100% de seguridad o 100% de privacidad

En 1999, internet comenzaba a llegar a nuestros hogares. Ese año nació el programa Gran Hermano, cuyo nombre aludía a la amenaza distópica que dominaba la sociedad totalitaria retratada en 1984, de George Orwell. “El Gran Hermano te vigila”, escuchaban sus protagonistas a todas horas. Paralelamente, el cambio de siglo nos enfrentaría a varias crisis que harían temblar los paradigmas establecidos. Tras unos años de optimismo vital desde la caída del Muro, el 11-S nos devolvía a la realidad: la de que el mundo es un lugar peligroso y amenazador. Y lo peor de todo: la guerra no transcurría, como hasta entonces, más allá de nuestro sofá, de nuestros televisores y de nuestras fronteras, sino en el mismo corazón de nuestro Estado de Bienestar.

El miedo a un enemigo invisible se enquistó en la sociedad, primero en Estados Unidos y más tarde en Europa con los atentados perpetrados en los años siguientes en sus principales capitales (Madrid, Londres, Bruselas, París, Copenhague, Niza, Berlín, Estocolmo, Manchester y Barcelona). Pronto surgió entre sus habitantes una demanda de información alentada por los usos y costumbres que internet venía estableciendo desde finales del siglo pasado: la transparencia. La sociedad tenía necesidad de saber qué ocurría realmente y no admitía que sus gobernantes ocultaran información a los ciudadanos, por muy sensible que ésta fuese. La querían ya y la querían en directo, incluso si su difusión dificultaba la investigación por parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. La exigencia de información, quizá por primera vez en la Historia, prevalecía sobre el bien común.

A esa incertidumbre sobre la seguridad del statu quo se añadiría la crisis financiera mundial de 2008, la caída de los grandes bancos de todo el mundo y el inevitable rescate por parte de los Estados no sólo de la banca, sino de países enteros en algunos casos. A la luz de la gestión corrupta de la situación económica que sus líderes habían llevado a cabo, la indignación pública abonó las conclusiones que la población ya había extraído tras el surgimiento del terrorismo global: exigencia de información y, ahora, desconfianza de las élites. Consciente del creciente pulso revolucionario en su territorio, el gobierno de Obama -héroe de la democracia aupado precisamente por la explosión de las redes sociales hasta Washington, con parada previa en Estocolmo para recoger un Premio Nobel de la Paz ex aequo con la nada- promulgaba en 2009, nada más llegar al poder, el Memorando sobre Transparencia y Gobierno Abierto.

Esta situación dio vía libre para que aparecieran adalides de la libertad en internet como Julian Assange y las filtraciones de inteligencia de WikiLeaks (2010), Bradley Manning y los documentos confidenciales sobre la guerra de Irak (2010), y Edward Snowden y la revelación de que EE.UU. sometía a vigilancia en masa a sus propios ciudadanos (2013). Pronto los trapos sucios emergieron de las alcantarillas mientras los juzgados se llenaban y los despachos se quedaban vacíos.

Tras defenestrar a los causantes del mal común, debíamos asegurarnos de que sus sucesores no volvieran a delinquir. Por seguridad, debían establecerse figuras arbitrales que velaran por la buena praxis en los estamentos más altos de las torres de Wall Street, de la Casa Blanca o del Congreso de Diputados, y esa entidad vigilante no podía ser otra que el Estado. Mediante el control, se defendería a los hombres de los lobos, es decir, de sí mismos. La democracia por fin alcanzaba a las clases dominantes. Al menos en apariencia, el objetivo se había conseguido: ahora estábamos todos democráticamente vigilados.

Esa obsesión por la transparencia enseguida se trasvasó al lenguaje audiovisual. De repente, los programas de televisión ampliaban su escenografía mostrando el espacio detrás de las cámaras y los focos. Enseguida las fronteras del plató no sólo colonizarían el otro lado del espejo, sino la trastienda del escenario, los camerinos, las salas de maquillaje, los pasillos del edificio que lo albergaba e incluso los exteriores del estudio de grabación. La calle, desde ese momento, pasaba a formar parte del plató. O dicho de otro modo: la televisión conquistaba la realidad. Gran Hermano ya no eran diez concursantes metidos en una casa. Las puertas se habían abierto de par en par. La tele-realidad se tornaba en realidad televisada. Ahora el mundo entero era Gran Hermano y la ironía de su título devenía en perversidad.

