1917

En los años de la República, Alexander Kerenski dio una conferencia en Madrid. Lorca fue a escucharlo con su amigo el cónsul chileno Carlos Morla Lynch, que contó la historia en uno de sus maravillosos diarios. Al salir de la conferencia, Lorca meneaba la cabeza con disgusto. «Un pobre hombre con una levita negra», sentenció. Pero veinte años antes, en Rusia, Alexander Kerenski no era un pobre hombre con una levita negra, sino el joven intelectual (tenía 36 años) que inflamaba a las masas con su oratoria revolucionaria. Y sobre todo, Kerenski fue el hombre que dirigió la Revolución de Febrero de 1917, la que expulsó al zar Nicolás II e introdujo por primera vez –y casi por última en el siglo XX– la democracia parlamentaria en Rusia. En 1917, la joven poeta Marina Tsvietáeva, extasiada por su admiración hacia Kerenski, le dedicó un poema en el que lo comparaba con Napoleón. Los campesinos también adoraban a Kerenski, porque desde su puesto de primer ministro del Gobierno Provisional había prometido una ambiciosa reforma agraria que repartiría la tierra entre los más pobres. Y también los intelectuales se sentían fascinados por Kerenski, a quien consideraban el «corazón de Rusia» y «el glorioso, sabio, fiel y amado líder del pueblo», tal como se decía en las medallas con su efigie que circulaban por Rusia.

Sin embargo, cuando llegó el mes de noviembre de 1917 y se produjo el golpe de Estado bolchevique que ahora conocemos como la Revolución de Octubre (que en realidad tuvo lugar en noviembre, según nuestro calendario gregoriano), Kerenski no era más que un político fracasado al que todo el mundo había abandonado. Sólo habían pasado nueve meses desde la Revolución de Febrero, pero Kerenski –el socialista democrático– se había ganado el odio furibundo tanto de los liberales de derechas como de los revolucionarios bolcheviques. La única persona que le mostró lealtad hasta el final fue su ayudante de campo, un oficial de 19 años llamado Wiener. Y Kerenski, el ídolo caído en desgracia, tuvo que huir de San Petersburgo disfrazado de mujer en un coche robado, según contaban las malas lenguas en Petrogrado (así se llamaba entonces San Petersburgo). Lo del disfraz de mujer no era cierto, pero sí lo era que Kerenski tuvo que huir en un coche de la Embajada americana porque los guardias rojos lo habrían linchado sin contemplaciones de haberlo capturado.

A partir de noviembre de 1917, la carrera política de Kerenski se eclipsó con la misma rapidez vertiginosa con que había ascendido. Quien podía haber sido el Bonaparte ruso tuvo que conformarse con ser «un pobre hombre con una levita negra». Todo el mundo le culpaba, tanto a la derecha como a la izquierda, de ser el causante de la Revolución Bolchevique. Y Kerenski tuvo que malvivir en París y luego en Estados Unidos, escribiendo artículos para un pequeño círculo de rusos blancos que habían perdido todas las esperanzas de regresar algún día a su patria. En sus últimos años tuvo que ser acogido por la viuda de un millonario neoyorquino que le dejaba vivir en la quinta planta de su mansión en el Upper East Side. «Mira, ese es Kerenski», decían los pocos vecinos que sabían quién era cuando un anciano de penetrantes ojos azules caminaba muy erguido hacia el estanque de Central Park.

El gran Manuel Chaves Nogales, que fue a ver a Kerenski en su exilio de París y que contó su encuentro en «Lo que ha quedado del imperio de los zares» (1931), lo definió con estas palabras: «Kerenski es el caso patético del hombre inteligente cogido por el engranaje de hechos monstruosos, superiores a toda previsión intelectual». Curiosamente, Chaves Nogales fue uno de los pocos intelectuales europeos que manifestó su admiración hacia Kerenski, en una época en que la derecha lo despreciaba por traidor y entreguista y la izquierda procomunista lo consideraba un pelele al servicio de la burguesía. Pero hay que tener en cuenta que Chaves Nogales se consideraba un «pequeño burgués liberal», cosa que explica que acabara muriendo exiliado en Inglaterra y que su influencia en España, a partir de 1939, fuera tan escasa como lo fue la de Kerenski en la Rusia soviética. En su entrevista, Kerenski le contó a Chaves Nogales que podría haber hecho fusilar a Lenin y a Trotski, con lo que la historia de Rusia podría haber cambiado por completo. Pero se negó a hacerlo porque no quiso manchar la revolución con sangre. «Y no me arrepiento», añadió. Podemos estar seguros de que hablaba en serio.

Lo triste de la historia es que Kerenski no tenía por qué haber hecho fusilar a Lenin y a Trotski para evitar el golpe de Estado de los bolcheviques. Le habría bastado con tomar dos decisiones que nunca se atrevió a tomar. Una debería haber sido sacar a Rusia de la Gran Guerra, porque la guerra estaba provocando una matanza inútil de jóvenes rusos, además de una terrible carestía de alimentos y un sinfín de penalidades entre la población. Y la segunda debería haber sido una ambiciosa reforma agraria, que nunca pudo implantar del todo por la oposición de los ministros más derechistas del Gobierno Provisional. Incluso le habría bastado con adoptar una de las dos –o la retirada inmediata de la guerra o la reforma agraria– para haber neutralizado las expectativas de los bolcheviques. Pero Kerenski se dejó llevar por el orgullo patriótico y ordenó la desastrosa ofensiva de junio de 1917 que terminó con una nueva derrota rusa. Y la reforma agraria que había prometido se quedó empantanada por la retórica y el papeleo, como tantas otras cosas. Y así, Lenin y Trotski sólo tuvieron que poner en marcha su golpe de Estado apelando a esos dos objetivos: la retirada de la guerra y la reforma agraria, bajo el lema de «Todo el poder para los soviets». De repente, Kerenski se había quedado solo: los militares ya no querían combatir, y los obreros de los soviets que antes le reverenciaban ya no se fiaban de alguien que no les había dado lo que les había prometido. Y cuando los bolcheviques tomaron el Palacio de Invierno –la sede del Gobierno Provisional–, sólo había un batallón de mujeres defendiéndolo, además de un grupo de cadetes muertos de miedo y dos escuadrones de cosacos que no sabían a quién debían obedecer. El régimen de Kerenski había dejado de existir.

Aun siglo de las dos revoluciones de 1917 –la democrática de Kerenski y la totalitaria de Lenin–, el olvidado Kerenski vuelve a estar de actualidad. Porque la Unión Europea, acuciada por las mismas fuerzas antagónicas que en su día terminaron con Kerenski –la ceguera de las élites aferradas a sus privilegios, por un lado, y las masas enfurecidas que se dejan arrastrar por los populismos cargados de odio y de palabrería–, se enfrenta a un mismo dilema. Y los nuevos Kerenskis de nuestra época –pienso en Macron, en Renzi, en Merkel, en Donald Tusk– tienen que decidir entre una nueva política económica que ponga fin a los privilegios de los que se han enriquecido con la globalización, o bien deberán enfrentarse a las masas coléricas que tarde o temprano sitiarán el Palacio de Invierno. No es descabellado pensar que el populismo de derechas y el populismo de izquierdas, en un futuro más o menos próximo, unan sus fuerzas con un mismo mensaje proteccionista y antieuropeo. Y entonces, si llega ese día, los políticos reformistas como Kerenski sólo podrán contar con un batallón de valerosas mujeres y un grupo de cadetes muertos de miedo. Y muy poco más.

Eduardo Jordá, escritor,

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