1936-1939, la secesión imaginaria

El Memorial Democràtic, institución pública que depende de la Generalitat, se dispone a poner su granito de arena en la propaganda secesionista jugando con el pasado como espejo del presente. Próximamente se inaugurará una exposición, auspiciada por la ‘conselleria’ de Raül Romeva, para convencernos de que durante la guerra civil la diplomacia europea y americana, así como destacados medios internacionales, consideraban inevitable la separación de Catalunya de la República Española. La muestra, cuya tesis ya se ha avanzado en los medios, se presenta con un titulo sugestivamente en francés ‘Une Catalogne indépendante?’, seguido del aclaratorio ‘Geopolítica europea i guerra civil espanyola 1936-1939’.

Su comisario es el historiador Arnau Gonzàlez, que en el 2014 publicó un fantasioso libro (‘Amb ulls estrangers’) para demostrar que en varios momentos de la guerra civil las potencias europeas daban por hecho que Catalunya se independizaría unilateralmente. No es ninguna causalidad que ese trabajo se publicara el año de mayor fiebre soberanista, 2014, con el telón de fondo del tricentenario, que perseguía legitimar el envite secesionista a partir de la idea de que el Estado catalán fue aniquilado por Felipe V. Por su parte, Gonzàlez también afirmaba en su libro que la encrucijada histórica de los años 30 era «diferente pero similar» a la iniciada en el 2012 por Artur Mas.

Como para los nacionalistas Catalunya produce más historia de la que los ciudadanos podemos digerir, ahora ha llegado el momento de explotar ese otro espejismo que quedó orillado por el tricentenario. Se trata de ir un paso más allá y afirmar que si no hubo un Estado independiente catalán, para la gran sorpresa de los diplomáticos y periodistas del periodo 1936-1939, fue porque los políticos catalanistas de entonces rehusaron hacer realidad aquello que «se daba por descontado internacionalmente», sostiene Gonzàlez. Trasladado al 2017, el mensaje que se pretende trasladar es clarísimo: ¡atrévanse esta vez!

Más allá de su instrumentalización, es lógico preguntarse si realmente la hipótesis secesionista durante la guerra civil tuvo alguna opción real y, sobre todo, si habría contado con la simpatía y el apoyo internacional. La respuesta en ambos casos es negativa. Es cierto que hubo un oscuro complot independentista contra Lluís Companys en noviembre de 1936, organizado por miembros del partido Estat Català, un plan que fue confesado por el comisario general de Orden Público de la Generalitat, Andreu Rebertés, que fue encarcelado y asesinado después. También es verdad que personalidades del mundo nacionalista como Josep M. Batista i Roca o los hermanos Rubió i Tudurí llevaron a cabo una paradiplomacia catalana con el objetivo de encontrar apoyos en los gobiernos, tanto de la Alemania nazi como de Francia y el Reino Unido, para lograr una paz separada de Catalunya con alternativas cambiantes en función del desarrollo de la guerra.

Ahora bien, frente a eso no podemos olvidar que el separatismo era minoritario, incluso dentro de la propia ERC. Y que tanto la CNT como el PSUC rechazaban cualquier veleidad separatista, que calificaban de «aliada del fascismo» porque debilitaba la victoria militar. Pese a los desencuentros entre la Generalitat y el Gobierno republicano, con mutuas acusaciones de deslealtad, la alternativa secesionista no pasó de ser una elucubración y un deseo sin sustento político.

Más fantasiosa resulta la hipótesis de que algunos países consideraban inevitable y positiva una declaración de independencia. No se pueden confundir rumores periodísticos o conjeturas de algunos cónsules en Barcelona, que tampoco confirman lo que Gonzàlez sostiene, con los verdaderos intereses de la diplomacia europea. Únicamente se especuló con la posibilidad de una Catalunya protegida de Francia, a finales de octubre de 1936, cuando parecía que Madrid iba a caer en manos de los militares sublevados. Opción que fue desaconsejada en una nota del Ministerio de Asuntos Exteriores francés. En el escrito al Gobierno de Léon Blum se subrayaban graves inconvenientes tanto internos (el problema del Rosselló, las aspiraciones autonomistas en Alsacia…) como sobre todo externos: reacción hostil de Franco, oposición alemana e italiana a esa salida separada, y negativa británica a cualquier escenario que añadiera nuevos problemas en el Mediterráneo. Y esa línea no varió nunca, ni cuando la guerra europea se veía ya inevitable.

Contra la realidad de los hechos es lamentable que políticos e historiadores nacionalistas se esfuercen en divulgar con dinero público una secesión imaginaria.

Joaquim Coll, historiador.


Le responde Arnau González Vilalta, profesor de la Universitat Autònoma de Barcelona: La decencia intelectual.

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