1714: victimismo y mentiras

Los nacionalismos tardíos, como el catalán, no son hijos de la Ilustración y de la Revolución francesa. No se fundaron en el “We, the people”, o en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, ni siquiera en la Constitución española de 1812. No vincularon la construcción de su Estado nacional sobre la idea de libertad, igualdad y progreso. Todo lo contrario. Los movimientos nacionalistas surgidos a finales del siglo XIX y que cobraron fuerza a comienzos del XX, se fundaron en el darwinismo, el biologismo político y la invención de la tradición, desde una posición defensiva y victimista.

El supremacismo de aquellos nacionalismos, trufados de xenofobia y racismo, de desprecio a la inmigración, que alertaban sobre la “contaminación” con culturas foráneas, se desbordó en las dos guerras mundiales del siglo XX, y alimentó los totalitarismos. Como escribió Fichte: todo nacionalismo termina en socialismo, y todo socialismo concluye en nacionalismo. De ahí que los independentistas catalanes de las décadas de 1920 y 1930, como Nosoltres Sols! o Estat Català –organización que estaba dentro de ERC-, tuvieran como modelo el fascismo italiano, y mantuvieran buenas relaciones con el nacionalsocialismo alemán.

La construcción de “comunidades imaginarias”, como escribió Anderson, procedió de pequeñas élites culturales que definieron la Historia y las costumbres de un pueblo, mezclando verdades con mentiras. Luego, esa élite se convirtió en una organización política con el propósito de conservar y exaltar esa “historia nacional” que “otros” querían ocultar. Forjada esa nueva identidad y convertida la cultura en cuestión política, accedieron a las instituciones. Su objetivo fue siempre ir catalanizando espacios del régimen hasta destruir el Estado que los cobija y construir uno propio. Desde los resortes institucionales, controlando el presupuesto y la educación, poco a poco, desde la Mancomunidad catalana en 1914 en adelante, aquella oligarquía forjó una comunidad que debía ser homogénea.

Esa construcción, una especie de imperativo histórico, legitimaba cualquier acción política que condujera a un Estado propio, en el que, como dijo Josep Dencàs, uno de los golpistas de 1934, “no debería haber más que un partido y no se habría de consentir ningún otro, porque el sistema de una pluralidad de partidos, respondiendo a una variedad de opiniones, iba desapareciendo de los pueblos modernos”.

La construcción totalitaria de esa comunidad necesitaba una revisión de la Historia para pergeñar un relato victimista, en el que se demostrara la perversidad del enemigo, del extranjero, del opresor y explotador, frente a la bondad de las gentes propias, verdaderos ejemplos de las más grandes virtudes, que siempre defendieron, como ellos, la independencia de su nación catalana. Así se creó el mito de 1714; porque un mito, como escribió Georges Sorel, es un relato fantasioso, mentiroso y emocional cuyo objetivo es movilizar fácilmente a la gente. Ese mito está lleno de mentiras. Merece recordar lo que ocurrió:

El ‘malvado’ Felipe V fue traicionado

Entre los catalanes de comienzos del XVIII perduraban aún los recuerdos de las campañas bélicas francesas en tierras catalanas, en especial con motivo de la efímera incorporación de Cataluña al país vecino en 1641. Felipe V quiso hacerse con el favor de las oligarquías y estamentos de toda España, y el primer paso era aceptar sus normas. No vino a imponer el absolutismo, sino a reinar. Por esta razón, el 4 de octubre de 1701, en Barcelona juró los fueros y abrió las Cortes catalanas.

La buena disposición dio como resultado las “constituciones” de 1702, en las que el Principado quedó más favorecido que nunca. Así se celebró un pacto contractual, como recuerda el historiador Óscar Uceda, entre el rey, la Cortes catalanas y las instituciones representativas, como el Consejo de Ciento o la Paería de Lérida. El contrato consistía en respetar las leyes a cambio de reconocer la soberanía del Borbón.

La Guerra de Sucesión obligó a Felipe V a dejar España. A su marcha, el bando catalán austracista, los vigatans, fue creciendo desde el momento en el que las noticias parecían decantar la victoria del lado de los enemigos de Felipe V. Un grupo de nobles vigatans fue en 1705 a Génova para negociar con un representante inglés el cambio de bando en la guerra. La traición se rubricó el 20 de junio de 1705. El compromiso era alzarse en armas contra el rey, ese mismo al que habían jurado tres años antes, a cambio de dinero y armas. En el caso de vencer, los aliados contra el Borbón se comprometían a respetar las constituciones de 1702; sí, las mismas que habían elaborado con Felipe V.

