Portugal en Iberia

Por Joaquín Roy, catedrático de relaciones internacionales y literatura hispanoamericana de la Universidad de Miami (EL CORREO DIGITAL, 19/07/07):

El Premio Nobel de Literatura, el escritor portugués José Samarago, ha hecho unas declaraciones explosivas. En vísperas de su segunda boda con la española Pilar del Río, en una entrevista al rotativo lisboeta ‘Diario de Noticias’, predijo que Portugal terminaría un día como comunidad autónoma de España, en un país conjunto que se debiera llamar Iberia. Si hay algo que toca la fibra del alma portuguesa y la altera más allá de su calma preñada de saudade y fado es la relación peculiar con España. Distantes, amables, prudentes, ceremoniosos con elegantes límites, siempre en tono bajo, los portugueses lidian con dos señas de identidad: su preciso perfil nacional y la cercanía de España.

Pocos observadores reparan en que Portugal es el Estado-nación más antiguo de Europa. Desde que tempranamente terminó su propia reconquista y el monarca Don Afonso III ajustó sus fronteras con Castilla por el Tratado de Badajoz de 1267, Portugal ha permanecido inalterado. Ha cohesionado un pueblo sin peculiaridades étnicas (aunque ha incorporado con éxito a una minoría procedentes de sus antiguas colonias). Tiene una sola lengua sin dialectos y una religión con el comprensible matiz laico. Incluso cuando entre 1580 y 1640 estuvo regido por los Austrias españoles, el país no sufrió impacto identitario: no hay invasión demográfica de España, ni emigración portuguesa hacia el oeste.

Resignados, viviendo en mutuo y respetuoso aislamiento (‘de costas voltadas’), España y Portugal se ignoran durante siglos. Pero nunca existe una animosidad entre las dos entidades ni el sentido del humor cruza una raya peligrosa e hiriente. Por ejemplo, nadie en Portugal de veras cree en la tradicional expresión: ‘De Espanya, nem bon vento nem bon casamento’. En realidad, para las nobles portuguesas la relación con España fue un excelente negocio matrimonial. Nada menos que once infantas portuguesas llegaron a ocupar el trono de España, como resalta un excelente libro de Marsilio Cassoti, un best-seller en el país. La más famosa de estas damas lusas que cruzaron con fortuna regia ‘la frontera de corcho’ fue Isabel de Portugal, nieta de Joao I y madre de Isabel la Católica. Otra Isabel portuguesa se casó con Carlos V y procreó a Felipe II (I de Portugal).

Pero sí es cierto que el temor al imperialismo castellano inclinó las alianzas portuguesas hacia Inglaterra. Por este motivo, la ocurrencia descriptiva de México atribuida a Porfirio Díaz (‘Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos’) podría muy bien reformarse para ilustrar la situación lusa en el contexto geopolítico y cultural: ‘Pobre Portugal, tan lejos de Inglaterra y tan cerca de España’.

Este sentimiento de autoprotección llevó a los portugueses a tratar de superar a España incluso inconscientemente. En casi todos los acontecimientos del siglo pasado, Portugal se adelantó a España cronológicamente: se despojó de la monarquía antes (1910), instaló un régimen filofascista una década antes que Franco y defenestró los restos de la dictadura salazarista en 1974, más de un año antes de la muerte del dictador español. Incluso en las alianzas internacionales Lisboa dejó atrás a Madrid: Portugal fue miembro fundador de la OTAN, ingresó en la EFTA y firmó los documentos de adhesión a la Comunidad Europea en la mañana, mientras el Gobierno español lo hacía a la una de la tarde.

Sus déspotas se mantuvieron distantes. Salazar despreciaba a Franco, al que consideraba un inculto militar. El caudillo español desconfiaba de la superioridad intelectual del catedrático de derecho de Coimbra.

En el caso de que la predicción de Saramago se cumpla, algunas peculiaridades se deberían tener en cuenta. En cuanto a la lengua portuguesa, quizá ésa sea la única solución para que los españoles la aprendan. Hoy en día, todo portugués culto puede conversar en español; apenas un puñado de españoles pueden desempeñarse en la lengua vecina. Para los españoles, algunos obstáculos parecen insalvables: por un lado se sienten cómodos al observar la lengua escrita; al oírla, se dan cuenta de que es muy diferente, con un sistema vocálico enriquecido y la desaparición de consonantes en la endiablada velocidad con que desarrollan los discursos repletos de altibajos tonales. Portugal parece un país de millones de ventrílocuos: hablan sistemáticamente con los labios cerrados. De declararse el portugués como lengua obligatoria en Iberia, al nivel del castellano, se habría terminado con este handicap.

En el plano político, el proyecto de Saramago debería salvar las reticencias de Madrid al reconocer las peculiaridades de las autonomías ‘históricas’. Si al nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña se le niega el pan y la sal, uno tiembla con la presencia del país más antiguo de Europa en el frágil mapa ibérico. Bien mirado, será mejor dejar las cosas como están y visitar Portugal hablando en voz alta, en español, y comprando en El Corte Inglés lisboeta, por cierto, muy apreciado por los portugueses.