado y la bonanza económica impulsada por los altos precios del petróleo (Rusia es el segundo mayor productor de petróleo y gas en el mundo) sitúan a Rusia de nuevo como poder mundial. Y la Administración Bush, que se inició con la desestabilización del Oriente Medio, puede terminar su triste andanza con una crisis internacional de grandes proporciones.

No está claro por qué el osado presidente Saakashvili empezó una guerra que no podía ganar él solo. Mucha gente, incluido Gorbachov, consideran impensable que lo hiciera sin el consenso de Estados Unidos. Al fin y al cabo, Estados Unidos e Israel llevan años proporcionando armamento de última generación y asistencia militar a Georgia. Estados Unidos para anclar un aliado incondicional en una región estratégica (otro Israel). Israel para proteger el oleoducto que a través de Georgia conduce el petróleo de Azerbaiyán y que representa el 20% de las importaciones de Israel. Parece, sin embargo, que Saakashvili actuó por su cuenta para crear una situación de hecho en la que Estados Unidos tuviese que acudir en su ayuda. Algo difícil, más allá de gestos simbólicos, porque Estados Unidos no está en condiciones económicas o militares de meterse en más aventuras, reservándose como se reserva para una posible confrontación con Irán. En esas condiciones, la crisis podría calmarse. Las tropas rusas podrían retirarse a sus posiciones, Osetia del Sur y Abjasia se reafirmarían en su independencia de hecho bajo protección rusa, y los georgianos, pasado el primer momento de sobresalto nacional, podrían tener dudas sobre las aventuras de su presidente. Sobre todo si se recuerda que hace un año hubo violentos disturbios en Tiflis duramente reprimidos por el Gobierno.

Pero hay quien está por echar leña al fuego. En particular Polonia y las repúblicas bálticas, cuyo nacionalismo antirruso es tanto más virulento cuanto que se sienten protegidas por la Unión Europea y la OTAN. De ahí las peticiones de expulsión de Rusia del Consejo de Europa, la creación de un frente común antirruso de los países vecinos, incluida Ucrania, alineándose con Estados Unidos, y provocaciones como el envío de tropas de Estonia a Georgia en signo de solidaridad militar. Es decir, hay una estrategia deliberada de dirigentes nacionalistas de repúblicas ex soviéticas de llegar a una confrontación con Rusia para obligar a Estados Unidos y a la Unión Europea a defenderlos con todas las consecuencias. Es una estrategia de alto riesgo. Si Georgia hubiera sido miembro de la OTAN como pretendía, con el apoyo de Estados Unidos, el artículo 5 del tratado obliga a los estados miembros a socorrer a uno de sus miembros en caso de invasión de su territorio. Y como Georgia sostiene que Osetia del Sur es su territorio (lo que Rusia, Osetia y Abjasia no reconocen) hubiéramos tenido que entrar en guerra con Rusia (si, usted y yo también como miembros de la OTAN que somos). La Unión Europea puede verse arrastrada a una nueva guerra fría por nacionalismos extremos, como el de Georgia o Estonia, si no se gestiona la situación con cuidado. Es impensable seguir tratando a un país con la fuerza militar, económica, tecnológica, cultural y política que tiene Rusia como si fuera un oso al que hay que hacer bailar al son occidental. La construcción de una relación de cooperación con Rusia es esencial para Europa. Y no puede la Unión Europea entrar en el juego de provocación doble de nacionalismos exacerbados y geopolítica del poder estadounidense. No se puede apoyar la independencia de Kosovo y Chechenia y rechazar la de Abjasia y Osetia. No se puede armar a Georgia con la última tecnología militar y luego condenar la intervención rusa. Y no se puede entrar en la estrategia israelí que utiliza a otros peones para su objetivo final: el ataque a Irán en los próximos meses en medio de una desestabilización general de la región. No, no es una nueva guerra fría. Son las primeras escaramuzas de una guerra caliente en gestación. A menos que Europa frene el proceso y dé tiempo a que Obama llegue a presidente. Si llega, porque uno de los objetivos de esta tensión es favorecer a McCain creando una crisis internacional en la que pueda hacer valer su experiencia y su pasado militar. Saakashvili es una persona inestable que se lanzó a una aventura sin llamar antes a Bush. Pero no es un loco. Así que es probable que alguien lo llamara a él. Un alguien de esa trama que se resiste a dejar de utilizar los atributos imperiales del superpoder.