Para entonces la tele-realidad se había adueñado de las parrillas televisivas. No sólo se reproducían los formatos de los reality-shows al uso, también triunfaban otros formatos como el docu-reality, es decir, el documental de bajo presupuesto realizado con pocos medios, sin apenas documentación, sin locución y con cámara al hombro, capaces de sumergirse tanto en la mugre de las chabolas como en los mármoles de la alta sociedad, tanto en destinos allende los mares como en terreno patrio, tanto en el estamento más bajo de la cadena productiva como en los sillones más altos del poder financiero y político. Nuestro afán por conocer los entresijos de la realidad no tenía límites. Y quien no se dejara descorrer el velo, enseguida sería sospechoso de ocultar algo.

A finales de 2013, el Diccionario Oxford proclamó “selfie” como Palabra del Año. Dos meses después, ya en 2014, tuvo lugar el célebre selfie que Ellen DeGeneres, presentadora de los Oscar de Hollywood, realizó durante la ceremonia junto a la crema de los actores nominados y premiados ese año. Esa imagen, rebotada por infinidad de usuarios de las redes sociales y proyectada en la sección cultural de todos los medios de comunicación en prensa, radio y televisión, fue vista por todo el mundo. Basta con que aparezca en televisión el suficiente número de veces para que cualquier comportamiento adquiera visos de normalidad. Las personas a las que todos deseamos parecernos se habían congregado aquella noche de premios para inaugurar un nuevo hábito. Al día siguiente, las redes sociales se llenaban de selfies, como si de un fractal masivo se tratase.

Todas las redes sociales encuentran dificultades para rentabilizar su actividad. Con cientos de millones de usuarios que utilizan estas plataformas sin pagar un solo céntimo, a Facebook y a Twitter -entre otras- cada vez les cuesta más asumir las crecientes pérdidas anuales de su modelo de negocio, y no es ningún secreto que la única forma de cuadrar los balances de cada ejercicio es la venta de información privilegiada a las grandes empresas. Como es sabido: cuando el servicio es gratis, el producto somos nosotros.

Ya no se trata sólo del hecho de ser vigilados por una cámara de seguridad desde cualquier ángulo de la calle, ni de ser localizables vía GPS en cualquier punto del planeta, ni de estar fichados mediante una fotografía actualizada de nuestro rostro en las bases de datos de quien corresponda, sino de que, gracias a la información adscrita a nuestros perfiles de las redes sociales, las grandes empresas, compradoras de estos Big Data, conocen nuestros tics, nuestras debilidades, nuestros anhelos. Eso nos convierte en individuos predecibles y, por tanto, manejables. Antes podía manipularse, a grandes trazos, una sociedad; hoy se puede influir en cada sujeto con precisión quirúrgica. Nos encierran en burbujas de información. Por eso la esquizofrenia es el mal de nuestros días. No hay escapatoria posible.

Gran Hermano -el programa televisivo- fue el caballo de Troya de la hipervigilancia. La televisión primero e internet luego espolearon su normalidad. Luego llegaron las redes sociales y la construcción de nuestras identidades virtuales. Desde entonces, poco a poco, años tras año, reality-show tras reality-show, selfie tras selfie, retuit tras retuit, nos hemos acostumbrado a la presencia de las cámaras en nuestras vidas. Incluso somos nosotros quienes las manejamos, quienes giramos la muñeca, alzamos la mano para que no se note la papada y enfocamos la lente. Ya no es necesario que se nos vigile, ya nos ocupamos nosotros de entregar nuestra intimidad de buen grado.

Asumida nuestra adicción a la imagen virtual de nosotros mismos -y a la de los otros-, tendemos a justificar la vigilancia y el control que se nos impone desde el exterior como el precio necesario por la seguridad en estos tiempos de incertidumbre y de guerra invisible, y bajo esa coartada hemos permitido sucesivas amputaciones de nuestra libertad. Y ese espacio esencial lo hemos cedido por costumbre, por comodidad, por pereza. Incluso Obama tuvo que reconocerlo cuando en 2013, tras destaparse que su gobierno espiaba a los norteamericanos, dijo: “No podéis tener 100% de seguridad y 100% de privacidad. Vamos a tener que tomar decisiones como sociedad”. El presidente mentía, y esa mentira, sin embargo, ha permeado en nuestra conciencia. Nos engañamos a nosotros mismos con el argumento de que un mundo más vigilado implica un mundo más seguro. Por desgracia, no existe la sensación de que hoy en día vivamos más seguros que hace unos años. Lo sucedido en agosto en Barcelona lo demuestra.

Y usted, lector, ¿ha tomado ya su decisión al respecto? ¿100% de seguridad o 100% de privacidad?

Para cuando se decida, ya será tarde. Ya han tomado esa decisión sin nuestro consentimiento.

Javier Redondo Jordán es escritor.

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