¿Unión política sin partidos europeos?

Por Cesáreo R. Aguilera, catedrático de Ciencia Política. Universidad de Barcelona (EL PAÍS, 25/09/06):

La política europea pivota alrededor de dos ejes: el clásico derecha / izquierda y el que afecta a la concepción comunitaria bien intergubernamental o supranacional. Se trata de dos dimensiones que se entrecruzan (por ejemplo, no es cierto que todas las derechas sean nacionalistas y las izquierdas federalistas), siendo destacable el hecho de que los partidos son menos cohesivos en el segundo eje. Hasta ahora las esperanzas de los federalistas europeos se habían centrado en las dinámicas objetivamente integracionistas de las instituciones de la UE y de las políticas públicas comunitarizadas. Las primeras tienen un impulso integrador cierto, pero limitado pues se diseñaron desde una óptica funcionalista sin pretensiones de dar paso a genuinas estructuras para un gobierno europeo. Las políticas comunitarizadas ayudan más en aquel sentido, pero por sí solas no bastarán para federalizar.

¿De dónde sacar impulso político integracionista? La respuesta democrática teórica debería ser la de los ciudadanos, pero se constata que las opiniones públicas europeas están muy divididas al respecto y hoy, además, desmotivadas; por no mencionar la ausencia de un verdadero “pueblo” europeo. Por tanto, habría que confiar en las élites políticas pues -se supone- aspiran a dirigir a la sociedad. Si esto es así, la clave está en los partidos: en efecto, pese a toda la literatura sobre la “crisis” de los mismos (¡que tiene más de un siglo de historia!) éstos son objetivamente insustituibles y subjetivamente imbatibles en su ámbito y, por tanto, son los protagonistas del proceso político europeo, tal como recuerda Simon Hix, quizá el mejor especialista al respecto.

En la UE los problemas en este sentido son los siguientes: 1) las federaciones europeas de partidos son, de hecho, virtuales, 2) el nacionalismo (“ir a Europa” a defender los intereses nacionales) está profundamente arraigado en todos ellos y 3) los aparatos nacionales no están dispuestos en absoluto a ceder competencias soberanas propias a federaciones transnacionales de partidos. En consecuencia, hoy por hoy es imposible dar paso a un sistema unificado de partidos europeos, pero sí se pueden dar pasos para reforzar en su seno estrategias integracionistas. Admito que ni aún en el supuesto de que éstas fueran mayoritarias habría plenas garantías para ir hacia una UE como federación política, pero es que sin tal premisa ni se puede arrancar.

Por tanto, la batalla prioritaria está en el seno de los partidos pues sólo si en ellos dominaran los federalistas europeos se podría intentar inclinar la balanza de las divididas opiniones públicas. En otras palabras, el predominio de los europeístas no instrumentales podría facilitar (no asegurar) el progresivo refuerzo de las tesis y las políticas integracionistas, lo que sí contribuiría a cambiar la fisonomía y el carácter de la actual UE. En suma, si la política en general es la suma de estructuras, procesos y resultados se constata que ni las primeras (instituciones) ni las últimas (políticas públicas) son suficientes para el objetivo federal, de ahí que la clave radique en los actores fundamentales de los procesos, los partidos.

En el Parlamento Europeo están presentes cerca de un centenar de partidos, pero hay embriones de unidad: los eurogrupos parlamentarios (siete) y, más interesante, los europartidos (cinco y otro más en proceso de creación). El Partido Popular Europeo -la primera formación de la UE- va bastante adelantado en su configuración, pese a la existencia de sus dos almas con sensibilidades diferentes al respecto (la democristiana tradicionalmente federalista y la liberal-conservadora mucho más nacionalista). Los socialistas europeos tienen asimismo visiones diferenciadas según sus propias tradiciones nacionales (los socialdemócratas alemanes son federalistas, pero los laboristas británicos no). Si esto ocurre en los dos grandes, en el resto el fenómeno de la división se reproduce con más o menos intensidad, aunque entre los Verdes y la izquierda poscomunista (aquí con más matices) predominan de modo bastante claro los integracionistas, mientras que en algunos grupos el rechazo al federalismo es frontal (por ejemplo, la extrema derecha).

En la actual situación, los partidos europeos están más dispuestos a “cooperar” que a “integrarse” y es que la UE no es un estricto sistema político (aunque tenga algunos rasgos) basado en la dinámica mayoría de gobierno y minoría de oposición. Además, no existe una clase política europea como tal y las elecciones al Parlamento Europeo son de segundo orden. Con todo, hay algunos avances en votaciones conjuntas (aumenta la disciplina de voto transnacional) y la regla de la unanimidad se va reduciendo cada vez más. En conclusión, la batalla prioritaria de los federalistas europeos está en el seno de los partidos y, paralelamente, en conseguir revertir la apatía y división de las opiniones públicas explicando las ventajas de tal propuesta.

El afianzamiento del europeísmo político en los partidos y en la sociedad podría facilitar (aunque no asegurar) el progresivo refuerzo de las tendencias federalistas y eso sí que contribuiría a cambiar la actual naturaleza economicista de la UE.