El cambio de bando supuso un enfrentamiento armado entre catalanes, entre los vigatans y los borbónicos –apodados botifler-, lo que muestra que no fue una guerra de castellanos contra catalanes, sino entre austracistas y defensores de Felipe V.

Finalmente, por no alargarme, tras la caída de Barcelona en septiembre de 1714, Felipe V abolió las constituciones, esas mismas que las instituciones catalanas habían violentado demostrando así una inseguridad jurídica, una desconfianza tras la traición, que el nuevo rey no deseó. Por tanto, es falso que “los catalanes” lucharan por mantener los derechos y libertades de Cataluña, porque se pactaron en 1702 y luego sus instituciones las traicionaron.

La guerra no fue España contra Cataluña

Oriol Junqueras, historiador, se dedicó durante años a dar conferencias convenientemente financiadas por la Generalitat, en las que explicaba que la Guerra de Sucesión era en realidad de Secesión, demostrada, a su entender, en la resistencia del pueblo catalán frente al invasor castellano y francés.

El mito del pueblo resistente se forjó durante la Renaixença, un movimiento romántico tardío, a finales del XIX, para recuperar y reinventar la historia y la lengua como señas de identidad segregacionistas. Bofarull, por ejemplo, difundió en 1878, el mito de los segadors de 1640 como un grupo homogéneo con un interés exclusivamente político. Esa interpretación la siguieron Rovira i Virgili, Ferrán Soldevilla y Segarra, entre otros del XX, que reforzaron la visión de un bloque compacto de resistencia catalana contra el centralismo. Esto se hizo retorciendo la Historia con un discurso político y emocional, lleno de adjetivos y sin documentación. Ese esquema interpretativo se aplicó a la Guerra de Sucesión, por la que la llamaron “de Secesión”.

Sin embargo, la Historia dice otra cosa. El conflicto se produjo por la disputa del trono de España entre el candidato borbónico y el austriaco, Felipe V y el archiduque Carlos. La posesión de España y de su Imperio era algo tan determinante para la política mundial que limitarlo, como denuncia el historiador Luis Ribot, a un conflicto local por la conservación de una “protodemocracia” catalana resulta grotesco. Inglaterra, Portugal y Holanda apoyaron a Austria frente a Francia, constituyendo de esta manera una alianza que provocó una guerra internacional. Incluso algún historiador la califica como la verdadera primera guerra mundial porque se desarrolló por todo el planeta.

La división entre españoles fue evidente. Madrid y Toledo fueron austracistas, por ejemplo. La Cataluña interior y el Valle de Arán se decantaron por el Borbón; no en vano lucharon contra los vigatans en 1705. Lo mismo ocurrió en otras regiones españolas. El conflicto entre españoles no respondió a identidades nacionales, sino a proyectos políticos, a lealtades regias, a borbónicos contra austracistas, como señala el historiador Ricardo García Cárcel. Así, en Cataluña combatieron unidades francesas, holandesas, portuguesas, austriacas e inglesas, junto a españoles de los dos bandos. Un ejemplo es el caso de Tarragona, bombardeada por los aliados austracistas y asediada por tierra por las tropas de Nebot, un coronel catalán.

Oriol Junqueras, sin embargo, decía en 2007 que los ejércitos de Felipe V contra los catalanes estaban compuestos por castellanos que llevaron a cabo un “terrorismo militar”. Lo cierto es que en toda guerra hay barbaridades, en este caso también por parte de los migueletes, tropas austracistas en Cataluña. Estos soldados, sin sueldo ni disciplina, y catalanes, fueron una auténtica plaga para los campesinos.

Ese concepto de “terrorismo militar” alimenta el uso del victimismo de la oligarquía catalanista. Por ejemplo: cada año en Lérida se celebra un homenaje a la supuesta matanza de 700 catalanes a manos de las tropas castellanas, en el convento del Roser, el 13 de octubre de 1707. Las investigaciones arqueológicas e históricas de Óscar Uceda han demostrado que ese episodio nunca ocurrió, sino que el catalanismo del XX lo inventó. A pesar de eso se sigue celebrando.

