Aquel verano del 56

Por Gabriel Tortella, catedrático de Historia Económica en la Universidad de Alcalá (EL PAÍS, 03/09/06):

Hace medio siglo, pero muchos lectores -y colaboradores- de este periódico recordarán aquella convulsa primavera en la Universidad de Madrid y aquel verano tenso, de tregua ominosa y compás de espera tras las manifestaciones, detenciones, refriegas y movimientos políticos del agitado curso. Muchos creyeron que era el principio del fin de la dictadura de Franco. Pero sólo fue el principio de la segunda etapa de esa dictadura, la etapa del Plan de Estabilización y del desarrollismo, que no concluyó hasta la muerte natural del dictador. Acaba de salir la segunda edición del libro de Pablo Lizcano La generación del 56, que narra competentemente los acontecimientos de aquel año, pero quizá no esté de más recordar los principales acontecimientos.

Después de 17 años de silencio, la Universidad española, y en especial la madrileña, hizo acto de presencia en la hermética palestra política de entonces, provocando la inquietud, si no el pánico, en los círculos franquistas. Coincidieron en aquellos momentos la llegada a las aulas de esa nueva generación estudiantil que no había conocido la Guerra Civil (más que, en todo caso, en su primera infancia) con unas autoridades académicas comprensivas y dialogantes como el franquismo no había conocido antes: Joaquín Ruiz Giménez, en el Ministerio de Educación, y Pedro Laín Entralgo, en el rectorado de la Universidad de Madrid (luego rebautizada Complutense).

Las iniciativas culturales de los estudiantes encontraban acogida favorable en las autoridades, e inmediatamente adquirían caracteres políticos en una sociedad en que Antonio Machado era un proscrito y la palabra libertad sonaba a blasfemia. Las aulas de poesía se convertían en mítines; las charlas de café, en siniestras conspiraciones. Se repartieron octavillas pidiendo la democratización del sindicato estudiantil falangista (SEU, el único permitido), y eso provocó la entrada de centurias falangistas en la Facultad de Derecho (el viejo caserón de la calle de San Bernardo), y varios días de manifestaciones callejeras y peleas entre estudiantes y falangistas, con el resultado de un herido grave de bala, un joven falangista no estudiante, cuyo agresor nunca se dio a conocer.

La reacción del régimen de Franco fue inmediata: Ruiz Giménez y su equipo fueron destituidos, y se detuvo a los que se estimaba que eran dirigentes de la “conjura”: Miguel Sánchez Mazas, Dionisio Ridruejo, Ramón Tamames, José María Ruiz Gallardón, Enrique Mújica, Javier Pradera y Gabriel Elorriaga. Pero no fueron los únicos: muchos más “conjurados” de a pie pasamos por los calabozos de la Puerta del Sol en aquellos días.

Pese a la represión, sin embargo, el movimiento estudiantil cobró mayor fuerza. Como puede verse por los siete “cabecillas”, como los llamaba la prensa franquista (no había otra), el espectro político del grupo estudiantil era muy amplio: iba desde los comunistas hasta los falangistas rebeldes.

Franco debió pensar que las detenciones y los cambios en el ministerio habían resuelto el problema, pero se equivocó. Nos fue soltando, pero tuvo que llevar a cabo nuevas detenciones. Para aplacar los ánimos, se permitió una cierta democratización del SEU, con elecciones en las delegaciones de curso, pero resultó que salían elegidos los no afectos. La semi-democratización del SEU contribuyó a despertar interés por los temas políticos en muchos estudiantes que de otro modo hubieran permanecido indiferentes. Y en los años que siguieron, la efervescencia estudiantil en Madrid continuó, siguieron las detenciones y los procesos, y comenzaron los exilios. En 1958 volvió a haber redadas numerosas de comunistas y socialistas. Tras las detenciones de ese año hubo un período de relativa quietud, pero al cabo de unos años, en 1965, hubo masivas manifestaciones estudiantiles y la separación de sus cátedras de Tierno, Aranguren, García Calvo, Aguilar Navarro y Montero Díaz.

Cualquiera diría, leyendo esto, que el movimiento estudiantil había hecho “tambalearse al régimen”, como se repetía por entonces. No fue así. Al contrario, la relativa liberalización económica del Plan de Estabilización de 1959, junto con una levísima suavización política, dio al régimen cuerda para rato y además permitió una década de crecimiento económico sin precedentes. Resulta doloroso reconocerlo, pero a la sociedad española los sacrificios de la generación del 56 le fueron indiferentes. Tuvieron muy poco eco: sólo en Barcelona hubo movimientos estudiantiles comparables, aunque totalmente descoordinados.

La sociedad española sólo se hizo sentir políticamente tras la muerte del dictador: entonces empezaron a oírse las voces de indignación e impaciencia de los “demócratas de toda la vida”: a moro muerto, gran lanzada. El significado que tiene medio siglo más tarde “la generación del 56” es puramente testimonial y moral. Quizá contribuyó a acelerar ese “cambio de piel” (Fusi dixit) del régimen que facilitó la modernización social y el crecimiento económico. Pero no lo derribó, todo lo contrario. España no se movió y Franco murió en la cama 19 años más tarde. Esto no tiene vuelta de hoja, y es parte esencial de la tan traída y llevada “memoria histórica”, por más que a muchos nos duela reconocerlo. La realidad es amarga, pero tratar de convertir las derrotas en victorias, reescribir la historia según los gustos o las consignas de momento, es más propio del franquismo o del estalinismo que de una sociedad democrática.