¿Vender crisis humanitarias?

Por Clifford Bob, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Duquesne, Pennsylvania. Autor de Vender la revuelta: insurgentes, medios de comunicación y activismo internacional (Cambridge University Press, 2005). Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 29/06/06):

Durante el verano del 2004, mientras la crisis de Darfur calaba en la conciencia del mundo, el vicesecretario general de la ONU para la Ayuda Humanitaria, el noruego Jan Egeland, hizo una chocante confesión. Al reflexionar sobre los motivos por los que Darfur había concitado súbitamente la atención internacional, a diferencia de otros conflictos sangrientos, Egeland declaró a The New York Times:”No sé por qué un lugar atrae las miradas y otros no. Parece una lotería en la que una cincuentena de grupos explotados y maltratados intenta hacerse con el número premiado; apuestan pero pierden cotidianamente. Yo mismo sostuve que Darfur era el problema cuya solución más apremiaba, pero en términos de magnitud de población desplazada, las proporciones son superiores en Uganda y Congo oriental”.

Numerosas personas comparten el sentimiento de perplejidad de Egeland: ¿por qué ciertos temas y cuestiones sacuden los medios de comunicación y estimulan a las ONG, al tiempo que otros no consiguen atraer el interés y la preocupación internacional? ¿Por qué, por ejemplo, la revuelta zapatista mexicana de 1994 concitó una red internacional de apoyo tan intensa en tanto que el dilatado activismo indígena de Latinoamérica no atrajo esta clase de respuesta? ¿Por qué los tibetanos reunieron tan amplio respaldo en tanto que la minoría uigur del noroeste de China, de similares dimensiones, reivindicaciones y amenazas sobre su comunidad étnica, siguen sin verse apoyados en el extranjero?

Estas preguntas no son meramente académicas. La atención de los medios de comunicación y el activismo de las ONG pueden modificar la dinámica de los conflictos. Mayores recursos, activistas veteranos y nuevos contactos con los políticos clave pueden dar fuelle a los movimientos disidentes y contribuir a presionar sobre los gobiernos represivos y las multinacionales frías y distantes para que adopten actitudes más positivas. Aun cuando ser centro de atención de la comunidad internacional no es prenda de paz o de justicia – piénsese en Darfur-, puede influir en el rumbo de los conflictos.

A la hora de dar cuenta de las mencionadas disparidades en materia de atención mundial, la teoría de la lotería de Egeland no deja de mostrar un punto de verdad: la fortuna desempeña un cierto papel en numerosos fenómenos sociales. Aunque, a decir verdad, un análisis más profundo pone indudablemente al descubierto una subyacente racionalidad y congruencia… que, lamentablemente, no por ello adopta la forma de una meritocracia del dolor, como han expresado algunos dirigentes de ONG. Según las líneas maestras de este seductor enfoque, atentos y solícitos periodistas informarían continuamente sobre las zonas conflictivas del planeta mientras desinteresadas ONG registrarían el mundo palmo a palmo en busca de los casos de más perentoria necesidad, los sitios de internet proporcionarían conexión instantánea con las víctimas virtuales, la ética y los principios iluminarían sobre los posibles acreedores del respaldo y la ayuda humanitaria y, en definitiva, el activismo mundial mejoraría sustancialmente la situación de las gentes sumidas en el dolor a miles de kilómetros de distancia.

La realidad es distinta. Incluso un análisis superficial muestra que la mayoría de los problemas más espinosos del mundo no figuran en la agenda internacional de prioridades. La guerra civil e interestatal en Congo que se libra desde mediados del decenio de los noventa ha recibido apenas atención en el extranjero pese a los millones de muertos que ha acarreado. El conflicto Norte-Sur en Sudán – con cifras igualmente espantosas de víctimas- apenas trascendió durante los años ochenta y noventa del siglo pasado. En fechas más recientes y de modo similar, los conflictos a menor escala y las violaciones de los derechos humanos, desde Mauritania hasta Indonesia o Colombia, han seguido siendo casi invisibles más allá de sus fronteras, a pesar de las grandes pérdidas humanas.

No obstante, y aun cuando la meritocracia del dolor sigue siendo un concepto engañoso, existe una cierta lógica – si bien una lógica más fría- asociada al reparto de las inquietudes mundiales. Concitar la atención y solicitud del mundo no es nada fácil. Guerras, matanzas, hambrunas y enfermedades rivalizan constantemente por la noticia. Rivalidad que naturalmente puede tratar de abrirse paso de manera indirecta: raramente un grupo necesitado de ayuda ataca o difama a otro. En ocasiones la atención prestada a unas víctimas alivia la situación de otras víctimas próximas o en parecida situación en otros lugares, aun cuando la rivalidad entre unos grupos y otros no deja de ser una realidad.

