1714: ¿buenos y malos catalanes?

La guerra de Sucesión a la corona española, iniciada en 1701, fue el peor negocio de nuestra historia. Mal asunto morir sin heredero en España. Con la guerra de Sucesión primero y tres guerras carlistas un siglo más tarde, nos quedamos definitivamente descolgados de Europa.

El tratado de Utrecht supuso el fin de la supremacía española en el orden mundial. La vieja monarquía hispana perdía la mayor parte de sus posesiones europeas y ponía fin a su valioso monopolio colonial. Carlos II, el último de los Austrias españoles, moría en Madrid en 1700. Las dos coronas con derechos sucesorios: los Borbones de Francia y los Habsburgo de Austria se prepararon para la batalla dinástica. Y ello a pesar de que Felipe de Borbón, había sido ya designado por el testamento de Carlos II como legítimo soberano de España. Ni Austria, ni nuestros entonces enemigos tradicionales –Gran Bretaña y Holanda– iban a aceptar esta decisión. Así pues, en España se libra esta contienda entre 1700 y 1713, o 1715 si aceptamos la rendición de Mallorca como el último hecho militar.

Es en esta Europa, que se inicia en el siglo de las luces, de la razón, que debemos situarnos en la Barcelona de 1700. Por un lado, la nobleza urbana y la burguesía más progresista, ilustrada y deseosa de los cambios que venían de Francia, abrazó al pretendiente Borbón. Por otro, la nobleza rural, buena parte del clero y los comerciantes y artesanos que veían con recelo las nuevas ideas del reformismo borbónico, y preferían conservar sus privilegios heredados del régimen anterior, vieron con buenos ojos al archiduque Carlos. ¿Eran unos mejores catalanes que los otros? No, sin duda no. Eran dos formas de ver una realidad social y dos proyectos de sociedad alternativos. Dos personajes relevantes de la historia barcelonesa de ese momento, ilustres ciudadanos y claramente enfrentados enemigos – botifler el uno, austriacista el otro–, fueron mis dos abuelos sextos por línea materna. Uno, Antonio de Alós y Rius, y el otro, José Galcerán de Pinós.

Alós tomó Barcelona con el duque de Berwick y fue uno de los seis prohombres barceloneses que representaron a Felipe V en la entrega de la ciudad. Pinós, enfrente, llevó uno de los cordones del estandarte de Santa Eulalia que enarboló Rafael Casanova el 11 de septiembre. Los dos luchaban por un rey para España, pero cada uno desde su posición y concepción de organización social. Catalunya no perdió ninguna guerra. A los catalanes nos utilizaron unos y otros. El apoyo inglés fue totalmente interesado; el del archiduque se desvaneció cuando heredó en 1711 el trono austriaco. El único interés de las potencias europeas fue el suyo propio. El abuelo Alós juró fidelidad a Felipe V, que había jurado los fueros catalanes recién estrenado su trono. Años más tarde, con la invasión de Barcelona, Alós fue perseguido y saqueada su casa y hacienda, teniendo que escapar disfrazado de sacerdote. ¿Por qué Catalunya abrazó al archiduque Carlos?

Felipe V había confirmado los fueros y privilegios catalanes en las Cortes de Barcelona de 1702. ¿Por qué entonces defender al archiduque? La entrada triunfal en Barcelona del pretendiente austriaco fue el inicio de una contienda más europea que española. La derrota austriaca conllevó perder fueros e instituciones, al no resultar tan magnánimo Felipe V como su abuelo Luis XIV le había sugerido.

Para Vicens Vives, sin embargo, el castigo fue a su vez un revulsivo para los catalanes. Se les abrían las puertas a participar tanto en el mercado peninsular como en el americano, y todas las energías se van a dirigir a reemprender el camino del progreso económico, que se prolongará durante todo el siglo XVIII, coincidiendo con la fundación de las reales academias y el aumento demográfico, viviendo Catalunya un periodo de larga prosperidad.

Esta distinción entre buenos y malos catalanes la arrastramos desde el siglo XVIII. No puedo aceptar que mi abuelo Pinós fuese más o menos catalán que mi abuelo Alós. A lo largo de los siglos los catalanes hemos abrazado causas opuestas según nuestra propia historia y nuestra concepción de modelo de sociedad. ¿Era más catalán Prim que Savalls? Prim liberal, Savalls carlista, ambos catalanes. ¿Cómo medimos la catalanidad? ¿Por la prosperidad relativa que generamos para un país, por nuestros apellidos, por nuestro nivel de catalán, por nuestra adhesión a un partido político u a otro, por nuestro sentimiento de independencia? Catalunya no ganó ni perdió guerras. Los catalanes las ganamos o perdimos, estando de un lado o de otro. En 1936, otra terrible guerra, dónde unos y otros, todos catalanes, se enfrentaron por un modelo de sociedad. Como excepción a mis afirmaciones, sí debemos decir que Catalunya perdió instituciones propias y privilegios en función de que unos u otros fuesen los vencedores.

Hoy, con nuestras instituciones más vivas que nunca, gozamos de un nivel de autogobierno jamás disfrutado. Mejorar nuestras instituciones y los instrumentos de gobierno, hacerlos más cercanos y eficaces, repensar el modelo de ingresos y gastos, plantear modelos de financiación alternativos al actual, todo cabe. Pero no perdamos de vista la realidad, ni nuestra historia, y menos los nuevos momentos que vive Europa y el mundo. Una Europa, con una progresiva unión bancaria y fiscal y el mundo con tres bloques que luchan por encontrar su espacio, que se desplaza hacia Oriente. No nos podemos engañar, ni engañar con falsas quimeras. Que cada uno se sienta como quiera, pero yo seguiré defendiendo que no existen catalanes buenos y malos, que todos lo son, tanto Alós como Pinós y, por supuesto, aquellos que como yo, nos sentimos tan catalanes como españoles.

Borja García-Nieto Portabella, presidente del Círculo Ecuestre.

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