No fue el 11 de septiembre, sino el 12

El asedio de Barcelona no terminó el 11 de septiembre de 1714. En el torrente de invenciones y manipulaciones históricas, hasta la fecha es errónea. A media tarde de ese día, los defensores enarbolaron bandera blanca, y una comisión fue a entrevistarse con el duque de Berwick en la brecha principal, quien les dio de plazo hasta el amanecer del día 12 para la rendición. Al no suceder esto, ordenó incendiar la ciudad, y prohibió el saqueo. A mediodía del 12, los defensores sacaron de nuevo la bandera blanca y se rindieron. Berwick accedió a respetar sus vidas y propiedades, y en la tarde del 12 de septiembre, no del 11, las tropas borbónicas entraron en la ciudad.

A pesar de esto, de la Historia y la documentación, el 11 de septiembre de 1891, un pequeño grupo de simpatizantes de la Unió Catalanista organizó el primer acto ante la estatua del que era Conseller en Cap en septiembre de 1714: Rafael de Casanova. Y de ahí en adelante. Pero Casanova no es quien dice que fue los catalanistas.

El Tratado de Utrecht, firmado el 14 de marzo de 1713, puso fin a la guerra. El acuerdo consistió en la retirada de las tropas aliadas en Cataluña, Menorca e Ibiza. A cambio, Felipe V se comprometió a una amnistía, al olvido de las responsabilidades y prometió a las instituciones catalanas los mismos derechos que tenían las castellanas; en especial, el acceso al comercio con América, que hasta entonces era un monopolio del puerto de Sevilla.

Inglaterra, que siempre enturbió la relación de la metrópoli con Hispanoamérica por motivos comerciales, “convenció” a las autoridades catalanas para que no aceptaran el Tratado, prometiendo un acuerdo mejor y diciendo que les ayudarían militarmente, lo que no ocurrió. Esto explica la resistencia de Barcelona desde el 9 de julio de 1713, aunque con muchas discrepancias internas. De hecho, Villaroel, que dirigía la resistencia de la ciudad, acabó dimitiendo, y fue sustituido, ante la ausencia de candidatos, por la Virgen de la Merced.

El 11 de septiembre de 1714, antes del asalto de las tropas borbónicas, Casanova colocó en la muralla el estándar de Santa Eulalia. Fue herido en un muslo, trasladado al colegio de la Merced, y luego a la finca de su hijo en Sant Boi de Llobregat. En 1719 fue amnistiado y siguió ejerciendo la abogacía durante décadas.

El bando de los Tres Comunes era españolista

El 11 de septiembre, las autoridades de Barcelona publicaron un bando -de los Tres Comunes- que llamaba a resistir para no caer esclavos de Francia, “como los demás españoles engañados”, y animaba a que “todos como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la Libertad, acudirán a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España”.

El españolismo de los defensores de Barcelona en aquellos días también se reflejó en las palabras de Villarroel a los soldados y al pueblo: “Hoy es el día en que se han de acordar del valor y gloriosas acciones que en todos los tiempos ha ejecutado nuestra nación. No diga la malicia o la envidia que no somos dignos de ser catalanes e hijos legítimos de nuestros mayores. Por nosotros y por toda la nación española peleamos”.

Casanova tampoco luchó por la independencia de Cataluña, sino por una España libre de Francia. Estos documentos los recogió el historiador catalán, Francisco de Castellví y Obando en sus Narraciones históricas desde el año 1700 hasta el año 1725, páginas en las que se lamenta de la “guerra civil en la que la nación española fue homicida de sí misma”.

La Historia se utiliza para argumentar discursos políticos. Es en ese momento en el que deja de ser conocimiento histórico y pasa a ser mito y, por tanto, falsedad. Quizá lo resumió mejor Prat de la Riva en su Compendio de doctrina catalanista (1894): “bajo los nombres viejos hicimos pasar la mercancía nueva y pasó (…) y con calculado oportunismo, insinuábamos en sueltos y artículos, las nuevas doctrinas, barajando con intención región, nacionalidad y patria para acostumbrar, poco a poco, a los lectores.”.

Jorge Vilches es profesor de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense.

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