La razón principal estriba en que los recursos destinados a los problemas internacionales no alcanzan para atender las necesidades de los pobres, enfermos y humillados del planeta. Incluso las principales ONG lamentan la escasez de fondos e impulsan continuamente campañas para conseguirlos. La ONU, por su parte, identifica anualmente un puñado de crisis olvidadas.

En tal contexto, el apoyo a las ONG se concibe no tanto como un simple altruismo sino como un intercambio. A miríadas de víctimas desesperadas en busca de ayuda les responde el eco de ONGde exiguos recursos, aunque de importancia esencial; factor que provoca un desequilibrio en la relación de fuerzas favorable a las ONG. Aunque la mayoría se ve animada de buenos propósitos, eligen con sumo cuidado a los destinatarios de sus escasos recursos económicos, personal y tiempo. Aparte de que naturalmente han de financiar los costes de su red organizativa y administrativa. En consecuencia, los puntos de vista de las ONG sobre lo que realmente constituye un problema importante, sus preferencias por determinadas tácticas y sus exigencias de responsabilidad – que en buena medida dan cuenta de los mismos criterios y manías de los países desarrollados del norte- configuran profundamente el marco en cuyo seno los grupos en busca de ayuda rivalizan por ella.

No es de extrañar que las víctimas probablemente más beneficiadas sean aquellas cuyos perfiles encajan mejor con las preferencias de las ONG y no necesariamente las más desesperadas. A veces las ONG buscarán clientes distantes que compendian y representan los objetivos de una campaña en curso, como en Sudán a finales de los años noventa cuando por fin este país afloró a las páginas de la agenda internacional gracias al electorado estadounidense de inspiración cristiana. A ojos de estos activistas, una guerra en la que los musulmanes del Norte reprimían y esclavizaban a los cristianos del Sur no constituía sólo un crimen; hizo las veces de potente símbolo de preocupaciones mayores, haciendo de una persecución de tintes religiosos una cuestión esencial de derechos humanos y reforzando de paso el papel de la religión en la política exterior norteamericana.

Sin embargo, aunque los sudaneses del Sur fueron al cabo descubiertos por partidarios extranjeros de su causa, la mayoría de los solicitantes de ayuda en cada lugar han de vender ellos mismos su causa. Y, a este respecto, el olfato comercial importa sobremanera. Aun siendo numerosas las estrategias en juego, todas ellas intentan suscitar la conciencia internacional y promover el interés y atractivo de un grupo determinado a ojos de distantes ONG. Quienes se enfrentan a la persecución y el conflicto se valen de todos los medios a su alcance – correo electrónico, internet, teléfonos móviles y contactos personales- para difundir su causa. En la confusión de reivindicaciones y peticiones recíprocamente rivales, muchos recurren a la protesta o la fuerza para atraer la atención. Tal fue un factor clave de la estrategia zapatista al irrumpir en ciudades mexicanas y valerse de la repercusión mediática posterior para difundir en el extranjero los problemas de los indios.

Ahora bien, atraer la atención es sólo una parte de la cuestión. Numerosos grupos y movimientos deben reconsiderar continuamente su marco de acción, sus tácticas, sus métodos de organización e incluso sus propias señas de identidad a fin responder a las expectativas y puntos de vista de las instancias extranjeras. El renombre mundial del pueblo tibetano en tanto que pueblo de rasgos espirituales singulares y únicos obedece en gran medida a los esfuerzos realizados para responder a tales exigencias. Y, de modo recíproco, las instancias y públicos extranjeros influyen con sus puntos de vista en luchas y campañas locales de objetivos muy distintos de los suyos. El movimiento indio Chipko, considerado internacionalmente como causa medioambiental local opuesta a los grandes proyectos desarrollistas sin visión sostenible (simbolizada por la acción de abrazarse a los árboles para evitar su tala), se apoyaba de hecho en dilatadas reivindicaciones independentistas respecto de Uttar Pradesh.

No todos los grupos y movimientos en dificultades logran atraer la atención internacional. Quienes actúan bajo regímenes bien conocidos por no respetar las normas de la comunidad internacional o son gobernados por líderes execrables, disponen de mayores recursos o poseen mejores contactos internacionales se llevan la palma, a la hora de atraer las miradas en comparación con grupos igualmente oprimidos que por causas históricas o geográficas carecen de tales ventajas. En este contexto, la presencia de un líder con buen conocimiento del inglés, formado en una universidad del mundo desarrollado y que conozca los resortes de las ONG puede ser el factor que incline decisivamente la balanza.

En suma, la distribución geopolítica del activismo internacional posee su propia lógica. Pero, pese a la desesperación de Jan Egeland y el optimismo de los dirigentes de ONG, hunde sus raíces en enormes diferencias de poder e influencia que aquejan a las ONG y grupos en conflicto que aquéllos tratan de ayudar. En este sentido, los grupos y movimientos locales no se hallan por completo desamparados e impotentes. Saber venderse cuenta, lo que ocurre es que sólo unos pocos afortunados se beneficiarán de respaldo notable o sustancial.